lunes

2008/11/17 Unas lágrimas por Obama

Cuando estudiaba “Historia Universal”, en la época del colegio, nos tocó, por supuesto, revisar el capítulo correspondiente al Imperio Romano, algo que, además, se cruzaba con temas de la enseñanza religiosa, en la que aparecían los emperadores y sus soldados como muy poderosos y crueles: mataban niños, sometían pueblos y hacían que los gladiadores se pelearan a muerte para divertimento propio y, de alguna forma, para descargar el morbo sádico de las masas. Por entonces, no entendía cómo unos “bárbaros” lograron traer abajo todo ese imperio tan poderoso e invencible…

En el segmento de historia que me ha tocado vivir, he podido ver cómo se terminaba de constituir un imperio, que quizás tuvo sus bases ya en la época de la explotación de esclavos, la que aún está fresca en la memoria de sus descendientes. Estos, ahora eufemísticamente llamados “afro americanos”, hasta hace muy poco han sentido y sufrido distintas formas de segregación, expresión de lo particularmente difícil que resultó su integración como ciudadanos “americanos”.

Los EEUU de Norteamérica terminaron de consolidar su hegemonía mundial con la caída del muro de Berlín, ubicándose en la cúspide del poder económico y militar. La imagen que hasta entonces mostraban era la de una suerte de guardianes de la paz, paradigmas de la democracia, el desarrollo y la prosperidad.

Sus grandes empresas fueron colocando productos industrializados en todo el mundo, logrando un crecimiento exponencialmente desmesurado, mientras que en el resto de países, salvo algunas excepciones, el desarrollo quedaba muy limitado, ubicándose más bien como proveedores de materias primas y mano de obra baratas.

Esto motivó una creciente migración de ciudadanos de todo el mundo al país del norte, en la búsqueda de hacerse un lugar en medio de tamaña bonanza. Fue así que el nuevo imperio absorbió no solamente las riquezas de su ventajosa posición productiva industrial y manufacturera sino que, también, se enriqueció con la migración de los mejores talentos de cada país.

En una amplia gradiente, se fueron constituyendo minorías étnicas diversas, entre las cuales pronto el imperio encontró a una suerte de modernos gladiadores, obligados a satisfacer a los modernos y no tan graciosos emperadores “cara pálidas” que, cada vez más, desdibujaban su imagen de paladines de la paz a favor de oscuras ambiciones materiales y de poder.

Hemos visto que, con cada vez menos recaudo por el pudor, se han ido organizando guerras y defendiendo intereses inimaginables, sostenidos tan sólo por la soberbia y el sentimiento de una omnipotencia sin límites, que ha ignorado tercamente las múltiples señales que la realidad le ha ido mostrando en los últimos 50 años. Han llegado incluso a desdeñar la protesta de la naturaleza misma, a la que siguen menospreciando.

El colapso actual de la economía pudiera devolverlos a la realidad. Esta es una esperanza. Qué pena que lo entendieran tan tarde y no vieran en la pobreza, en el desgarro de otros países, en la segregación, en las muertes producto de las guerras, que ellos mismos iniciaron, un síntoma de que algo no andaba bien.

Tomando la posta, de lo que algunos han catalogado como el peor gobierno de la historia de ese país, emerge radiante, con un aura de héroe salvador, este personaje carismático, representante de estas minorías, de estos “bárbaros” negros de los que alguna vez se dijo que no tenían alma.

Obama ha sido elegido con un apoyo sin precedentes, producto tal vez de la mayor conciencia de nuestra vulnerabilidad humana, ya no sólo como país, sino como habitantes de un mundo en riesgo, de una existencia que necesita de un orden diferente en el manejo del poder.

Nadie quiere que se destruya el país, pero sí el imperio, que se rompa la omnipotencia a favor de la igualdad y la integración; que la globalización no sea una engañosa expresión que oculte ambiciones de apoderamiento total.

Este es el gran reto de este nuevo presidente, de este presidente que, más que nunca, representa mucho más que a un país, representa una esperanza para el mundo; la esperanza de un cambio que ponga por delante nuevamente el bienestar de la persona, que se produzca una nueva ruptura de la esclavitud, que sea declarada la ley del desarrollo de los pueblos a fin de lograr sinergias y equilibrios que nos pongan a distancia de las profundas diferencias en las que hemos estado viviendo.

En la televisión, pude ver a la multitud de personas que festejaban la elección de Obama. Por supuesto, había una gran euforia. Imagino el sentimiento de reivindicación de la gente negra, de los hombres y mujeres que lloraban de emoción, con un llanto de siglos, llanto del alma. Había ocurrido algo que sus abuelos jamás hubieran imaginado posible… tal vez a ellos mismos les costaba creer lo que estaba ocurriendo.

En algún momento, las cámaras enfocaron a un personaje especialmente representativo, era el Reverendo Jesse Jackson, quien, confundido con la multitud, con los ojos llenos de lágrimas, celebraba el histórico acontecimiento.

Unas lágrimas para Obama, unas lágrimas por Obama, que él guarde la serenidad y la integridad necesarias para la difícil tarea que le toca. Ojalá que su obra sea motivo de renovado orgullo para su pueblo y que el llanto celebratorio pueda suplir aquel otro llanto, el del dolor de los marginados, el de los gladiadores modernos que se inmolan en las guerras inútiles y de aquellos otros que las sufren en los pueblos ocupados, el de los hambrientos sin esperanzas que contemplan el despilfarro ufano de los poderosos. Unas lágrimas para Obama… réquiem por el imperio.

1 comentario:

Antonino Paraggi dijo...

sus posts son muy pero muy interesantes y útiles espero q siga publicandolos!

felices fiestas Doc!