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2014/12/02 La ingratitud de los hijos

He escuchado con frecuencia a distintos padres quejarse de lo ingratos que pueden ser sus hijos. En algunos, el reclamo tenía que ver con que habían tomado distancia, de manera que no sabían nada de ellos, que no se comunicaban, que los habían abandonado. En otros casos, la sensación tenía que ver con claros maltratos por parte de los hijos, faltas de respeto o ausencias en momentos de necesidad de ayuda, por ejemplo, en una intervención quirúrgica o en momentos de decaimiento depresivo, fines de semana de soledad, etc.

Debo aclarar que soy de los que valora de manera especial el sentido de la gratitud. Soy sensible a la falta de resonancia con el gesto generoso, no tanto en el sentido de una devolución del “favor” como de la identificación con el gesto mismo.

Es un tema complejo el comprender el por qué de la ingratitud. Para empezar, creo que tenemos que considerar que quien siente al otro como ingrato, es que esperaba alguna forma de “devolución”, que le frustra no recibir. Si es así, tenemos que considerar que nuestro acto de dar no ha sido “gratuito”, que esperábamos que a cambio de nuestro gesto el otro responda con un sentimiento de cierta obligación o deuda.

Nos olvidamos con frecuencia que la capacidad de sentir gratitud es un don que se cultiva desde el almácigo más temprano de la vida, en el encuentro del bebé con la madre. Nacemos con este don, pero si no hay un entorno propicio para su desarrollo, se puede ir perdiendo o pasar a un estado de latencia a la espera de tiempos mejores.

La gratitud tiene que ver con el reconocimiento de nuestra condición humana, carente y dependiente, pero que, reconocida y debidamente asistida no nos vulnera con un recibir ayuda que nos pase la cuenta. La gratitud se gesta en el registro de una grata entrega, con total desprendimiento, pero, especialmente sin condiciones. La gratitud se consolida cuando hay gratuidad, cuando quien nos atiende se complace en hacerlo, cuando nuestra satisfacción suma al gesto desprendido que nos beneficia.

Es algo que se genera por identificación, más que por reconocimiento de una deuda, aunque, quienes tienen ya instalada esta base en sí mismos se sienten gratamente  enriquecidos por el endeudamiento con quienes han tenido atenciones para con ellos o, incluso con terceros.

Quien es agradecido en general es, además, generoso. Aunque hay por cierto lugar para las variables en más o en menos. En algunos casos oscilante y en otras circunscrito o limitado.

Sin embargo, en muchos casos, es posible entender la gratitud/ingratitud de los hijos de otra manera. Si hemos dado atenciones a nuestros hijos con total desprendimiento, la satisfacción queda realizada en el acto mismo de la entrega. Si es así, lo más probable es que el agradecimiento se traduzca en una realización o una plenitud en sus vidas que, alguna vez encontrará expresiones de reconocimiento a quienes contribuyeron a este logro. Muchas veces los hijos necesitan por un tiempo sentir que son dueños de sus logros, hasta que, más relajados en su necesidad de autoafirmación pueden tener el gesto de reconocimiento.  Muchas veces esto ocurre cuando ellos mismos se hacen padres. Pero, en general, llevan en su esencia el gesto generoso y, quizás no es ajeno ni amenazante a su autonomía hacer un lugar para la gratitud con los padres. Los padres verdaderamente desprendidos saben apreciar el fruto de su siembra con paciencia y tolerancia.

Cuando el cuidar de nuestros hijos es fruto de la pura responsabilidad, cuando no surge del gesto generoso y espontáneo sino e la preocupación, es posible que el hijo no sienta que lo recibido salió del corazón.  Es más, puede arrastrar el sentimiento de haber causado un sacrificio penoso que los padres se impusieron con rigor o culpa. Entonces, quizás deriven a un sentimiento de deuda o quizás a un dejar de ser una carga para los padres.  En este caso, la culpa y la responsabilidad podrán estar entre las razones del lazo extendido, pero éstas no tiene la cualidad rica y fluida de la gratitud.  Esta “ingratitud” no se nota, porque más bien puede haber un largo “pago de la deuda”, que oculta el oscuro anhelo de un hijo atrapado en la expectativa de alguna vez recibir algo desde el corazón de los padres.

Los hijos que reciben en exceso, que nadan en la abundancia, no llegan a tomar conciencia de sus propias necesidades o deseos y, por tanto, se suelen ver como receptores de la necesidad de dar que tienen los padres. Estos padres les dan cosas que se les ocurre a ellos que los hijos necesitan, no tanto lo que verdaderamente descubren como necesidades o deseos propios de sus hijos. Suelen ser aquellos que piensan que sus hijos deben tener aquello que ellos no tuvieron y, sin saberlo, no le dan un lugar propio al hijo sino que lo colocan en el reflejo de su propio pasado.  En estos hijos no hay un desarrollo de la gratitud, ya que sienten que todo lo merecen porque sí, no han tenido tiempo de detectar necesidades o deseos, por lo que no toman conciencia del gesto generoso –si lo hubiera- .

He visto muchos casos en los que los padres, al dar, están anotando cada cosa como una suerte de inversión o como un sacrificio que enrostran con frecuencia al hijo, haciéndole sentir que lo tiene que pagar.  Frases como “yo que me sacrifico por darte de comer…”, “Yo que te traje al mundo…”etc. denotan el perfil de una deuda que lo más probable es que genere rechazo y, para nada, gratitud.

Suele tratarse de casos en los que las carencias del padre hacen que se busque perpetuar la relación, sea bajo la forma de invertir la situación y pasar a depender de sus hijos o parasitarlos mediante la manipulación y la culpa. Ciertamente, a la hora de “cobrar”, se encontrarán con más de un hijo que resulta un ingrato porque repudia la deuda.

Por último, en esta sociedad en la que el cultivo del individualismo egoísta hace que el comportamiento tienda cada vez más hacia el aprovechamiento del otro, es posible que se logre tergiversar el mensaje generoso de los padres, al punto de adaptarse a un modelo en donde la gratitud no tiene cabida. En ello gravita demasiado la cultura y la declinación de los lazos de unión familiar.

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