lunes

2012/12/07 Amor… ¿a la billetera?


Hace poco respondí una pregunta que se me hizo en mi blog “Consultas en línea”. La respuesta la titulé, como siempre,  con una frase sugerente: “Amor… ¿a la billetera?”  Como quiera que la persona que hizo la consulta no comprendió el sentido de mi respuesta, me animo a desarrollar, en este espacio, aquello que intenté decir al respecto.

En las relaciones humanas de amor confluyen diferentes componentes que determinan nuestras pautas de elección de pareja y aquello que contribuye a que la relación se sostenga en el tiempo.

El componente de la naturaleza humana que más influye es el de la atracción sexual. Hay cantidad de elementos comprometidos en el cometido de hacer que una mujer y un hombre se vean involucrados en un encuentro sexual, compromiso ineludible con la conservación de la especie. Este atractivo es el ingrediente mayor del enamoramiento y determina que por un lapso de unos tres años (tiempo suficiente para la procreación y una primera infancia) los lazos de la dependencia sean intensos. Luego, declina.

Como el determinante reproductivo de la atracción tiene que ver también con el mejoramiento de la especie, la elección incluye garantías para el cumplimiento de  los requisitos de protección y suministro de alimentos tanto para la sobrevivencia de la cría como de la madre, por lo que el macho elegido y la hembra tendrán atractores biológicos relacionados con dicho fin.  Así, la dulzura, la sensibilidad afectiva, tanto como el ancho de las caderas o el tamaño de los pechos, resultan importantes en la elección de una mujer; mientras que, en los varones, importa la fortaleza física, la inteligencia (en especial para ganarse el pan) tanto como la actitud.

Con estos determinantes genéticos nacemos. Las predisposiciones básicas nos acompañarán a lo largo de nuestra existencia pero la capacidad para relacionarse en un nivel más  profundo y comprometido depende de la calidad afectiva que cada quien cultivó desde la más temprana infancia. De la calidad de la relación que logramos tener con nuestra madre depende la calidad de vínculo que podamos hacer en la adultez. Si la relación fue buena, tendremos un sentimiento básico de seguridad en nosotros mismos y en nuestras posibles parejas.  Esto brinda un contexto de confianza y respeto por el otro.

Cundo nos sentimos seguros en la relación con el sexo opuesto, no existirán necesidades de control o manipulación. El aprecio fluye natural y sin impostaciones, no se idealiza en extremo y la dependencia es equilibrada. No necesitamos “comprar” a la pareja con regalos o con demostraciones de poder económico. Si hay atenciones, serán las expresiones naturales de aprecio o gratitud, pero nada que rebaje la relación a un nivel de “compra” del afecto del otro.

 Las razones de la relación están ajenas al interés material. El aprecio nace de la valoración de lo que es la persona, no de lo que tiene (aunque se pueden apreciar ambas cosas, por cierto). Esta condición da lugar a las verdaderas relaciones de amor o a las relaciones de amor más integrado o maduro, espacio y lugar donde ambos se sienten unidos y libres a la vez.

Cuando ha habido fallas en la relación temprana con la madre, en los primeros tres años, las personas tienen diferentes grados de perturbación a la hora de desarrollar un vínculo amoroso. Tienden a una relación de posesión, de control, altamente sensible u oscilante. Las más de las veces tienen dificultad para depender o entablan dependencias extremas y asfixiantes. La demanda de idealización promueve constante frustración cuando el otro falla o muestra sus naturales y humanas limitaciones. Se adoptan posturas de dominio, control e intolerancia.

Muchas veces hay un excelente disfraz de idealización, pródigo de atenciones, que mantiene a raya a los fantasmas del abandono, que siempre -consciente o inconscientemente- muestran las garras. Todo luce muy lindo, pero es material altamente quebradizo y no tolera mucho las pruebas duras de la vida.

He visto montones de veces como esos angelitos amorosos se llenan de ira y odio al ver desmoronarse el castillo de naipes de una relación idealizada. Entiéndase que una relación idealizada casi nunca incluye la idea de una relación en donde existan verdaderamente dos personas. Por ello, cuando se rompe la idealización, más que marcar una pérdida gravosa, abre las posibilidades a una relación real, en donde las personas puedan ser ellas mismas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy interesante, a veces las personas se enamoran del "amor" y no de la persona en sí.