lunes

2010/06/23 Medalla de Oro

Hace poco se contactaron conmigo unos compañeros del Colegio. Coordinaban actividades de celebración de nuestras bodas de oro. Sí… ¡50 años!... No he estado muy cercano que digamos a las distintas actividades a las que, con mucho entusiasmo y perseverancia, me han ido invitando en los últimos años…

El Colegio Militar Leoncio Prado, lugar en el que me formé en los últimos tres años de la secundaria, siempre se caracterizó por su espíritu deportivo y por promover la sana competencia entre las promociones. Ése era el espíritu con el que mis amigos del colegio me estaban convocando; había que participar en alguna actividad para lograr la medalla máxima en las olimpiadas, ser campeones en nuestra celebración cincuentenaria. Es decir, no sólo estar vivos sino, también, competitivos... ¡y resultar ganadores! Con ganas de una celebración en grande…

El asunto es que en lo único en que podía participar competitivamente es en algo que hace casi cincuenta años que no practico: billar a tres bandas. Explicitada mi limitación, muy comedidamente algunos de ellos propusieron ir a entrenar en un escenario que hace mucho, pero mucho tiempo, que no visitaba: ¡un billar de barrio!

“Constituidos en el lugar”, en lenguaje militar, encontramos gente de otras promociones que, también, querían ponerse a tono con el reto. Con ellos empezamos a chapucear en el arte de hacer carambolas.

No tardé en percatarme de algunas peculiaridades del lugar. Lo regentaba un señor de ascendencia oriental, muy respetuoso y comunicativo, amable y servicial. El ambiente, como suele ser, estaba penumbroso aún en pleno día, pero rezumaba paz y buena onda. La gente jugaba con mucha concentración… ¡y vaya que jugaban bien!

Me sorprendió encontrarme casi de inmediato con la mirada de todos y cada uno. Te recibían con cordialidad y respeto, con una sonrisa amable, como en un encuentro de conocidos o de colegas en un congreso. Mi sorpresa llegó a su máximo cuando ocurrió que algunos de los que iban llegando se acercaban a saludar, nos daban la mano y todo… Increíble, pensé, en este mundo tan despersonalizado… ¡tanto acogimiento y respeto!

Esa tarde regresé al consultorio muy emocionado. ¡No podía creer lo que había vivido! Estaba decidido a volver… Total, había que entrenar. Ese sábado era el torneo y recién era lunes. Cuestión aparte era el ver lo poco que quedaba de mis habilidades de jugador adolescente de billar. Fue entonces que, a la utopía de recuperar “el toque” entrenando un par de veces, se le sumó el deseo de volver a este increíble espacio de jugadores de billar.

El miércoles, cuando llegué, no estaba ninguno de mis compañeros. Un señor, de unos 70 años, jugaba en la mesa que habíamos usado la vez anterior. Le pregunté si era del Leoncio Prado y me respondió graciosamente que él era del Guadalupe. Igual, le dije, de repente se animaba a jugar. Le expliqué en qué andanzas estaba y aceptó jugar conmigo… Empezábamos con el saque cuando alguien de la mesa vecina comentó: “Es una gloria nacional…”. Lo interrogué con la mirada… “¿Con quien estoy jugando?”, le pregunté. “Me apellido Jáuregui”, respondió, para luego agregar: “Sixto”. Y… ¡pucha que sí lo conocía! ¡Rival nada menos que de Sugimitzu y Adolfo Suárez…! Lo mejorcito del billar mundial en su momento… Me mostró una foto en la que estaba con ellos, en un gran afiche de la pared contigua… ¡Uf!, no salía de mi sorpresa.

Empecé a conversar de viejos tiempos. Yo admiraba a Suárez, nuestro campeón mundial, casi olvidado. Lo tuve en casa una vez que lo encontré en Buenos Aires. Así es que compartimos el recuerdo de los talentos de Adolfo y otras cosas. Ya un poco más suelto, compartió su orgullo por conservar el record mundial de “bolada a tres bandas”… Y estábamos allí… este “monstruo” y yo… Él me estaba haciendo graciosa compañía en un entrenamiento para un campeonato de ex adolescentes. ¡Increíble! No sé si fue bueno para mis aspiraciones de simplemente “agarrar el toque”. ¡Demasiado impacto con el ideal...! Pero, había que intentar…

Quedé muy agradecido, con la promesa de reencontrarnos dos días después. Esta vez con carácter de entrenador…

La siguiente vez fue un desastre. Escuchaba sus consejos pero no me salía nada. Y, para colmo, todas las mesas de mi entorno estaban llenas de gente que jugaba excelente, sola o en partido. Era impresionante su calidad. Provocaba plantar el “taco” y ponerse a mirar.

Los comentarios de don Sixto me iban ubicando en el contexto: fulanito es el campeón nacional de tal año, menganito el de aquel otro… y me seguía proporcionando otros datos por el estilo. Todas las jugadas les salían con tanta facilidad que me sentí abrumado. Me despedí esa tarde con la esperanza de que mis “neuronas espejo” hubieran capturado algo como para que, al día siguiente, se repitiera aquello en mi competencia leonciopradina.

Lo que sí fue una constante en mis visitas a este billar fue el clima, la cordialidad y la accesibilidad social. Todos se mostraban amables, sencillos. Entendí que a la mayoría de los asiduos al lugar los acompañaba un aura de excelencia. Pulían su juego, se respetaban y se sentían respetados. Nuevamente me llené de alegría, pensando en el lugar que me había tocado visitar. La gente, además de ser destacada, era sencilla, campechana, acogedora. Me despedí con ganas de volver… Cierto, también, con ganas de encontrar más rincones como éste.

En un país donde prevalece la arrogancia y el desdén, donde la discriminación o la timidez no hacen frecuente el encuentro cordial de las miradas, donde casi siempre el que gana se la cree y, lamentablemente, el que pierde también… puede uno sentirse afortunado de que algo así le pase.

Y, al día siguiente, gané la medalla de oro en mi serie… Pero no… no gané la medalla. En realidad, lo que ocurrió es que el primer competidor no se presentó. El segundo era alguien que no sabía nada de tres bandas y con las justas hice lo suficiente para no empatar a cero… Pero gané. No me sentía contento con mi performance y nadie entendía por qué: ¡si había ganado!

Pensándolo un poco, reencontré el motivo para encender la satisfacción: la medalla se la había ganado el grupo de compañeros que me motivó y me acompañó en todo momento (no dejaron de alentarme durante la competencia); la medalla se la había ganado la promoción… y yo había contribuido. Total, de eso se trataba, de contribuir con lo mejor de cada quien. La medalla se la había ganado Don Sixto y su lección de sencillez. Por último, la medalla se la ganó el billar aquel, tan acogedor, ese remanso de cordialidad y respeto…

Claro que gané: ¡fue una linda experiencia!

No hay comentarios: