lunes

2012/02/03 Los hijos de padres machistas

Hace poco comentaba al respecto en un programa radial y, como siempre, me quedaron algunas ideas sin decir, así como, también, ocurrencias y observaciones que surgieron del programa mismo.

Uno pensaría que de padres machistas salen indefectiblemente hijos machistas. Pues no; es más bien frecuente que los hijos de estos padres estén impactados por las escenas de violencia a las que sus padres sometieron tanto a la madre como a ellos mismos.

Unos pocos repiten la pauta de manera desenfadada. Los más crecen con inseguridad en sí mismos y respecto a su rol frente a la mujer. Es más, muchos invierten la situación y terminan teniendo vínculos de sometimiento con sus mujeres. He visto maridos maltratados hasta la humillación por sus esposas, totalmente apocados a su lado, dramatizando una dependencia total. A ellos los tipifica aquella chanza de que siempre tienen la palabra final: “Sí, querida”.

Un primer nivel de motivaciones proviene del terror al padre. Otro, no menos importante, proviene de la actitud de la madre. Muchas veces el niño se promete proteger a la madre, víctima del padre, derivando, en la adultez a formas de apego infantil que para muchos lucen como un idilio ideal; pero, en estos casos, la mujer deviene, más que en esposa, en una sacrificada madre. Teniendo que hacerse cargo de un hijo más (su marido), casi siempre caprichoso y demandante de atenciones, indirectamente agresivo, esgrimiendo reclamos sostenidos desde su supuesto amor no correspondido por su mujer–madre. No es difícil observar lo infantiles que son sus reclamos.

Otras madres idealizan al marido-padre, que no aparece como un sujeto violento, pero sí dominante y controlador, al que la madre se somete con idolatría. Es la máxima autoridad y, hasta cierto punto, los hijos ocupan un lugar secundario. Ella está preocupada permanentemente de que él no la vaya a dejar de querer. Somete a los hijos a esta autoridad y contribuye a sostener una distancia de los hijos con el padre, que es permanentemente intermediada por ella. Siendo así, a la vez acapara la autoridad respecto a los hijos, entre los cuales suele tener algún elegido. No es infrecuente que algún otro también sea elegido, pero para cargar con todas las críticas y maltratos provenientes de su condena. El preferido de la madre en estos casos suele ser además “consentido”, no tiene límites y adicionalmente puede llegar a ser también consentido del padre, especialmente en sus actitudes transgresivas y prepotentes.

Estos padres, ya en general, no toleran las expresiones débiles propias de la infancia y se muestran hostiles y maltratan a sus pequeños que se muestran así. De allí proviene la frase de que “los machos no lloran”. Por el contrario, con los hijos “recios”, agresivos y hasta prepotentes, se muestran complacientes. Los defienden y no los corrigen, cultivándolos en la disciplina de “ser machos”.

Sus castigos, por violentos, dejan huellas traumáticas en sus hijos. Éstos, eventualmente, repiten esta conducta frente a sus mujeres o a sus propios hijos.

Muchos hacen esfuerzos por no ser como sus padres machistas. Usan, entonces, formas reactivas y se muestran responsables y hasta cariñosos, pero su eje sigue siendo el “no ser como su padre”, lo que, a la larga, no termina de resolver las huellas de origen. No son simplemente ellos mismos en interacción natural con sus hijos, motivo por el cual, casi siempre, se escapa alguna forma de tensión agresiva en la relación con la esposa o con los hijos.

Otra de las consecuencias que pueden encontrarse en los hijos de un padre machista agresivo es la derivación hacia la homosexualidad. Al escribirlo, recuerdo un caso en el que era posible deducir una suerte de placer sado masoquista en cada acto sexual. De manera ritual y estruendosa, este hombre rebajaba su condición sexual masculina, tan apreciada por el padre. Una rabia muy honda hacia su padre nunca abandonó el alma de esta torturada persona.

Otro tema es el de las hijas, casi siempre “apreciadas” desde el sentimiento de total dominio que sobre ellas impone el padre. Los padres machistas suelen imponer una restricción hacia la sexualidad de sus hijas, con maltrato a los posibles candidatos a ocupar su lugar, con quienes rivalizan hostilmente. Una paradoja frecuente es que las hijas optan por relaciones clandestinas y no es infrecuente que liguen un matrimonio-fuga, para tomar distancia del padre… para terminar cayendo en una relación similar a la que se suponía querían dejar atrás. En ellas es frecuente observar que se prestan al maltrato con una sumisión resignada, para la que “han tenido preparación”, por lo que muchas veces llegan a encontrarlo como natural y hasta son reforzadas por su propia madre en el sentido de aceptar las agresiones.

Una cultura del machismo y del maltrato está aun en vías de reformularse y son los hijos -la cadena de transmisión- los que necesitan ayuda para poder observar en sí mismos las consecuencias del trauma que significó esta figura del padre machista y que ha marcado su vida de tan diferentes maneras.

2 comentarios:

Silvana dijo...

Que feo y triste que pase esto, personalmente pienso que es bueno que la mujer limpie y el varon trabaje, pero tambien es bueno que ambos limpien y ambos trabajen. No siempre es bueno que el varon no trabaje, ya que socialmente no se acepta el varon "amo de casa", es como un desperdicio de hombre. jaja, buena redaccion, saludos.

Anónimo dijo...
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