lunes

2014 10 28 El poder curativo del amor

  
Muchas veces me he preguntado por qué en la sociedad actual nos estamos alejando de la magia curativa del amor… de aquello que, en el inicio de la vida, nos lleva a encontrar gestos como aquel “sana sana” acariciador, cuando algo nos duele y, de pronto, sentir que maravillosamente el dolor cede o desaparece. Cuando niños, nos parece lo más natural y la magia hace sus efectos.

Luego, la vida nos va enseñando que es el doctor el que, a veces sin tanta magia, es el encargado de arreglar los desperfectos del cuerpo…  Y, poco a poco, vamos dejando de integrar el lugar que le cabe al alma, a la persona que sufre el “desperfecto”. Nos convertimos en una suerte de “máquinas a reparar”, nos deshumanizamos y, valgan verdades, lamentablemente muchas  veces  los doctores se comportan como “técnicos” fríos y distantes, olvidándose de la persona sufriente y, más aún, de la magia sanadora del trato amable, del verdadero interés por el otro, de la necesidad de incluir una mirada a los afectos que conlleva el síntoma y que incluso lo originan.

Hace años, cuando terminé concluyó, con acierto medicina, estando ya definida  mi orientación hacia la psiquiatría y el psicoanálisis, me propuse hacer una investigación sobre los factores psicológicos del asma bronquial. Me instalé en la unidad de emergencia del Hospital en que trabajaba y recibía a los pacientes que llegaban con crisis asmáticas. Con trato amable, les transmitía el mensaje de su próxima mejoría, ya que les íbamos a aplicar “algo curativo”.  Procedíamos a inyectarles lentamente dextrosa mientras sosteníamos el vínculo, tranquilizándolos. No fueron muchos, pero todos los casos que traté superaron la crisis sin necesidad de inyectarles aminofilina, que era lo que generalmente se hacía. Por supuesto que, si no cedía el cuadro, la aminofilina estaba a la mano.  Éramos muy cuidadosos en esto.  Me vi obligado a abandonar la investigación porque tenía urgencia de graduarme, pero me quedó esa experiencia: la sugestión, sostenida por el acercamiento amable, apaciguador  y contenedor, daba el “toque curativo” desde el lado puramente psicológico y emocional de la intervención.

He tenido muchos ejemplos de cura “milagrosa” a partir de experiencias de amor de pareja, maternal, amical, etc., por parte de los acompañantes de pacientes en situación crítica que mejoraron desde situaciones de total desahucio.

Por el contrario, resulta claro que la experiencia de falta de afecto en el entorno personal no solo predispone sino que llega a ser causante de muerte. René Spitz, psicoanalista austro-estadounidense, lo pudo comprobar en bebés hospitalizados allá por los años 40. Él observó que, pese a que los infantes recibían los cuidados de alimentación y aseo necesarios, muchos de ellos no desarrollaban o, incluso, se morían. Concluyó, con acierto, que lo que les faltaba era afecto. El bebé necesita el aliento de vida que proviene de la percepción del afecto materno o de la persona que ocupe este papel (ojo: no de su sola presencia o atención, sino de su amor).
El ser humano nace provisto de recursos afectivos para procurarse la sobrevivencia propia y la de la especie. Pero esta trama neurofisiológica solo se activa a través de la interacción afectiva del bebé con una figura materna, movilizando los mecanismos propios de la fortaleza vital.  Esto está relacionado directamente con el sistema inmunológico y el equilibrio de las funciones vitales.

La percepción del amor ajeno hacia uno tiene efectos benéficos, pero también lo es el que uno mantenga sentimientos de amor hacia el prójimo. El hecho de ser sujeto de amor es fuente de bienestar; de hecho, predispone a la persona a recibir reflejos afectivos positivos. A partir de ello, será posible el bienestar aún cuando la ausencia de alguien a quien amar sea sostenida por la ilusión del eventual encuentro, en cuyo caso, la persona que así funciona, no se llena de frustración o malestar por la transitoria soledad. Se mantiene una buena disposición. Este talante es una particular garantía de salud, tanto física como mental.

En tanto así, cuando enfermamos, siempre es preferible ser atendidos por nuestro médico de confianza.  Antes existía el “médico de cabecera” “el médico de la familia”. Busquemos siempre a aquél que no solo trata los síntomas sino que es capaz de tratarnos como personas, que está atento a nuestro sentir o al momento particular por el que estamos pasando en la vida

También, es importante dejarnos apoyar por los seres queridos de nuestro entorno.  Una dolencia que se comparte duele menos y, eventualmente, el compartir es el primer paso para mejorar, para caminar hacia la salud.

No nos excedamos en la práctica de la autosuficiencia, menos cuando nos enfrentamos a nuestra humana fragilidad, tanto en el terreno afectivo como físico. No es una humillación necesitar ayuda. La humildad de nuestro pedido será la medida pertinente para movilizar el natural gesto de ayuda de los demás.

En este sentido, surgen problemas cuando sentimos que los demás están obligados a hacerlo y, peor aún, cuando no sabemos pedir la ayuda adecuadamente.

En el terreno de la psicoterapia, se ha comprobado ya, desde hace mucho, que el factor terapéutico por excelencia es la calidad de la relación afectiva entre el terapeuta y su paciente.  D esto les puedo dar testimonio.  Además de que el paciente mejora, también el terapeuta siente el beneficio del bienestar logrado. El encuentro afectivo es benéfico para ambos. Claro está que el marco de esta relación está centrado por la ética y el profesionalismo; pero, el objetivo de fluir en la relación activa las posibilidades de expresión y regulación adecuadas de las emociones.  Insisto: esto no solo ocurre en beneficio del paciente sino, también, del terapeuta.  Podríamos decir que son diferentes componentes los  que entran a tallar en la actitud amorosa que está presente en el acto de la curación.


SUGERENCIAS
  • Es preferible consultar con un médico bien predispuesto, de aquellos que no sólo ven el "síntoma" sino a la persona en sí.
  • Si padeces alguna enfermedad, deja que te acompañen personas que te proporcionan afecto. Déjate cuidar.
  • Vive acompañado y rodeado de afecto.  No es bueno vivir solo.
  • Cultiva la amistad.
  • Trata de realizar actividades que eleven tu autoestima, tu amor por ti mismo.

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