lunes

2010/03/25 El Placer de la Rabia

Suelen llegarme por correo electrónico una cantidad de pensamientos e imágenes, a menudo con invitaciones a generar “cadenas”. A veces con incentivos altruistas, otras con severas amenazas: “Si no reenvía este correo en tres días le ocurrirá algo muy malo… Fulanito se murió por no reenviarlo… Menganito perdió a su perrita faldera…”.   En otras ocasiones, el premio es increíblemente tentador… “Juanito ganó la lotería a los 7 días de enviar este mensaje…”  Graciosamente, en otros casos el enganche manipulador nos pone en jaque: "Si no reenvías este mensaje es que no quieres a tu amigo…”

Casi siempre borro estos mensajes, por más bellos que puedan ser, porque siento que me conminan a hacer algo que no deseo.  Tampoco los reenvío para evitar que algunos pillos se apoderen del directorio de mis amigos. Me recuerda cuando algunos vendedores nos preguntan.. “¿y a quién nos sugeriría para ofrecerle el producto?…”, y nos sentimos acosados por esa incomprensible sensación de que les debemos algo y, para sacarnos de encima al "vendedor – acosador", le terminamos dando algún nombre.

Confieso, con un poco de rubor, que alguna vez he dado el nombre de alguien, aunque no precisamente de algún amigo.

El asunto es que hace poco me llegó por courrier una carta, escrita por gente cercana,  que me movió una intensa rabia. Esta carta, que transmitía una pretensión de asepsia, contrastaba con su contenido de fondo, que me dejaba la sensación de un nauseabundo mal olor. La forma contrastaba con la mezquindad del mensaje de fondo. La rabia que sentí podría compararse con lo que tal vez sienta un anciano cuando le llega una carta de sus hijos en la que le dicen que “en función de su bienestar va a ser trasladado a un hospicio”, peor aún si el anciano goza de buena salud. No viene al caso dar detalles del contenido de la carta sino que quisiera contarles de la emoción que me generó, la de una intensa rabia.

La rabia, como suele ocurrir, empezó a crecer en intensidad, poblando mi mente de escenarios y fantasías, la más suave de las cuales se expresaba como una gran diarrea que, reenviada a vuelta de correo, encendería en los remitentes de la carta llamaradas de color medio-ocre, propias de una condición humana que no califica para el naranja y menos aún para el rojo.

Peor aún, como quiera que no era el único afectado, iniciamos por nuestra parte una cadena de comunicaciones en las que íbamos alimentando la rabia con promesas de lograr la purificación de los remitentes... pero sin salir de la hoguera de nuestra condena, ahogados en aquellos olores irrespirables que empezaba yo a notar ya en mi propia piel (de manera creciente y peligrosamente excitante).

Ungido por tal designio, con tremendos apremios de descarga vindicativa, menos mal que empecé a sentir el padecer propio de un estreñimiento emocional... así es que traté de ubicarme en un espacio más neutral.

Busqué unos amigos de buena onda, compañeros en este complicado camino del andar profesional del psiquiatra o psicoanalista, para quienes es natural el saber que en este trabajo es frecuente el riesgo de perder, cada tanto, la propia regulación. Y… ¡uf, que alivio! (la "catarsis" también tiene un sentido evacuativo – intestinal). Me escucharon con mucha atención, con esa disposición que no siempre es fácil encontrar. Se miraron a sí mismos en mi situación, compartimos experiencias comunes en estos ingratos capítulos, ineludibles en la vida de cualquiera pero movilizadores de rabia impulsiva, una rabia estéril que no soluciona nada. Concluimos que los fuegos destinados a la purificación de los demás, en realidad, son los de nuestra propia inmolación.

Debo confesar que hubo algo de sorpresa al no encontrar su sintonía placentera con mi ira. Algo en mí esperaba un pacto en cadena que justificara mis anhelos de descarga rabiosa, ese placer que los psicoanalistas relacionamos con el trámite anal. También, debo confesar que no me fue difícil dejarme rescatar. No hubo necesidad de declararnos “los buenos en contra de los malos” o algo por el estilo, cosa en la que me estaba entrampando. Simplemente, me di cuenta de que se trataba de la condición humana y de que tenía la posibilidad de elegir entre mantenerme atado a esta cadena de colores medio-ocres y olores nauseabundos o romper con ella. 
 
El resto fue sencillo. Fue cosa de optar, entre "la omnipotencia y el placer de la descarga rabiosa, espectacular y exhibicionista" o "la declinación a favor de una propuesta de paz y equilibrio…" Total, todos tenemos procesos intestinales y un asunto nada cómodo es quedar atrapado en la diarrea o, peor aún, en el estreñimiento resentido. Elegí, entonces, salir de la cadena, excluirme de ésta.
 
Sentí que mi color fue virando desde ese ocre biliar hasta alcanzar un matiz  naranja, más tolerable y vital. Me sentí mejor. La realidad volvió a sedimentar en mi espacio interior y decliné sin ninguna duda el placer privilegiado del ángel vengador. El buen humor fue ingresando hasta el punto de poder reirme de la situación.

(Días después, una migraña, absolutamente inusual en mi sintomatología cotidiana, me recordaría que no siempre el proceso termina allí; pero... ahí vamos, en el camino de salida de esta atrapadora cadena de afectos negativos). La reacción omnipotente no es la mejor solución, menos aún, desde la perspectiva de la respuesta rabiosa.

Más que nunca, agradezco a la vida por encontrar estos oasis sostenedores de la amistad, del buen sentir, estos abrevaderos que nos rescatan de la locura, de las tentaciones del placer violento de la ira. Hay que estar dispuesto, claro, a dar ese primer paso, humilde siempre, de reconocer que es oportuno "caerse por el oasis". Hay momentos en que estamos especialmente vulnerables y resulta saludable reconocer la necesidad de ser sostenidos.

Los ataques del entorno pesan más cuando se ha tenido una relación sostenida por el buen sentir, por la buena fe, por la confianza en el otro. Es, entonces, cuando probablemente la rabia que nos generan sea más intensa.  De alguna manera, se parecen a estas invasiones de los mensajes prepotentes que ingresan en mi computadora conminándome a hacer una cadena.  Es básico cortar la secuencia, es cuestión de no entrar en la cadena. En todo caso, ya que ha estado flotando la metáfora, se trata más bien de jalarla para que se vayan los malos contenidos: la rabia, el mal humor, la omnipotencia, la amenaza, la condena...

A veces cuesta tanto mantener el buen humor… tanto, quizás, como declinar la humana omnipotencia.

Aprovecho éste, mi propio oasis, para compartir la experiencia. Ojo: no haga cadenas... de nada. Los lazos se mantienen solos, no atan ni exigen. Si le gustó visitarme, aquí estoy compartiendo y, también, recibiendo experiencias de vida que necesitan espacio para expresarse.

2 comentarios:

Antonio Maestre dijo...

GRACIAS PEDRO POR TUS PALABRAS CREO QUE TODOS TENEMOS ESPACIO PARA LA COLERA Y TAMBIEN PARA PENSAR LO CONTRARIO, SIN EMBARGO CONSIDERO QUE EL INMOLARSE COMO LO HICIERON MUCHOS GRIEGOS CON EL FIN ELEVADO TIEN UNO LUGAR EN ELMUNDO. LO UNICO ES QUEHAY QUE ESPERAR EL MOMENTO PARA QUE UNO DECIDA EL CAMINO MEJOR
UN ABRAZO TU AMIGO

Albert dijo...

Muy invidiable su manera de expresar con palabras (redactar) lo que piensa y sabe, muy bueno el blog. Saludos.