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2015/02/20 Divorcio o separación

Resulta alarmante observar la frecuencia con que las parejas quiebran su matrimonio precozmente. Es como si la construcción de la relación no contara con la suficiente madurez y tolerancia, necesarios para remontar las insuficiencias y defectos que suelen aparecer a la hora de convivir. Muchas veces el problema es visto con la filosofía de una economía de descarte “no funciona, entonces, ¡chau!”, como ocurre con la mayoría de los utensilios de nuestra moderna sociedad de consumo.

Es obvio que, como garantía de un matrimonio bien avenido, se parta de una buena elección de pareja, que no haya forzamiento en el compromiso asumido, que se tenga una noción básica de compatibilidad de caracteres, al igual que una sólida autoestima, de manera que cada quien no dependa en exceso del afecto del otro para ser feliz.

Ambos necesitan de una suficiente tolerancia a la frustración y de la capacidad de postergarse a favor del otro, sin llegar a extremos de sometimiento. Es importante también, diría indispensable, no sentir necesidad de dominio o control sobre el otro.

Es frecuente que un punto de quiebre se dé en el momento en que alguno de los dos pretende “tener la última palabra”, perdiéndose toda posibilidad de diálogo y estrangulándose en discusiones sin otra finalidad que prevalecer, que demostrar a toda costa que se “tiene la razón” (que es justamente cuando la razón puede empezar a perderse).

Un problema que se convierte en el inicio del tobogán de la ruptura es cuando se empiezan a perder el respeto; más aún, cuando aparecen reproches o insultos, perdiendo la perspectiva de cuan hondo pueden herir al otro, con  actos o  palabras, especialmente cuando esto no va seguido por algún gesto de reparación o disculpa. Ni qué decir de la violencia, sea ésta física o verbal, del desenfreno de las acciones sin control, lo cual termina por destruir hasta el lazo más consistente.

Cuando el engaño, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, el uso oculto de drogas y demás, como el alcohol, se suman a la irresponsabilidad, no hay marcha atrás. La quiebra se da por descontada a corto, mediano o largo plazo.


A veces, la ruptura se asume después de desgastantes intentos de mantenerse a flote, particularmente cuando   hay niños de por medio o cuando tenemos rasgos que nos llevan al aferramiento a como dé lugar. Es en estas circunstancias en las que podemos apreciar separaciones sin divorcio: las parejas siguen juntas sin otra razón que el temor de separarse; el espanto ante el supuesto desamparo o la baja autoestima sirven de colchón a una continuidad estéril sin solución.

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