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2015/08/06 ¿Se puede amar a dos personas a la vez?

Este es un tema en el que confluyen lo biológico, lo personal y lo social. De hecho, es un asunto que, de manera recurrente, aparece en la consulta, las más de las veces en medio de situaciones de conflicto. Es frecuente escuchar comentarios como “Me he enamorado de una chica de la oficina, doctor, pero yo quiero a mi mujer”.  La asociación inmediata es que la presencia de una nueva persona en el panorama emocional o sexual pone en peligro el vínculo con la otra.

Y es que, de alguna manera, es así, especialmente cuando la nueva relación evoluciona hacia un anhelo de compromiso y de intercambio e influencia emocional, que hacen deseable que este vínculo persista indefinidamente. Es entonces cuando, dada nuestra visión social, cultural o moral, tenemos que optar… por separarnos de nuestra pareja o mantener la relación con ambas personas, en las condiciones muchas veces culposas y difíciles en que este triángulo se desarrolla.

También, como lo presentaba hace un tiempo un personaje que se hizo muy mediático, se puede mantener una relación paralela, aceptada por todos los miembros participantes.  Este personaje, por ejemplo, decía convivir con cinco mujeres, tratar a todas con igual afecto y mencionaba que entre ellas no habían mayores conflictos… que se llevaban bien. Por cierto, en algunas culturas, esto es aceptado socialmente.

Para algunas personas, la relación de amantazgo ha sido un refugio de equilibrio a la relación de familia en el que la maternidad o simplemente el desgaste del tiempo ha disminuido el componente del deseo sexual por la pareja, mas no el sentimiento de amor o aprecio personal en el que la estabilidad y la armonía predominan.

Dos formas de amor, en tanto así, pueden coexistir: el amor sexual y el amor familiar; el de la apuesta en el tiempo y el anhelo de compartir el afecto de los hijos y la mutua compañía.
De hecho, he podido escuchar en consulta muchas variables.  Incluso, algunas personas mantienen relaciones sexuales simultáneas con la misma satisfacción e intensidad y otras, también, son capaces de mantener vínculos de amor con ambas parejas, vínculos que perduran en el tiempo, sin sentimiento de oposición.

El tema de la monogamia no parte de un principio biológico humano; no está en nuestro patrón genético, por lo menos, no eso de “hasta que la muerte nos separe”. La monogamia es una decisión; surge de nuestra renuncia a funcionar de manera polígama, aunque la poligamia o poliandría sean un potencial  al que nuestra sociedad nos educa a renunciar. Suele ser que, quien es capaz de optar por la monogamia tiene un mayor grado de diferenciación como para trascender el impulso biológico.  Digamos que esto puede ser un signo de madurez en el entendimiento de una mayor posibilidad de sostener los mandatos sociales de manera equilibrada.

La poligamia, ejercida de manera impulsiva, propia del emergente juvenil, puede corresponder a una etapa de la vida.  Aún así, puede ser también  indicio de una conducta en la que no se regulan los impulsos, de una personalidad con dificultades para controlarse y organizarse de manera equilibrada; es decir, puede ser una conducta más bien promiscua y ajena a las características propias del amor, en donde verdaderamente existe un otro con el que uno se relaciona.

Puede ser expresión, incluso, de una incapacidad para amar a otro, de formar un vínculo de intimidad, más allá de tener relaciones sexuales. Encontramos el caso de los pseudo enamoramientos, en los que lo frecuente es que exista la vehemencia pero nada de profundidad, aunque persistan en el tiempo. Son vacíos que tapan vacíos con el revestimiento de una intensidad que es propia de la necesidad antes que de un verdadero deseo.



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