lunes

2010/07/19 Los Pavos

Todos guardamos algún recuerdo de los apodos y las mofas de los compañeros de colegio; ellos siempre estaban atentos a encontrar algún detalle o debilidad para burlarse de quien se prestara para ello. Los niños pueden llegar a ser muy crueles con los compañeros más débiles o “diferentes”.

A raíz de que a mi padre lo cambiaron (era militar) a la selva, nos instalamos en la ciudad de Iquitos. Por entonces, andaba por los siete años y entramos todos los hermanos (éramos 5 varones) al colegio San Agustín. Muy pronto, los compañeritos empezaron con puyas por ser “limeños”. Con una rima infantil, entonaban a coro: “Limeño, culo pequeño…”, burlones e insistentes en la búsqueda de avergonzarnos. Pronto me hice de un contrapunto defensivo: “Loretano, come guano con tu mano...” y, bueno, como que se neutralizó este primer round adaptativo al nuevo colegio

En algún momento, sin embargo, a alguien se le ocurrió llamarnos “los pavos”, jugando con nuestro segundo apellido (Paiva). Y ¡vaya si pegó! Pronto nos había quedado la “chapa” y era cosa de todos los días la cantaleta de “pavo” por aquí y “pavo” por allá, algunas veces aderezado con un “pavo zonzo”, más picante e incisivo. De alguna manera, aprendí que el reto era no picarse (o por lo menos no mostrarlo) o sacar alguna respuesta pícara para no quedarse de “punto”. En todo caso, en esa pugna de fuerzas, uno no se podía quedar en el lugar de perdedor o de ingenuo. ¡Tremenda escuela la de mi primaria!

Andando el tiempo, he mantenido estos reflejos. A veces, incluso, he sentido que era yo el que jugaba a tomar de punto a alguien. Algún placer se deslizaba en este juego, pero siempre en tonos menores, sin afanes de someter o dañar al otro. Me fue muy útil en mi estadía en el Colegio Militar, en mi secundaria y en el barrio en donde en los corros de amigos nos “batíamos” a muerte en pugnas por un liderazgo sutil en el que el logro mayor era que te llamaran “el loco”. Creo que jugué bastante bien mis fichas en estas etapas. Desde el lugar de “el loco”, estaba protegido de las burlas posibles. Lograba, así, una suficiente autoafirmación como para que se respete a ese otro que, también, era yo: el estudiante esforzado, sensible y, por supuesto, vulnerable.

Ya en el contexto de la universidad no era necesario ese esquema defensivo. Las alianzas de amistad y compañerismo permitían un sentimiento básico de aceptación y confianza. En todo caso, la pugna estaba más en función de ser el mejor o el que más sabe.

Nunca me preocupó ser el mejor y muy pronto supe que nunca iba a ser “el que más sabe”. Era, más bien, el que acogía a los compañeros en casa cuando se trataba de celebrar. Muchas de las fiestas de la promoción se hacían en mi casa y el clima era de un encuentro, de baile, de canto, de afecto sincero. Mis compañeros me permitieron compartir ideales y, a veces, ingenuidades, que no movían a burla.

La mayoría éramos bastante ingenuos pero muy comprometidos con lo que hacíamos. Se nos podría haber puesto la chapa de “nerds”. Por supuesto, no había quien la ponga porque, de alguna manera, todos lo éramos...

Ya en el ejercicio de la profesión, me he permitido funcionar más desde el eje de mis ideales y acercarme a los grupos en función de poder ser yo mismo, sin tener que protegerme de los burlones de mi infancia y adolescencia. A distancia, por cierto, también, de mis propias necesidades defensivas, que alguna vez gestaron el rol de “el loco”.

Me asocio con gente en la que realmente confío y de quienes recibo una respuesta similar; me acerco a ellos más desde la ingenuidad confiada, en la que “el dar todo de sí, sin retaceos”, es la motivación que me acompaña. Cuando no ocurre así, me aparto; a veces, ensayo relacionarme a partir de “lo mejor de cada quien”, siempre y cuando no resulte intolerable “el otro lado” de quienes intentan compartir el sendero de “hacer cosas juntos”. No tolero la mala fe, tampoco la ingratitud, ni la explotación o la ambición desmedida; menos aún, tolero la envidia o el excesivo afán protagónico.

Es muy sencillo: ya de adulto, no me siento en la necesidad de forzar adaptaciones que tengan que ver con pugnas de poder o protagonismos a los que no soy proclive.

Me encanta la asociación sintónica y esa sinergia que surge cuando se puede coincidir en los tempos interiores. Siento que me alimenta el alma. En estos, mis años viejos, no me interesa otra cosa.

Intentando corresponder a lo anterior, acepté presentar, hace poco, un trabajo sobre un tema “puente” entre psicoanálisis y neurociencias. Me lo pedían amigos muy queridos, que estaban organizando un congreso. Me sentía honrado por su invitación y no dudé en hacerme del compromiso. Me costó mucho hacerlo; me movía mucha aprehensión la idea de un auditorio lleno de psiquiatras, los que suelen ser duros críticos y especialmente incisivos en sus apreciaciones. Quizás se me volvían a mover aquellas ansiedades de mis tiempos de la primaria. Lo hice lo mejor que pude. Creo que no estuvo mal.

Lo que quería compartir en estas líneas es una anécdota del final de la presentación. En la ronda de preguntas, un connotado profesional me hizo una pregunta y un señalamiento. Los recibí como un aporte y respondí con la mejor disposición. Me sentí satisfecho por lo dicho y actuado. Sin embargo, al bajar del estrado, empecé a recibir comentarios acerca de lo bien que había sorteado las preguntas “malintencionadas” del colega; o, por el contrario, de que no debí haber respondido de esa manera porque era darle gusto a su intención desvalorizadora…

Fui dándome cuenta, de a pocos, que efectivamente había sido así. Es más, después lo reencontré en los pasillos y, refiriéndose a la colega (¡muy guapa, por cierto!) que había compartido la mesa conmigo, me dijo: “Y, ¿qué te pareció el otro trabajo?” Le dije que sinceramente me había parecido muy bueno. Entonces, me dijo: “Pues ella se formó conmigo…”.

Caí en la cuenta de que me había comportado como un pavo, como cuando chico, ingenuo y sorprendido por los retos de la rivalidad y la competencia. Este colega, no contento con sus méritos naturales, necesitaba alzar sus plumajes de pavo real, más por necesidades protagónicas y narcisistas que por enriquecer el encuentro en el nivel que corresponde.

Me sentí nuevamente como con los chicos del colegio, como en los “pulseos” del barrio, sólo que esta vez yo ya no estaba en eso… por lo menos no en ese momento. Tenía la vaga intención de contribuir con algo que sentía valioso, que mi trabajo invitaría a pensar en cosas que me habían parecido muy importantes. Luego, me di cuenta que, por supuesto, no era lo que el colega había querido escuchar.

Extrañé al “loco” de mi adolescencia y fantaseé alguna ironía en vez de las repuestas que había dado. ¡Pero, ya no estamos en primaria…!

Me quedé pensando en por qué me había movido tanto la situación. Total, las cosas podían haber quedado en su lugar con mi reconocimiento de su momento de “pavo en exhibición”. El asunto es que yo estaba, también, en exhibición -más bien en “exposición” ingenua- y, probablemente, no toleré que atacara mi vulnerabilidad.

Como tantas otras veces, me puse a elaborar la situación y, entonces, me vino a la mente todo lo que les he contado. Las posibles cosas que se me movieron desde lo infantil, desde lo primario, buscando reacomodar mis emociones y vulnerabilidades y tratando, también, de comprender y tolerar las necesidades omnipotentes de los demás.

Y, así, después de esta historia de pavos… ¡mejor nos dejamos de pavadas!

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