lunes

2011/02/24 El primer paso

¿Recuerdan el “just do it” de una marca conocida de deportes? Bueno, espero que no sean de los que piensan que hay que ponerse esas zapatillas o camisetas para llegar a la meta… El juego de la publicidad explota el sentido de que tenerlas es sinónimo de un estatus de ganador, émulo de algún ícono deportivo al que nos gustaría parecernos.

Ojalá el espíritu de esa marca comercial fuera incentivar realmente que la gente se encuentre con sus potenciales a partir de atreverse a ser, siendo… o haciendo.

En la vida profesional me he encontrado infinidad de veces con personas que sienten que no pueden realizarse, sentirse exitosos, porque consideran que “no tienen”, que les falta algo, esto o aquello: dinero, talento, fuerza, belleza, otro color de piel, el apellido… las benditas zapatillas…

El ideal social o familiar se ha tornado abrumador y confuso, casi siempre carente de valores humanos, a tal punto que las personas tienen dificultad para mirarse a sí mismas, en sus potenciales y deseos naturales, por lo que difícilmente pueden llegar a confiar en sus propios recursos. Apenas logran valorar lo que son y lo que tienen para salir adelante.

El problema es que llegamos a convencernos de que no podemos. El drama mayor recae en los engañados que se convencen de que podrán en tanto “tienen”. Muchísimos están en vitrina exhibiéndose ante la mirada de aquellos que los consideran “realizados”… hasta que se dan cuenta de su miseria y del gran vacío de sí mismos que se esconde tras la falacia de poder que se sostiene en la ostentación.

Bueno, me he desviado un poco, en una línea asociativa. La verdad es que me fue útil esta semana compartir con algunos pacientes una experiencia personal: estaba en la playa y, después de mucho tiempo, salí a caminar. Era temprano en la mañana y, absorto por el paisaje, no reparé que había caminado un larguísimo trecho. Cuando volví la mirada hacia el punto de origen, la distancia me pareció una inmensidad. Casi perdidas en el horizonte estaban las palmeras que me despidieron en la largada. Por un instante pensé “no la hago”, para luego decidir que igual tenía que regresar y que ya había recorrido el tramo hasta aquí… que mejor me olvidaba de la distancia y empezaba a caminar de regreso.

Sin más, emprendí el retorno, sin volver a mirar el trazo oscuro que había en el lugar de las palmeras. Esta vez me metí en el agua y caminé chapoteando, refrescándome. Total, nada me apuraba y era un día para relajarse. Como es de esperar, cuando menos me di cuenta ya estaba a tiro de piedra de las palmeras y ni siquiera me sentía cansado.

De vuelta a la consulta, en la semana me encontré con más de un paciente que se sentía desfallecer al no conseguir sus metas. La idea de no lograr lo que se habían propuesto opacaba el valor de lo que sí habían avanzado, mermando su aporte al optimismo.

Esa desesperación por que todo pase rápido, por que todo se resuelva ya, tiene el mismo efecto que una rueda atascada en el lodazal a la que seguimos acelerando, desesperados por salir. Serenarse, orientarse en función del sentido de a dónde vamos, nos debe llevar a confiar en que el camino para llegar empieza con el primer paso. Todo se torna abrumador si nos estamos fijando permanentemente en cuánto nos falta. Es más fácil imaginar el disfrute de cada paso, el encuentro con lo que, del camino, nos acompaña y alienta. La meta es, entonces, apenas el anuncio de que un capítulo terminó.

Todos los días tenemos que enfrentar retos, tareas que nos cuestionan la capacidad de llevarlas a cabo. En todos los casos es útil recordar que se trata simplemente de hacerlo. En todos los casos seremos nosotros los realizados… siempre y cuando nos permitamos el protagonismo, a nuestro ritmo, a nuestra manera… Siempre se llega, sólo hay que dar el primer paso.

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