lunes

2010/03/23 "Donde mores y labores, no enamores"

(Artículo que me fue solicitado para un boletín empresarial)

La sexualidad ha sido desde mucho un tema que ha generado los más encendidos problemas en la oficina. La fuerza de la naturaleza se expresa a plenitud con sus mandatos de procreación y la atracción en algún momento empieza a irradiar su magnetismo en el entorno cotidiano. Difícil, casi imposible, sustraerse a sus influencias. Tiene un potencial desestabilizador nada desdeñable.

Compartir ambientes de manera prolongada nos enfrenta constantemente al reto de tener que renunciar a las posibles tentaciones en favor de la tarea (y de la estabilidad).

La presencia de factores de excitación, siendo emociones esencialmente gratas, puede, sin embargo, traer una serie de consecuencias poco favorables para el desempeño en la empresa.

En principio, quien está tomado por las circunstancias (excitado, atraído) suele no poder sustraerse del objeto encantador, tenderá a distraerse o a pasar tiempo pensando en la fuente de atracción inventando frases o imaginando circunstancias en las que realiza sus fantasías. En muchos casos es una dura prueba mantener la distancia necesaria.

Este es un tema abordable desde diferentes variables, de hecho, existe también la posibilidad de que la atracción sea inicio de una relación de compromiso equilibrado y profundo. Pero, quiero referirme a una de aquellas otras posibilidades: el escenario, una oficina cualquiera, el jefe se siente atraído por una de sus empleadas y se propone seducirla “a todo costo”, promete cielo y tierra hasta que logra su objetivo. A la inversa, puede ocurrir que sea una mujer la que se proponga “hacerse del jefe” y despliega sus encantos hasta encandilarlo. A partir de entonces, el riesgo de problematizarse trasciende el sano juicio de los protagonistas.

A veces ocurre, que, como una manera de gozar del poder adquirido, la persona en mención empieza a indisponer al jefe con el resto del personal o a exhibir sus privilegios de tal manera que muy pronto genera en el entorno sentimientos de malestar o injusticia. En otras, el jefe envanecido por su conquista refriega su preferencia en desmedro del respeto por sus subalternos.

Los demás trabajadores empiezan a perder respeto a la autoridad, los valores centrados en el trabajo empiezan a relajarse y cada quien se siente con derecho a trasgredir o a funcionar de manera ilícita. No ocurre con todos, felizmente, pero, en las personas proclives, la filosofía de “si ellos lo hacen ¿por qué no yo?…” cunde con lamentable facilidad.

Mi abuelita solía repetir “donde mores y labores, no enamores”, sabiduría de los tiempos que hay que saber entender… y respetar, empezando por el jefe.

He visto a más de un “arrogante conquistador” tomar conciencia tardía de su condición de confuso conquistado, no pudiendo creer en las consecuencias, en los engaños de los que ha sido objeto y, lo más terrible, de los daños que originó en su empresa el dejarse atrapar en estos peligrosos devaneos.

A veces se pierde de vista que, que en el caso del asedio a la inversa, el jefe jaqueado por una mujer “de armas tomar”, el no ponerle límites sacrifica lo que tal vez hubiera podido ser una oportunidad a favor del desarrollo de otros talentos, (por los cuales, se supone, fue contratada) más apropiados para la tarea de la empresa y…también para su propia autoestima. El envanecimiento engreído por ser “la elegida del jefe” es una moneda sin valor, un cheque sin fondos que a la larga conlleva pagos más bien dolorosos.

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