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2014/06/27 Una “mordida” que nos invita a reflexionar


El fútbol es una de las formas que el ser humano ha encontrado para canalizar las emociones propias de la competencia y rivalidad. Obviamente, uno de sus grandes componentes es la agresividad. Diríamos que resulta indispensable que el equipo que pretende ganar sea lo suficientemente aguerrido. Un partido de fútbol se da dentro de un contexto pactado, donde es posible poner la agresividad positiva en la fuerza, rapidez, ingenio y habilidad requeridas para el buen desempeño deportivo.

Pero, como sabemos, se va volviendo una tradición –y no sólo en el fútbol uruguayo-  que esta agresividad rebase este contexto, dando lugar con frecuencia a la expresión de una agresión dañina, como en el caso de los “fouls”, las patadas mal intencionadas o las reacciones violentas hacia algún jugador del equipo contrario. Recordemos el famoso cabezazo del francés Zinedine Zidane, al ser provocado desde un tema personal.

A pesar de ello, el reciente caso del delantero uruguayo, Luis Suárez, quien mordió al defensa italiano en pleno partido, sale de lo corriente.  Es insólito y hasta bizarro el que un jugador muerda a otro en un partido de fútbol. Resulta todo un reto a la comprensión.  

Se puede entender como una expresión agresiva desesperada y primitiva ante el sentimiento de impotencia, ante la circunstancia de perder la clasificación de su país si no hace goles, más aún si siente personalmente el peso de la expectativa puesta en él, si ocupa un lugar idealizado que de pronto se ve jaqueado por la realidad.  Pero… ¡un mordisco!  Y, dado que no es la primera vez que lo hace, que ya ha ocurrido otras veces y que incluso se le ha sancionado por ello, se puede inferir la fuerza de la irracionalidad que conlleva este acto.

No podemos, entonces, dejar de pensar en la emergencia de un contenido personal, consecuencia de algún trauma infantil o algún punto de desequilibrio que lleva al colapso temporal de su sistema de control de impulsos. Amerita tomarlo en ese sentido, también, dado que se puede optar por una sanción a la inconducta sin contemplar el hecho de que se trata de una acción sintomática que requiere de un diagnóstico más cuidadoso de su motivación para este exabrupto.

Una manera humana de responder es ofrecerle ayuda especializada, un buen diagnóstico de lo que ocurre con él y que lo ayude a manejar mejor su futuro. No perdamos de vista que muchos de estos ídolos después se enredan en actos de autodestrucción. Recordemos lo que le pasó a Garrincha... y a muchos más. Cuidemos a nuestros guerreros, por lo menos no nos quedemos en la comidilla fatua que rellena el espectáculo.

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