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2015/07/21 Mis parejas siempre me abandonan

En la vida amorosa es cuando más necesitamos desarrollar nuestra inteligencia emocional. Esto es, saber leer al otro, entenderlo en sus claves emocionales, en sus intereses y dificultades.

Poder mantener una interacción saludable con una pareja no es un tema tan sencillo como el de la pura ilusión de que “como yo amo a la otra persona por encima de todas las cosas, todo va a salir bien” y “la otra persona, por supuesto, va a sentir en automático lo mismo que yo”. Pensar de esta manera lleva a grandes contrastes y desencuentros.  La frustración posterior a un lindo primer encuentro suele tener que ver con que “volamos” demasiado en nuestra expectativa respecto al otro sin darnos cuenta realmente de la disposición de él o ella para lo que nosotros deseamos que siga después.

Pocas veces nos detenemos a pensar en qué fue lo que pasó realmente, en por qué se cortó la relación. Muchas veces consideramos que se debió a que no le gustamos lo suficiente, que somos personas poco atractivas o que ella o él son unos aprovechadores, que  nos utilizaron, que nos engañaron. Esto -si se repite-  puede llegar a generarnos un complejo. También, ocurre a veces que el complejo ya lo tenemos y es la causa de que las cosas no caminen, porque nos esmeramos demasiado en causar buena impresión o nos esforzarnos por llamar la atención.

Es necesario reflexionar sobre nosotros mismos y tener bien equilibrada nuestra autoestima antes de emprender la tarea de una relación formal. Las relaciones a veces no caminan simplemente porque no dan para más. En otras ocasiones, sin embargo, sí tienen que ver con cosas que hacemos y que ahuyentan a las parejas. Pero, también ocurre que el otro tal vez no esté en capacidad de comprometerse y, sin embargo, lo elegimos, aún pudiéndonos dar cuenta de la realidad…

Una situación que observamos con cierta frecuencia puede resultar increíble: uno mismo se encarga de que la situación se rompa, que la pareja se aleje… Es que la cercanía, la intimidad, nos pueden resultar tan angustiantes, por el temor a ser dejados, que precipitamos alguna expresión o detalle para que el otro no vuelva. Algunas veces, un trato ofensivo, una demanda desmesurada, una actitud demasiado inmadura, grosera, etc. pueden llevarnos “inconscientemente” a provocar una reacción adversa.

En muchas personas existe ya un arraigado sentimiento de que esto va a ocurrir, que las van a abandonar; es más, se sienten abandonadas aunque no las estén abandonando en realidad; simplemente leen cualquier mensaje en ese sentido: si la otra persona se demoró, si no las llamó como esperaban, si se fue de viaje por trabajo… Cualquier cosa reafirma su sentimiento preexistente de que serán abandonadas.

En la mayoría de los casos la razón que los predispone a sentir de esta manera y a reeditar situaciones de ruptura o pérdida de la relación tiene que ver con situaciones vividas en la primera infancia, con una suerte de trauma de carencia o abandono afectivo que ha dejado una honda huella, difícil de borrar, que reinstala el vacío y la desesperación ante cualquier evento en el que los afectos sean convocados. Por ello, el enamoramiento y el apego en el presente son vividos como experiencias de extrema fragilidad y esto los lleva a estar más a la defensiva que a una actitud de serena apertura y encuentro con el otro.

De manera similar, las experiencias de fracaso afectivo que se han tenido en la vida pueden predisponer negativamente a una nueva apertura. Sin embargo, es necesario experimentar no solo logros afectivos, ya que los fracasos nos enseñan mucho sobre cómo reorientar nuestro camino hacia el emparejamiento equilibrado. Una buena dosis de tolerancia a la frustración es necesaria y también una suficiente posibilidad de rescatarse indemnes de las idealizaciones propias del enamoramiento inicial.

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