lunes

2010/09/06 Un ejecutivo atolondrado

(A propósito de una colaboración con la Revista Resource)


Hace poco vino a mi consulta un empresario, que andaba medio perdido en la vida. A sus recientes 40 años, había transitado por una serie de aventuras empresariales que, al igual que sus intentos de formar pareja, habían fracasado.

Pudimos, más bien pronto, darnos cuenta que le sobraba entusiasmo. Empezaba “metiéndose con todo”, con mucha intensidad, pero al poco tiempo disminuía su ímpetu. Cedía fácilmente ante la adversidad, desalentándose y cayendo en el pozo de la impotencia, que resolvía con sustancial levedad, al amparo de cualquier plan alternativo de diversión.

Pasado un tiempo, lograba “superar” esta sensación, embarcándose en algún otro proyecto (empresarial o afectivo) con el cual renovaba sus entusiasmos.

En medio de todo, mantiene un pequeño negocio, que le permite vivir, basado en algún talento como vendedor, aunque muchas veces se ve interferido por la vehemencia o por la tendencia a discutir con el cliente acerca de “quién tiene la razón”.

Como refugio alternativo a las frustraciones laborales, frecuenta los gimnasios, exhibiendo un envidiable estado físico y un cierto atractivo, que le resultan efectivos a la hora de sostener la ilusión de encontrar a la pareja soñada (ninguna le ha “durado” más de tres meses).

Al poco tiempo de estar reuniéndonos, surgió otra posibilidad de negocios que lo entusiasmó. Se trataba de un proyecto de producción y distribución de un producto en boga, de alta demanda. Todo parecía digno del entusiasmo que traducía al relatarme sus planes. Sin embargo, empecé a sentir inquietudes respecto a su escasa visión de los procedimientos, análisis de costos, detalles de la línea de producción, seguridad, manejo de personal, etc. Pronto nos dimos cuenta que existía un paralelismo entre esta forma de intentar sacar adelante la empresa y su propio desarrollo como persona, faltaba profundizar en el tema.

Fuimos viendo la necesidad de sumar orden, disciplina y sentido a su entusiasmo, así como ir encontrando la razón de ser de cada cosa. Observamos que su entusiasmo desbordado le proporcionaba una sensación de omnipotencia, como que le bastara estirar la mano para lograr el objetivo, para atrapar el éxito.

Me di cuenta que me iba constituyendo en su alter ego, en un complemento facilitador de la activación de las funciones que él no había logrado desarrollar por haber vivido en un hogar disfuncional.

Se empezaron a administrar mejor sus entusiasmos. Ahora, le resultaba, también, estimulante venir a intercambiar ideas y estados de ánimo conmigo. Era evidente que aprovechaba lo que conversábamos. Creo que ayudaba mucho el que me guste la gestión empresarial. Lográbamos una sinergia operativa mutuamente estimulante.

Por otra parte, de manera paralela, en simultáneo, iban mejorando sus relaciones personales, en particular con sus padres. La comunicación se enriqueció con una creciente tolerancia a las discrepancias del otro, aprendió a escuchar y a comprender que no siempre el otro lo tenía que entender en primera instancia.

El negocio va prosperando y es de esperar que esta vez el logro sea consistente y estable. Ha comprendido además que venir a terapia no es una ofensa a su ego, que nada más es una buena inversión en su persona, para nada ajeno a su expectativa de logros materiales y afectivos.

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