lunes

2009/06/11 El "fresco"

En el Perú, al “fresco” se le conoce, también, como “conchudo”. Palabras que equivalen al que, con cierto cinismo, abusa de la confianza del otro.

Esta nota parte de una anécdota de hace unos días. Me llamó Arturo para decirme que acababa de estar en Francia y se había encontrado con un mutuo amigo que, con entusiasmo, quiso expresarme sus buenos recuerdos y gratitudes con una escogida botella de buen vino… la que Arturo alegremente se comprometió a entregarme junto con los saludos de nuestro común amigo.

“Comprenderás –me dijo Arturo- que no iba a estar transportando una botella durante mi viaje…, así es que… ¡me la traje puesta…!”, me comunicó con el mayor desparpajo. Lo dijo tan suelto de huesos que acepté como natural la promesa de reponerla con algún vino equivalente…Resultaba hasta graciosa su frescura…

Bueno, esa misma frescura al rato me hizo dudar de la promesa de reposición… Pero, ya veríamos…

Al día siguiente, desperté pensando que nuestro personaje se había llevado de encuentro la expresión de afecto puesta en esa botella, la que escogió el remitente, y que cualquier sustituto no tendría otro valor que el vino en sí…

Con algo de enojo, me fui dando cuenta de que mi “amigo-mensajero” se había tomado la licencia para un dispendio placentero -“tomo lo que me place… y me libro de lo que no me place, no iba a cargar esa botella…” - sin importar el compromiso y la intención de quien me enviaba la botella, acaso algo especial que había encontrado en lejanas tierras y que deseaba que yo probara…

Un mecanismo oportunista de la mente -la racionalización- usado con ladina intención, siempre encuentra oportunidades para conseguir una buena justificación. Así, en este caso, el placer se consumó (se consumió) y no me fue transmitido desde el portador… Sólo recibí la noticia de lo acontecido. Confieso que, en algún rincón de mi interior, envidié tanta frescura…Pienso que yo me hubiera tomado, no la botella, sino el trabajo de traerla, si ese era el encargo y el compromiso asumidos.

Desde una lectura psicoanalítica, podría pensarse en algo así como el acaparamiento de los regalos en una competencia de hermanos en el que uno quiere quedarse con todo. Implica, por cierto, un ataque al placer otorgado al otro; en este caso a mí, que sólo podría contentarme con la entrega “a piacere…”, es decir, al gusto del hermano usurpador.

Sexto de 6 hermanos como soy, siempre me las arreglé para tolerar la postergación que significaban las jerarquías “lícitas” de los hermanos mayores. Pero siempre reaccioné ante el abuso y es una sensación de abuso lo que me ha surgido, en diferido, en esta historia de la botella. Siendo así, esta nota tiene carácter de protesta, en contra de los frescos y conchudos que nos rodean y abusan de la confianza otorgada.

Son tantos y tan cotidianos, que el incidente debería quedar en la anécdota y el humor, como es la usanza “criolla” de mi país (donde al “fresco”, al “conchudo”, también se le llama “criollo”). Pero, creo que nos corresponde una parte de responsabilidad si lo dejamos así… Creo que es tiempo de sacudirnos de malentendidos respecto a lo que es ser “criollo”.

No alimentemos los abusos de nuestros conchudos, ni cercanos, ni ajenos, ni familiares ni extraños. No vaya a ser que decidan luego graduarse como políticos y no tengan incorporado el respeto al prójimo. En pequeños detalles se libran grandes batallas. ¡Abajo los conchudos!

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