lunes

2010/09/13 La vocación profesional

Hace poco, en una conversación con un amigo periodista, éste me hizo el siguiente comentario: "Cuando terminé el colegio, todos mis amigos se metieron a estudiar abogacía, porque uno de ellos, digamos, el líder del grupo, decidió que eso era lo que quería estudiar... y todos lo siguieron y estudiaron lo mismo... salvo yo, que estudié periodismo. Y... la verdad, no me arrepiento, amo mi profesión, disfruto de cada cosa que hago. Tal vez no tenga riquezas, pero estoy satisfecho. No sabes cómo es cuando se me presenta algún reto. No dejo de estar en el tema hasta que encuentro las soluciones, no hay esfuerzo ni sacrificio que no esté dispuesto a poner en juego, el día empieza a tener 25 horas y no paro hasta ver realizado mi proyecto. A veces, ya no es por el dinero que pueda ganar, es como un reto ineludible que me atrapa y, felizmente, moviliza toda mi creatividad. Sin modestias… creo que soy bueno en lo que hago, he tenido y sigo teniendo muchas satisfacciones… Si tuviera que decidirlo nuevamente, no dudaría en seguir el mismo camino...”

Con el entusiasmo con el que suele referirse a las cosas que hace, en realidad me contó muchísimas cosas más, que no viene al caso comentar. Lo que quiero destacar es que éste es el discurso natural de un profesional por vocación. Se nota de inmediato que es alguien que ama lo que hace, que sabe lo que quiere, que sustenta claramente su identidad desde su labor, que integra lo mejor de sí en el ejercicio de su profesión.

Demás está decir que, quien es profesional por vocación, funciona más allá de la simple obligación. Es alguien que busca la excelencia por el placer personal en la realización, antes que por el solo cumplimiento de un mandato. El profesional por vocación compromete el alma en lo que se propone y siempre está dispuesto a innovar en su campo a la luz de la experiencia y las circunstancias cambiantes de los tiempos.

No encontraremos en él a alguien que se resigne fácilmente a la rutina o al funcionamiento estereotipado. No suele ser una persona quejosa ni “aquejada” (que se lamenta de lo que se le hizo o de lo que “le pasó”). Más bien, es alguien que toma la adversidad como un reto y, a la larga, la supera positivamente desde el lugar asumido (muy profesionalmente).

El punto de partida de las vocaciones son las inclinaciones, simpatías y emociones respecto a alguna actividad o quehacer. Estas inclinaciones, sin embargo, no constituyen de por sí una vocación, tienen que organizarse y configurarse como un deseo. En algunos casos, tienen el carácter de "un llamado interior" con fuerte carácter conviccional, pero, aún así, tienen que fraguarse en el ejercicio mismo, que los pone a prueba.

De lo dicho, podemos fácilmente deducir que, en cuanto al espíritu con que se la ejerce, en nada se diferencia la profesión que se adquiere en las aulas de una universidad, de aquellas otras que aprendemos en la vida a partir de nuestra sola vocación. Lo importante es la forma en que perseveramos en el sentido de nuestra inclinación voluntaria.

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