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2012/05/21 Lo mastico pero no lo paso II


Es posible que, cuando niños, hayamos vivido bajo la tutela de una madre sobreprotectora, ausente o francamente agresiva, de esas que no cesan de llamarnos la atención o que han decidido que nuestro futuro está en sus manos y que tenemos que ser un ejemplo de perfección. Por tanto, debemos comer a la hora y toda la comida, estar prolijamente arregladitos, limpios, no expresarnos con groserías ni mostrar cualquier forma de agresión que haga que mamá reaccione como si la hubiéramos ofendido. Siempre atentas a nuestro comportamiento, marcando las pautas de cada instante: “¿Saludaste al tío…?” o “¿Dijiste gracias…?”, …cuando no el machacante “Se pide por favor…”.

Si tales preocupaciones de mamá (de las que papá no nos rescata) trasuntan algo más (pueden ser una buena excusa para someter y literalmente castrar a su hijo), es posible que el niño se vea muy pronto en la necesidad de reprimir la agresión y, como consecuencia, empezará a expresarla de manera sintomática.

Una rebeldía pasiva lo coloca frente a la madre, quien mira impotente cómo su hijo mastica y mastica sin llegar a pasar la comida. Ella se desespera y se enoja, se preocupa, amenaza ¡y nada! El niño ha encontrado, entonces, un instrumento de poder, el poder del síntoma, el poder de sacar de quicio a la madre, el poder desquitarse mediante una libertad paradojal, esa que le entrampa una función (la de comer) y que lo condena a mantener a raya los trasfondos de la agresión reprimida.

Debemos agregar que dicha agresión es tremendamente culposa: es nada menos que agredir a nuestro ser más amado. Por tal motivo, siempre es posible encontrar en las limitaciones personales o en sus consecuencias una suerte de castigo auto infligido, al que se suman, de rutina, las reacciones y condenas del entorno, empezando por las de mamá.

Estas manifestaciones se pueden conservar en el inconsciente y alguna circunstancia de la vida adulta, un enamoramiento o una pérdida significativa, por ejemplo, pueden reactivarlas y, sin mayor razón fisiológica, nos encontramos con que no podemos tragar la comida o alguna manifestación por el estilo, como comer sin masticar, comer en exceso, no comer, etc., a lo que se pueden sumar alteraciones de la periferia cercana, como crisis asmáticas.

El trasfondo actualizado incluye no sólo los problemas relativos a sentimientos de agresión que no podemos expresar; junto con ellos están los correlatos de necesidad y dependencia que no nos podemos permitir o que movilizan en nosotros sentimientos de peligro, temor a la dependencia y, por supuesto, a ser dominados o sometidos por el otro, peor aún si lo que pudiera suceder es que nos abandonen.

Son muchos fantasmas los que nos pueden inundar y desencadenar un estado de tensión tal que nuestra vida pierde la calma. Es cuando la ansiedad y miedos varios nos empiezan a jaquear a cada instante, sea con ideas de un futuro nefasto, al que no podremos controlar, o con miedos hipocondríacos ligados a la misma sensación de impotencia; impotencia para resolver efectivamente la molestia, empujándonos a un peregrinaje por los consultorios de los médicos en busca de una explicación física cuyo origen psíquico, por supuesto, no es tan difícil de detectar.

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