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2011/02/03 Calidad o Cantidad

En estos tiempos, de prisas y múltiples ocupaciones, es frecuente que nos percatemos de que estamos en falta en relación al tiempo que le brindamos a la familia, en particular a los hijos.

Es posible, entonces, que apelemos a una manida frase: “yo les doy calidad, no cantidad...” Lo cierto es que somos nosotros mismos los que atribuimos la suficiencia de la pretendida calidad de nuestra presencia y cercanía. La realidad es que nadie puede decir con facilidad, cuánto y qué calidad resultan suficientes para cada quien, en cada momento de su vida.

Miento. Creo que podemos estar de acuerdo con que, al comienzo de la vida, el bebé necesita calidad en cantidad. No puede ser de otra manera sin originar consecuencias en la futura calidad personal del bebé.

Cada momento de la vida tiene un determinado requerimiento de presencia y de contacto. Pero, podemos confundirnos y pensar que basta con la presencia…o con el contacto. La calidad de la relación debería entenderse en función de las posibilidades de coincidir en un encuentro de a dos… en el encuentro y sostenimiento de una relación de intimidad y confianza; dar y recibir en un contexto de libertad, con posibilidades para la gratitud y el compromiso responsables (nada que ver con formas forzadas o culposas de cumplir con lo que se siente como obligatorio).

Hace poco me tocó vivir una experiencia ilustrativa en este sentido. Mi nieta, que ha desarrollado la capacidad de estar a solas, me hizo pensar que bastaba acompañarla en sus juegos mientras leía las noticias del diario. De pronto, me sorprendió diciéndome “Abú, lo que yo quiero es que juegues conmigo…” Y, ni modo. No es que me disguste hacerlo; es divertido jugar con ella. “Qué bueno que pueda expresarlo”, pensé. Hay tantos niños que se inhiben o, al contrario, buscan llamar la atención de manera destemplada, que me alegré de que ella tuviera esa confianza.

Calidad tiene que ver con disponibilidad; y, disponibilidad, a su vez, implica elasticidad, poder tener en cuenta que cada persona, en este caso un niño, tiene momentos variables de necesidad, que requieren distintos grados de nuestra participación. El riesgo es que no nos tengan a la mano en un momento especial y apelemos a “su capacidad de comprensión" y tengan por eso que resignar la búsqueda, adaptase o renunciar a ella.

En estos casos, uno suele ver, como consecuencia, que el niño puede perder espontaneidad y esperanzas en el entorno. Claro, llega a valerse por sí mismo, pero el sacrificio en el ejercicio de la intimidad sufre un gran menoscabo. En el fondo de sus aparentes egoísmos resultantes subyacen las huellas de la desconfianza y la ausencia del registro de la calidad que faltó en el momento que se requería. A veces, con un tono de resentimiento, uno puede escuchar: “no estuviste cuando te necesité…”   Yo mismo siento que no estuve lo que debía en diferentes momentos del desarrollo de mis hijos, lo cual, por cierto, ha dejado huellas en sus caracteres y una pena en mi corazón.

Algunas personas, como me pasaba a mí, pueden estar convencidas de que han dado calidad, en tanto se han preocupado de llenar los vacíos de la necesidad material. Otros, llenan culposamente los espacios que no han dado a la familia, durante la semana, satisfaciendo ansiosamente los caprichos del niño, lo cual les ofrece una oportunidad para ir expiando las culpas. De esta manera, se puede llegar a sentir que uno cumplió y… hasta se puede creer que esto es calidad; y, sin embargo, lo único que se está haciendo es descargarse de la culpa y, peor aún, estimulando una futura explotación de la culpa por parte del niño, quien se percata de la situación y “la aprovecha”, cosa que, por cierto, no resuelve sus necesidades de calidad, de verdadero encuentro con el otro.

Puede haber presencia en cantidad, puede haber mucha calidad, pero, una y otra tienen que darse de manera oportuna. Ni antes ni después… simplemente en el momento en que se requiera, en la cantidad que sea necesaria. Es lo que llamamos “en sincronía”.

La sincronía es posible en la medida que mantengamos una apertura hacia el otro. Es esa disposición que, en caso de que fallemos, nos muestra prestos a corregir, empezando por reconocer el error o la ausencia. Es posible tolerar la frustración y la espera, en tanto sepamos que el otro no va a fallar, que hemos sido y seguimos siendo “tenidos en cuenta”, que sólo es cuestión de tiempo… A eso se le llama "confianza básica", que es el resultado natural de haber estado en calidad y cantidad suficientes en los fundamentales inicios de la vida de nuestros hijos.

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