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2015/02/03 Déficit de atención y decisiones

(Publicado en la Revista Resourse)


Cuando Francisco, joven proactivo y entusiasta, tuvo su primera entrevista de trabajo, resultó impresionante observar la tremenda fuerza y rapidez con la que se conectaba con la visión de la empresa. 

Inmediatamente propuso un plan de marketing y planes que en la segunda entrevista mostraban que no solo se había conectado sino que  ¡estaba totalmente involucrado!

Por supuesto que lo tomaron de inmediato y empezó con celeridad a desarrollar una serie de acciones encaminadas a resaltar la imagen de la incipiente empresa que lo contrató. Armó una cartera de posibles clientes, a quienes interesó en los servicios que ofrecían sus nuevos jefes.

Montones de contactos y entrevistas qué el conseguía fascinaban al directorio. Pero, poco a poco, se iba reiterando una observación: se hacía el contacto, incluso se avanzaba hacia un contrato, pero la operación no culminaba. Una y otra vez las gestiones quedaban pendientes, distraídas en su continuación por un nuevo cliente tanto o más tentador que el anterior.

El balance, al tercer mes, era más bien preocupante. No se habían logrado los resultados esperados, se había incurrido en una serie de gastos que sacudían el presupuesto y, además,  empezaron a presentarse quejas desde el personal a su cargo. Era demasiado tenso y exigente y se irritaba con facilidad, por lo cual la gente se sentía maltratada. Empezaron a presentarse renuncias por tal motivo.
La empresa tomó conciencia de que, fascinados por la entrevista, no habían profundizado en la evaluación; habían obviado la necesidad de un examen psicológico previo a su incorporación. Desde el malestar y el desencanto, la empresa prescindió de sus servicios.

Fue entonces que Francisco se preocupó. No era la primera vez que le ocurría algo así. Él se consideraba alguien capaz y bien formado profesionalmente.

Cuando vino a la consulta, lo que detectamos fue un severo trastorno de déficit de atención, a lo que se sumaban factores relacionados con su personalidad. Esto terminaba siendo una combinación difícil. No le era fácil escuchar al otro, menos aún prestar atención a los problemas derivados de su accionar, hasta que recién después del contraste laboral decidió recurrir a la ayuda especializada.

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