lunes

2009/09/11 Angustia para principiantes

Un viejo chiste (en referencia a la sexualidad masculina) dice: angustia es cuando fallas por primera vez la segunda….pánico es cuando fallas por segunda vez la primera. Quien lea esto podrá sonreír con más facilidad si alguna vez se ha visto en circunstancias.

Lo cierto es que, en lo que menos piensa uno cuando está en una crisis de angustia es en reírse… ( a menos que la risa sea un síntoma de una crisis a la que uno reacciona de esta manera; pero, de seguro, no es porque algo le hizo gracia).

Esto lo dice un iniciado…

Escribo para principiantes, para aquellos que de pronto acaban de tener una crisis, quizás por primera vez, y corren a Internet para informarse acerca “de qué se trata…”

Hablamos de angustia cuando nos es imposible sustraernos de una vivencia en la que el cuerpo ha escapado a nuestro control. En simultáneo o sucesivamente sentimos que nos falta el aire, que el corazón entra en un galope desenfrenado, que un sudor creciente nos inunda en medio de escalofríos. Un dolor en el pecho es frecuente y la idea de un infarto nos enfrenta violentamente al sentimiento de que vamos a morir. Una sensación de desesperación creciente gatilla pronto una alternativa de entendimiento de lo que nos pasa: ¡nos estamos volviendo locos!

El esfuerzo por retomar la calma funciona como la gasolina en un incendio: se profundiza la angustia, entramos en pánico y, cada vez más, se incrementa la convicción de que no podremos salir de esta terrible situación. Un profundo hoyo se nos abre en el piso, nos tiemblan las piernas, estamos en caída libre. De pronto, tenemos ganas de correr hacia cualquier parte, pero, felizmente, no tarda en surgir la idea de ir “volando” a un servicio de emergencias médicas a donde nos suele llevar algún familiar asustado.

Allí se nos atiende y, después de los exámenes de rigor, lo que suele ocurrir es que se nos diga que no hay tal infarto, “No tienes nada…” “Has tenido un ataque de pánico… todo está en tu cabeza, es un problema de estrés”…. etc.

La gran mayoría prefiere insistir en darle una interpretación física, pedir segundas y terceras opiniones. Los medicamentos para la angustia, que nos dieron en el servicio de emergencias, hacen lo suyo y la calman. Por un tiempo -no muy largo- los siguen tomando “por si acaso”, pero no visitan al psiquiatra. Nada más ingrato que les vayan a decir que “están locos”. Prefieren no hablar en términos de angustia, produce vergüenza social (“¡qué van a pensar!”); además, es un signo de debilidad… Entonces, se considera mejor la tesis de estar mal físicamente, convenciéndose de ello, aunque no emprendan ningún tratamiento.

Unos pocos aceptan, desde el inicio, la naturaleza real de lo acontecido. Van a la consulta con el psiquiatra o, eventualmente, escogen al psicoterapeuta (porque “no están locos”). La evaluación profesional pone el énfasis en los factores actuales que puedan tener relación con la crisis: la muerte de alguien cercano, el exceso de trabajo, los exámenes, alguna frustración amorosa, la inminencia de un viaje importante, etc.

A veces no se encuentra una causa visible; la angustia surgió de pronto, súbita. Suele ser útil, entonces, una mirada a la historia pasada: problemas en la familia, una infancia inestable, maltratos, abandonos tempranos, separación de los padres…

Junto a otros datos, esto nos permitirá, acaso, descubrir que ya en algún momento hubo pequeñas y hasta grandes crisis que no recordamos: dificultades para empezar a ir al nido, problemas de socialización, timidez, baja autoestima, etc. Todos estos datos nos muestran un sendero que, a veces, es de doble vía, un camino lógico hasta la crisis actual.

Una mirada a los antecedentes familiares siempre resulta útil. Los antecedentes psiquiátricos de distinto orden, incluyendo los trastornos de ansiedad en la familia, pueden hacernos pensar en una predisposición a desarrollar estos trastornos (de angustia o pánico).

A partir de todos estos datos se presentará una propuesta terapéutica: una psicoterapia, una psicoterapia combinada con fármacos, solamente fármacos… El abordaje tendrá que ser coherente con las necesidades y posibilidades de la persona aquejada.

Está comprobado que la combinación de “fármacos + psicoterapia” es más sólida en cuanto logros. Pero, no siempre la gente mira bien las pastillas… Justamente las personas con proclividad a desarrollar angustia suelen temer la dependencia a los medicamentos. Entonces, pueden elegir hacer sólo psicoterapia. En este sentido, lo más importante es que logren una muy buena relación con el psicoterapeuta, quien debe contar con una sólida formación profesional, una práctica confiable y experiencia de vida.

Más allá de las formas de terapia elegidas, importa conocer cómo se comportan las crisis de angustia. Perderle el miedo a la angustia significa recorrer la mitad del camino. La otra mitad es aprender a manejar tanto la angustia misma como sus causas. El gran reto es manejar la angustia en vez de que ella nos maneje a nosotros.

Puede no parecer relacionado, pero el control de la angustia implica, en el fondo, aprender a manejar nuestras emociones y vivencias en general. Esto incluye el cuidado de nuestro cuerpo, de nuestras ocupaciones, de nuestros vínculos; la observación de nuestras garantías de seguridad en la vida: alimentación, ejercicio, respiración, espiritualidad etc. Todo ello requiere un manejo equilibrado. El cerebro, la mente de cada quien, necesitan un funcionamiento regulado, en donde el exceso es tan nefasto como la insuficiencia, ambos atentan contra el ejercicio de la función de vivir.

A veces, lo que nos anuncia la angustia es justamente que no estamos viviendo. No estamos dando oportunidad a nuestros potenciales físicos o mentales (no estamos disfrutando, riendo, haciendo cosas que necesitamos o queremos). La angustia surge, entonces, a la manera de una alarma (para eso existe, en realidad).

Por consiguiente, en la medida que nos manejemos de una manera equilibrada, la angustia no aparecerá bajo la forma de una crisis. Entonces, comer, beber, amar, proponerse logros alcanzables, desarrollar nuestros potenciales y disfrutarlos, aceptar nuestra realidad, que incluye nuestras peculiaridades y limitaciones, aquello que algunos llaman “quererse bien”, aceptar la ayuda cuando es necesaria, ser generosos y agradecidos, en fin, todo eso que hace al vivir saludable, es una garantía frente a las crisis de angustia.

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