lunes

2015 08 18 Para entender al borderline


Con cierta frecuencia escucho decir: “tengo una amiga que es borderline”. A veces porque ellos mismos han hecho el juicio, ya que, al parecer, los diagnósticos clínicos tienden a popularizarse. Igual que la semana pasada, cuando hablábamos de la bipolaridad, con la cual, dicho sea de paso, la personalidad borderline suele confundirse. Cabe, entonces, hacerle un sitiecito en el programa para precisar mejor, en lo posible, de qué se trata este cuadro.

En realidad, es un cuadro de muchos rostros, pero que tiene un común denominador que es la inmensa sensibilidad que presentan ante los acontecimientos de la vida, en particular en relación a la vida en pareja y a la convivencia en general.

Alternan momentos en que funcionan de manera totalmente “normal”, para pasar, de pronto, a manifestar reacciones fuera de lugar, desproporcionadas, a veces totalmente contradictorias con lo que acaban de proponer.

Tienen cambios igualmente radicales en sus puntos de vista u objetivos.

Suelen dejar de llevar adelante sus objetivos por su baja tolerancia a la frustración, pero la forma en que lo expresan es que “ya no les interesa” o simplemente lo miran con desprecio. Esto los muestra como muy inestables y confusos.

Suelen tener mucha dificultad para controlar sus impulsos, por lo que actúan antes de pensar o en contradicción con lo que pudieran haberse propuesto. Esto muchas veces lo llevan al terreno de las relaciones afectivas y aparecen como muy volubles, cambiando de pareja o mostrando una gran inestabilidad con una misma pareja, con la que oscilan entre el anhelo de estar muy juntos (lo que tampoco soportan, porque lo sienten como intrusivo) a la vez que pelear por cualquier motivo que sugiera que el otro ha tomado distancia.

Suelen exagerar el registro de las afrentas, buscando prevalecer desde sus puntos de vista.  Esto las lleva a pelear, a discutir de tal manera que sienten que el otro lo único que busca es darles la contra.

Suelen tener episodios de agresividad intensa y hasta violencia; y, luego, suelen arrepentirse y buscar a la pareja agredida con desesperación, sintiendo el abismo del abandono. Por cierto, luego de prometer no volver a hacerlo, incurren en nuevos episodios. Su carencia afectiva es tal que tienden a aferrarse dramáticamente a la otra persona.  El abandono lo viven como un desgarro doloroso e intolerable, por lo que les es difícil separarse o hacer duelos.

Suelen tener multitud de síntomas, pánico, angustia, fobias, obsesiones, episodios de delirio, depresiones, histrionismo, manipulación, victimización, etc.

Su nivel de confusión incluye su propia identidad; es como si fácilmente se desenfocaran de sí mismos. Con facilidad pueden ingresar en el terreno del “vale todo”, funcionando como bisexuales y, muchas veces, promiscuos. Todo ello se da, en realidad, como producto de sus confusiones.

Constituye un reto muy grande para la familia lidiar con ellos porque suelen ser sumamente hábiles para manipular y movilizar las culpas de los padres, a quienes tratan de hacerles “pagar” los errores reales o fantaseados en que éstos pudieran haber incurrido durante su infancia.


En los últimos años, se ha comprobado que el tratamiento ideal para sus dificultades es la combinación de psicoterapia y psicofármacos.

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