lunes

2013/02/03 Mamá cumple cien años


En repetidas ocasiones he escrito sobre mi padre. También, he citado frases de mi abuela. No cabe duda que me nutrí de sus cálidas compañías a lo largo de esos años tempranos de mi vida en que uno graba emociones para siempre. Diría que, más que extrañarlos, los tengo muy presentes, habitan en mí, son parte de mí….

Con mi madre ocurre algo muy diferente. Hace 7 años que se fue.  Se apagó de a pocos, a lo largo de años, como una velita cada vez más languidecente, haciendo espacio a la resignación y al anhelo de que logre al fin su descanso eterno. 

De ella guardo recuerdos también nutritivos, pero de otro orden, distintos a los de mi padre y abuela. Mamá mostraba sus afectos a través de la comida, sus ojos brillaban, sentada al frente del plato que me servía el mediodía de cada jueves, orgullosa de haberlo preparado, a veces durante horas, haciendo los caldos o cuanto fuera necesario para que adquiriese ese delicioso sabor que su sopa serrana adquiría en mi paladar. Ni qué decir de la búsqueda de los ingredientes que con real devoción y entrega se esmeraba en adquirir, mientras daba espacio al reencuentro con sus “caseras” en el mercado, con muchas de las cuales solía tener diálogos en quechua mientras jugaban a negociaciones y “yapas” en las que se incluían de natural los gestos de atención y afecto.

Para ella, el disfrute consistía en verme saborear el delicioso manjar –que me encantaba- hasta dejar “el plato limpio”, como nos había inculcado desde niños.  Si no era así, es que no estaba bien, es que no me había gustado. Por supuesto, el caso contrario (más bien frecuente), en que yo solía repetir, pedir más de su rica sopa serrana, podía llevarla a una sensación de realización insondable y era cuando solía repetir: “bien hecho, te ha gustado”.  Podíamos, entonces, despedirnos en paz, con la confianza de que se había dado el encuentro. Hablábamos poco, hacíamos comentarios banales y con frecuencia juegos de humor de mi parte que la hacían divertirse por un rato.

Cada tanto me comentaba sobre sus sueños, en donde el gran protagonista era mi padre. Nunca dejó de soñarlo en los más de 40 años que lo sobrevivió. En sus sueños había de todo: si bien lo más frecuente era que pelearan, no dejó de hacerle un espacio para encuentros íntimos que intentaba evitar comentarme, hasta aceptar con rubor mi natural deducción de lo que no me estaba contando.

A lo largo de años sostuvimos el ritual de los jueves: la misma sopa, similares comentarios, nada especial que esperar, hasta que un día me di cuenta que sí había estado esperando algo diferente de su mirada hacia mí. Fue cuando jugando a que yo era pobre y que merecía toda su herencia, me responde “pobre tú…?  Tú eres rico espiritualmente…”. Me emocioné hasta las lágrimas. Mi madre siempre había sido muy beata, religiosa de ritual.  Que me dijera lo de espiritual, ya que por cierto me consideraba así, llenó mi alma de la sensación de ese reconocimiento que nunca había sentido de ella, que en realidad era posible tener con ella esa experiencia de intimidad que la vida siempre nos reserva, aunque descreamos de ello, aunque no lo sepamos apreciar en su momento..

Ahora, al borde del centenario de su natalicio, ese recuerdo me llena y, mirando en mi presente, me pregunto si el placer por cocinar para las personas que quiero no viene siendo un homenaje permanente a esa rica sopa serrana, que mamá siempre servía con devoción.

Que mi recuerdo te acompañe con gratitud querida Emmita, dondequiera que estés que todo te sea bendito.

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