lunes

2009/04/24 Pedofilia

Hace poco, alguien me preguntaba sobre qué aconsejar a los padres, sobre qué le deberían decir éstos a sus hijos para alertarlos de los riesgos de caer en manos de pedófilos.  La persona en mención adelantaba respuesta:… “tal vez podría decirles que nadie debe tocar sus cuerpos, que nadie toque sus partecitas”.

Desde este enfoque, convinimos en la validez de estas advertencias pero nos extendimos hacia una serie de variables que derivan de este cuidado. Por ejemplo, qué precauciones deben ser tomadas por los niños en relación a los extraños. No deben abrirles la puerta de casa si están solos; tampoco deben aceptar obsequios o golosinas de alguien que no conocen, ni en casa ni, menos aún, en la calle; no aceptar invitaciones a pasear, así el extraño les diga que cumple con indicaciones de papá o mamá para llevarlos a algún lugar...; más aún, aconsejarles a los niños que, en casos así, apelen a la intermediación de alguien conocido: “le preguntas a la profesora, a tu hermano mayor... por último, a un policía, si es que alguien insiste en llevarte con él”.

En esta época, con el uso masivo de internet, tendríamos que recomendarles de manera especial a nuestros hijos pequeños que no den sus datos en los chats (nombre completo, teléfono, dirección, colegio, etc.). La alerta va en función de los extraños y el posible abuso sexual, pero no olvidemos que el objetivo puede ser, también, un rapto.

Sin embargo, nos quedamos cortos si no extendemos las recomendaciones a situaciones similares que provengan de personas conocidas: el profesor del colegio, el entrenador físico, el cura de la escuela o el de la parroquia, etc. Personas mayores, conocidos, que pueden eventualmente abusar de los niños.

Un tema álgido, que surge con relación a cuidar a nuestros hijos de posibles abusos, proviene de la realidad constatada hasta el hartazgo de que la mayoría de los abusos o violaciones las perpetran personas allegadas al hogar; muchísimas y lamentables veces los victimarios resultan ser familiares: el padrastro, el padre, el hermano mayor, primos, tíos, abuelos, amigos, etc.

Estas circunstancias se ven favorecidas por la convivencia en hacinamiento (mucha gente junta en la casa), la disfuncionalidad familiar y el consumo de alcohol o drogas (lo que algunas veces se emparenta con explotación de los niños en pornografía infantil).

Es casi imposible estar totalmente a resguardo de que estas contingencias nos ocurran, por lo que, tanto o más importante que cuidar la integridad física de nuestros niños, es cultivar en ellos la confianza en nuestra respuesta, que sepan que siempre cuentan con nosotros para apoyarlos si algo les pasa. No hay nada peor que un niño abusado que no puede contar lo ocurrido a sus padres y encontrar el amparo que atenúe las consecuencias de su mala experiencia.

Hemos podido observar que muchísimas veces los padres - y en particular la madre - no acogen la queja del niño y hasta llegan a reprenderlo o castigarlo. Incluso, lo pueden acusar de haber provocado lo que ocurrió, profundizando de esta manera la herida infligida por el abuso.

Esta negación a aceptar los hechos, por parte de los padres, lleva a que el victimario repita el abuso con total impunidad y, en ocasiones, a que repita su nefasta acción con otros niños de la familia. El temor a la sanción a la que está expuesto el agresor (y a las represalias de éste), sumado muchas veces a las amenazas de toda índole -agresión física, abandono, extorsiones, chantajes etc.- hacen que incluso la víctima se una a la tarea de ocultar al victimario.

Hay que tener en cuenta que el abuso no se da sólo de manera violenta, propia del forzamiento. Algunos niños tienen, por distintos motivos, una mayor excitabilidad erótica y, al existir una cercanía afectiva cariñosa con una persona de su entorno, pueden confundir al eventual abusador, quien "olvida" que se trata de la sexualidad de un niño cuya mente aún no está preparada para soportar la intensidad de una relación sexual. Estos casos son riesgosos por la complicidad que el abusador encuentra por parte del niño, quien lo protege de la sanción cargándose de culpas y confusiones, que ineludiblemente perturbarán su futura vida psíquica.


Recomendaciones
  • El mayor seguro para la integridad de un niño es la confianza en sus padres y el sentimiento sólido de su disponibilidad ante el peligro.
  • Un desarrollo maduro y reflexivo permitirá que los niños tengan suficiente capacidad para discriminar las circunstancias que salen del marco de lo normal y sugieren peligro.
  • Aún así, hasta que alcancen dicho discernimiento, hay que cuidarlos, observar su conducta, así como la de las personas de su entorno.
  • En la medida de lo posible, no hay que dejarlos solos.
  • Menos aún, dejarlos al cuidado de personas que no conocemos lo suficiente.
  • Hay que estar atentos a los contactos que puedan entablar nuestros hijos a través del internet con personas desconocidas. La web es un lugar muy utilizado por los pedófilos para ubicar a sus posibles víctimas.
  • Toda persona que ha cometido actos de abuso o seducción con un niño es alguien que lo va a repetir (mientras no se demuestre lo contrario). Cuidado con el tío “mañoso” o cualquier pariente de quien exista algún antecedente.
  • Lo mejor, siempre, es poner en evidencia al infractor. Nada peor existe que taparlo por vergüenza o pudor. No se trata de apedrearlo, pero sí de alertar al entorno familiar y social que existe alguien que no sabe sostener esos límites.
  • El niño abusado requiere un trato comprensivo en el que la posibilidad de expresar lo que siente es central, pero no se trata de forzarlo. Se trata de estar allí, dispuestos a escuchar lo que él nos diga y acompañarlo con serenidad.
  • Muchas veces el ruido del escándalo es más pernicioso que el abuso mismo.
  • Contribuyamos, también, en la medida en que podamos, a erradicar la pornografía infantil, que estimula este comportamiento desviado, haciéndolo parecer normal o menos grave de lo que es.

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