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2009/12/11 Los bordes de la agresión

Se suele escuchar decir a la gente que tal persona tiene “carácter fuerte” porque se expresa de una forma agresiva. En realidad, lo que uno observa es una forma de vivir a la defensiva, se trata de personas que suelen provocar miedo, inhibición o reacciones agresivas en aquellos con quienes se relacionan.

El asunto es que, en un gran número de personas, el estilo agresivo de comunicación tiene que ver con miedos o debilidades de fondo que no dejan de movilizar mecanismos de protección que privilegian el funcionamiento desde la premisa de que “la mejor defensa es el ataque”.

Quien se siente bien consigo mismo, quien está verdaderamente fuerte en su interior, tiene un predominante sentimiento de confianza en sí mismo y en los demás. Puede establecer relaciones equilibradas, sin necesidades de dominio o de control exagerado sobre el otro. No tiene necesidad de andar por allí descalificando o condenando a los demás. Más bien, suele ser comprensivo y sostenedor ante el error ajeno. Es de esperar que, si una situación lo amerita, pueda expresar enojo o irritación, pero sin extensiones gravosas hacia el desarrollo de resentimientos o rencores, sentimientos en los cuales se enredan aquellos del “carácter fuerte”.

En resumen, un reto en la vida es lograr el equilibrio entre el amor y la agresión. Es necesario que estas emociones se integren a predominio del amor. En el amor se requiere de una dosis de agresión (lo mismo que una cuota de dolor o de fracaso). Si predomina el amor, la tendencia natural será resolver el motivo de enojo, alimentando con ello la confianza en la relación con los demás y el sentimiento de satisfacción interior de las personas. Un viejo dicho señala: “La vida es como un espejo, si le sonríes, te sonreirá…”. Por supuesto, es válida la premisa inversa… “si pones cara de enojo la vida te mirará con mala cara”.

Existen personalidades que, por haber sufrido maltratos psicológicos en la infancia, desarrollan un predominio de la agresión sobre el amor. Sus relaciones están teñidas de agresión. No pueden dejar de atacar lo bueno de sus personas queridas y, más aún, lo bueno de sí mismas. Es más, es como si se estuviera en simultáneo en una condición de ilusión a la vez que con la expectativa de que vuelva a pasar la desgracia temida. Se confunden con facilidad y lo que hoy era objeto maravilloso de satisfacción mañana puede convertirse en lo más desastroso de sus vidas, movilizando sus más duras condenas hacia el otro por haber osado reiterar un viejo problema: haberlos hecho ilusionar para después frustrarlos. Ciertamente, dado que están sensiblemente predispuestos, el motivo de la frustración casi nunca guarda proporción con la reacción que les provoca.
Hay en ellos una paradoja: no pueden dejar de comportarse anteponiendo la agresión, a veces muy violenta o provocadora, siendo que, en el fondo, ruegan porque se les quiera, porque no se les vaya a dejar de querer.

Se han quedado pegados a una situación de dolor temprano muy hondo. Alguien los abandonó de niños o bebés o les hizo sentir mensajes confusos de amor-odio, por lo cual las relaciones cercanas renuevan el riesgo del dolor y movilizan mucha confusión.

Hay personas que pueden llegar al extremo de tratar de eliminar todo lo bueno de sí mismos o de los demás. Nadie logra entender por qué atacan o se alejan de relaciones que prometen una vida de llena de realizaciones y, más bien, optan por vínculos perturbados y agresivos, inciertos y frustrantes, con los que se sienten más seguros porque pueden usar la agresión y defenderse, lo que, en el caso de juntarse con alguien “bueno”, se convertiría en una larga espera hasta que se produzca la pérdida o la frustración. Lo que suele ocurrir es que si el motivo que temen no aparece, ellos lo provocan o, simplemente, se convierten en ofensores, haciéndole al otro lo que ellos temen que se les haga.

Esto llega a extremos en personas con un yo muy frágil o poco estructurado, como ocurre en los cuadros llamados “borderline”, personas que tienen posibilidad de una vida equilibrada, salvo en lo que atañe a sus relaciones afectivas o de dependencia. En ellos se ha invertido la organización afectiva a favor (¿?) de la agresión; es el odio el que predomina sobre el amor. Es conmovedor observar cómo anhelan un amor que requiere de un máximo de tolerancia. Despliegan sus recursos agresivos mientras, en el fondo, bien oculta y agazapada, se encuentra la ternura que no les es fácil mostrar, eso que siempre tienen “para dar a montones”, pero “no aparece el candidato adecuado…” para recibirla. Un ejemplo de esta forma de relacionarse nos lo presta el personaje de “Atracción Fatal”, película de hace algunos años que impacta con carácter de “thriller” por el dramatismo con que surge el desborde agresivo. Un inicio amoroso banal termina en tragedia. La rabia es el colofón que, a la larga, se traga la vida misma de la protagonista.

No hay que olvidar que siempre, detrás de la rabia, hay un pedido. Lamentablemente, en algunas personas, la necesidad de poner a prueba al objeto de amor es agotadora.

Un bebé llora con rabia para que la mamá acuda. Pero, si no acude, el incremento de la rabia puede llegar a perturbar la recepción cuando la madre aparece. Entonces, hay un período, a veces largo, de distanciamiento hasta recuperar la confianza.
Otras veces, cobra fuerza una opción sádica que es muy difícil modificar, más aún si de la contraparte surgen respuestas complementarias en la forma de un masoquismo “equilibrante”. Dos personas pueden juntarse y amalgamar sus existencias sobre la base de vivir peleando y siempre al borde de romper, o todo el tiempo rompiendo, pero para, una y otra vez, volver a repetir la historia de su infelicidad “resignada” (en realidad nunca resignada, porque retoman una y otra vez la senda del reclamo del llanto demandante, otra vez se refriegan las culpas –propias o del otro- que nunca terminan de perdonarse).

Cuando adultos es difícil corregir. Por tanto, tengamos tolerancia con los bebés, con sus rabias, veamos qué les pasa o qué nos pasa a los que estamos con ellos. Puede ocurrir que reaccionemos a su rabia con una rabia desmedida o actuada (agrediéndolos o abandonándolos, que es lo mismo).

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