lunes

2008/11/7 La naturaleza de la culpa

La culpa es un sentimiento indispensable para la convivencia. No quiero decir que para convivir uno tenga que estar sintiendo culpa todo el tiempo; me estoy refiriendo a la posibilidad sana de sentirla, a la capacidad de sentir culpa cuando es oportuno.
¿Por qué es importante sentir culpa? La culpa forma parte del desarrollo de la responsabilidad por nuestros actos. En tanto humanos, somos susceptibles de errar. Si este error ha originado un perjuicio a otra persona, la culpa implica la posibilidad de reconocimiento, tanto del otro como de la falta cometida con él. De este reconocimiento nace la posibilidad de reparar el daño causado y, eventualmente, rescatar la relación, si ésta fue perturbada.
La reparación de la culpa, para que sea auténtica, nos dice la religión que debe ser "con dolor de corazón y propósito de enmienda...". Si no es así, se trata simplemente de un gesto inauténtico. No basta decir "disculpa", hay que tener intención verdadera de no volver a cometer el error o la ofensa; si no es así, se llega a degradar el sentido de una disculpa.
Quien no sabe usar sanamente su sentimiento de culpa puede condenarse a las más increíbles torturas. En principio, no basta con reconocer la culpa, es importante explicitarla. A veces nuestro sentimiento no es el mismo que el del supuestamente afectado. No todos le dan la misma importancia a las cosas. Por eso, mejor es hablar, ya que, en última instancia, por lo menos podrán apreciar nuestra preocupación.
Quien se haga demasiadas culpas, necesita examinar el porqué. Suele ocurrir que lo hayan educado mal, con reproches, con demasiadas exigencias, con mucha represión, por lo que se siente siempre en falta.
Quien no se haga ninguna culpa por nada, también necesita examinar si no estará fallando en su relación con los demás, no puede ser que sólo los demás tengan la culpa de todo.
Hay quienes viven culpando a los demás de lo que les ocurre, son incapaces de asumir su participación en lo ocurrido, suelen contar historias recortadas, sustrayendo lo que les compromete. En la adolescencia es lo más frecuente pero, lamentablemente, encontramos también esta conducta en adultos, ya como una pauta de personalidad, por cierto inmadura, y, más aún, casi siempre con problemas que no van a poder resolver de esta manera.
Otros dan vueltas alrededor de transgredir lo que consciente o inconscientemente consideran una falta o pecado, generando automáticamente sentimientos de culpa por lo que tienen que pagar. Ellos se autocastigan, entran en remordimiento y se hacen daño, como por ejemplo cortarse o provocar que el supuesto afectado los maltrate o castigue. En el extremo de esta línea está el comportamiento masoquista, que junta crimen y castigo, o sea que sus placeres de cualquier manera tienen que conllevar una forma de hacerse daño.
Hay quienes, sin cometer en la realidad ninguna falta, de manera absolutamente inconsciente y fantasiosa, se sienten en falta, llenos de culpa, derivando en rituales de expiación que puede llegar a perturbar severamente sus vidas. Casi siempre hay mucha agresión oculta, reprimida, oscilaciones entre sumisión y rebeldía, entre las cuales encuentra un lugar determinante el sentimiento de culpa. “Si me someto a la autoridad, me da rabia, pero la rabia me causa culpa, entonces tengo que castigarme humillándome”. “Si me rebelo, es que he osado descargar mi rabia, me he portado mal, por tanto merezco un castigo, tengo que expiar...”.

7 de noviembre de 2008

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