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2011/11/28 Un seguro muy inseguro

(Publicado en la Revista Resource)

A lo largo de mi vida he conocido diferentes formas en que los ejecutivos toman en cuenta el riesgo personal y las posibles consecuencias para su familia de una enfermedad o de una muerte indeseada.

Algunos se comportan de manera que pareciera que están “más allá del bien y del mal”, como ungidos de una omnipotencia tal que lo malo sólo les puede pasar a los demás. Viven una vida desenfrenada, se exceden con el licor o las drogas y derrochan el dinero como si sólo existiera el presente, de modo que la economía familiar está permanentemente en riesgo.

A lo largo de mi carrera he atendido a algunos de sus hijos, quienes, muchas veces, increíblemente repiten el modelo, pretendiendo borrar lo doloroso de los tiempos vividos luego de la muerte del padre.

Otros, desde el principio, más bien se vuelven híper responsables y cuidadosos, pero marcados por la ansiedad de que algo les pase a ellos o a los hijos. Trabajan día y noche y es como que sus vidas estuvieran destinadas a impedir que el desastre del desamparo llegue a sus familias. Se organizan de una forma sacrificial, sin darse cuenta que el peso de la idea de morir por la familia prevalece sobre la de disfrutar con ella de los logros, involucrándolos en la gesta y los proyectos familiares.

Paradójicamente, el prodigar cuidados excesivos, la sobreprotección, genera en los hijos un déficit en el desarrollo de la capacidad para resolver problemas. Los hijos se vuelven tan dependientes que no logran levantar vuelo, cuando no desarrollan problemas de conducta o de consumo de sustancias fuera de control.

Ernesto, un hombre ya maduro, marcado por la prematura muerte de su padre, muestra cómo las huellas de esa pérdida lo marcaron: compró un seguro muy costoso que involucraba casi toda su capacidad de ahorro, limitando las comodidades a la familia. La idea era que, si se moría, a la familia no le faltara nada. Su vida estaba enmarcada en un modelo sacrificial que no daba espacio a otra lectura que a él le iba a pasar lo mismo que a su padre y que sus hijos iban a vivir el mismo desamparo y carencias que él. No había resuelto el duelo de la muerte del padre y estaba atrapado en una alerta que no conocía, de manera totalmente irracional.

Pudimos ayudarlo a rescatarse de esta premisa y programarse en un marco de vida que le permitiera vivir más plenamente y disfrutar con su familia e, incluso, deleitarse con la idea de conocer a sus nietos.

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