lunes

2010/01/21 Hasta el Perno

Hace poco, buscaba unos “tirafones”, una suerte de pernos que, en este caso, eran de medidas excepcionales. Me paseé por las más grandes tiendas del ramo, sin encontrar la medida que buscaba. Justificaban su falta de stock en que era una medida muy grande. Yo persistía en la búsqueda desde la convicción de que era ésa la medida que el carpintero nos había dado, la necesaria para sostener unos pasos de madera de una escalera un poco inusual.

En una de las tiendas consultadas me recomendaron que preguntara en “La Casa del Perno”. “Allí está la salvación”, me acotó graciosamente una señora joven desde el mostrador. Me dieron la dirección, estaba cerca, y en pocos minutos estaba en una pequeña tienda, revestida toda de muestrarios de pernos de los más variados tamaños y formas. Rápidamente identifiqué al objeto de mi búsqueda, mientras una señora de rasgos japoneses atendía muy amablemente a otro cliente que hacía una compra menor. Sin embargo, vi que le explicaba detalles y cosas con una paciencia que por momentos minaba la mía, ansioso como estaba de culminar mi compra, luego de haber visitado varias tiendas.

Cuando me tocó el turno e hice mi solicitud, , me miró sorprendida. En realidad, tenía los ojos cerrados al momento de preguntarme “¿Para qué los quiere?”. No quedó muy convencida de mi respuesta sobre los pasos de una escalera que necesitaban de un anclaje especial. Buscó entre una inmensa cantidad de casilleros que conformaban el cuerpo de su almacén y los encontró sin dificultad. Mientras iba contando las huachas correspondientes, me volvió a hacer la pregunta sobre el uso que le iba a dar los tirafones, al punto de hacerme dudar. Fue entonces que decidí consultarle al carpintero. Para eso es una maravilla el celular… Y sí, pequeña diferencia: ¡el pedido era de tirafones de 5/16 y yo estaba comprando de 5/8!

Agradecí a la señora por no ceñirse tan sólo a vender. Me dijo “Es que somos especialistas…” “Si no, después vienen a devolverlos o a cambiar los pernos”.

Hice la compra y me fui, encantado de haber recibido un buen servicio. Quedé con la mejor impresión y con el convencimiento de que alguna vez iba a volver. Me impactó esta combinación de humildad, de servicio y de un orgullo soterrado de saberse y ser una especialista.

Extensivamente, pensé en la cantidad de veces que uno se ve a merced de gente que no sólo quiere vender lo que les solicitamos, sino que tantas veces nos quiere dar gato por liebre o colocarnos productos que no son apropiados a nuestras necesidades.

Qué placer especial el encontrarse con alguien que irradia satisfacción y entrega en lo que hace, con esa manera sencilla de ser “especialista”, de estar “metido” en lo suyo y, además, brindándoselo a los demás con generosidad, sin medir el tiempo en función del valor material, sin tener la venta como único objetivo… En este caso, fue el servicio lo que se priorizó y la satisfacción la resultante…

Relatar esta anécdota tiene la intención de mostrar, además, que es posible sustraerse de la vorágine de la sociedad de consumo, que es posible conservar la vocación de servicio y, en el terreno que nos toque, convertirnos en especialistas, madres, padres, lo que sea que nos toque, disfrutándolo desde la excelencia del quehacer natural.

La fórmula es muy simple, hay que tener amor por lo que se hace, disfrutar del encuentro con el semejante en el espacio que nos ha sido dado para servirlo, orientarlo o ayudarlo a resolver sus problemas. Ser parte de un colectivo en el que seamos importantes sin mayor requisito que el de nuestra condición de semejantes. Si no contamos con esta condición estamos “hasta el perno”.

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