lunes

2015/10/20 Secretos que envenenan

Hay secretos que, signados por el amor, conllevan una consecuencia positiva, enriquecedora, que integra en la amistad o en el vínculo de intimidad con una pareja o con un grupo humano. Importa mucho que esos secretos estén signados por valores y no signifiquen o deriven en formas de sometimiento o explotación del otro. Son lazos que unen en libertad y en la posibilidad de compartir valores en los que importa, por encima de todo, el bienestar común.

Sin embargo, existen secretos que nacen en situaciones forzadas por el temor, por el dolor, por la vergüenza o la culpa; situaciones marcadas por la impotencia o el sometimiento a otro que nos impone algo que nos daña a nosotros o a nuestros seres queridos. Se trata de algo de lo que no podemos hablar o, si se habla, origina reacciones de rechazo o hasta de castigo. Muchas veces la sensación que se tiene es que si uno dice lo que sabe, puede originarse un desastre: que metan a mi padre en la cárcel, que mis padres se separen, que me abandonen, que no me quieran, etc.

Como puede inferirse de lo dicho, la mayoría de los secretos más nefastos, que más envenenan el alma –y la autoestima- provienen de vivencias traumáticas de la infancia, en las que no contamos con un entorno confiable como para poder expresar las cosas que sentimos.  Puede tratarse de una violación, de una agresión física, de un abandono, etc.

No siempre los hechos provienen de cosas que nos hicieron; podemos también haber cometido una falta y sentirnos muy culpables por ello.  El temor al castigo puede ser tremendo, lo mismo que el sentimiento terrible de haber podido sentir que tuvimos sensaciones placenteras indebidas. El tema, en estos casos, se genera igualmente por la falta de un entorno de confianza que permita expresarse con libertad y aprecio, que ayude a corregir la falta sin condenas humillantes.



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