lunes

2011/03/25 Analfabetismo sensible (afectivo)

Nuestra comunión con la naturaleza, de la cual formamos parte, se observa socavada Pagamos un alto y creciente precio por nuestra ingratitud. Pronto será imposible exponerse al sol sin protección. Es posible que antes de que nos demos cuenta tengamos sequías y hambrunas y nos manejamos como si no pasara nada.

Solemos pensar que alguien no lo está haciendo bien; que esto es producto de “algunos depredadores”, entre los que no nos solemos reconocer… y seguimos usando combustibles tóxicos….consumiendo productos que sabemos que nos perjudican o que representan un daño a la naturaleza.

No es un tema nuevo, tampoco lo es el de la insensibilidad respecto a nuestros semejantes más débiles o menos favorecidos. La norma parece ser que la fuerza o el poder nos da derecho a ignorar o, incluso, a sentirnos ofendidos con quienes “no están a nuestra altura”.

Hace poco, tuve oportunidad de ver cómo un futbolista pateaba a un búho, porque esta pobre ave había invadido la cancha de juego y estaba interrumpiendo el partido. Se trata de un gesto espontáneo que nos habla de que, quizás, ha calado en nuestras “superiores” mentes la idea de que tenemos al frente a seres que no sienten, que sólo importamos nosotros. Hagamos el ejercicio de mirarnos en el espejo de ese futbolista, porque tal vez nos representa.

A veces podríamos ser nosotros, aunque lo miremos desde la pantalla de un televisor, quienes podríamos actuar de una manera similar. Hay un correlato entre este hecho fortuito y el incremento de la violencia familiar, la violencia en general.

Esto nos habla de un profundo malestar que no cede. No estamos viviendo en armonía; los lazos afectivos se han resquebrajado a favor de una suerte de ley del más fuerte; o sea, hemos regresionado a formas primitivas, con la salvedad de que hemos desarrollado, en el ínterin, capacidades de discernimiento que se han distorsionado, que nos llevan al engaño de sentir ese falso poder y a justificar hasta los actos más aberrantes.

Luego del terremoto y posterior tsunami del Japón, paseaba por la orilla del mar, observando las huellas de lo que nos tocó: un maretazo, como lo solemos llamar. Me llamó la atención un pelícano que tenía rota el ala. Ésta le caía a un costado de manera notoria. Sentí pena por él mientras lo vi desplazarse, arrastrando el ala, hacia un grupo familiar en el que habían dos parejas y dos niñas.

Pensé que tendría hambre y que buscaría la compasión humana. Lamentablemente, lo que se originó fue un loquerío espantado, lleno de gritos histéricos. El grupo sintió que los atacaban y llamaron a un vigilante para que los proteja. Y, otra vez, la escena: gestos, patadas y azuzamiento agresivo para que se alejara el supuesto ofensor. No hubo concesiones a su condición herida.

Me preguntaba si, luego de esta escena, los padres se tomaron el tiempo de explicar lo ocurrido, sensibilizando a sus hijos sobre el sufrimiento del animal.

Confieso que, al final, sentí alguna culpa por no acercarme y decir algo…Me sentí un intruso. Pensé, también, en las leyes de la naturaleza y en el pronto final del pelícano en esa playa…

Sigo pensando en la insensibilidad humana… en la trampa de la fatuidad y en el analfabetismo sensible en el que hemos caído.


Foto de Robin Rickel Vroegop (USFWS)
¡Dios salve a la naturaleza!     

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