lunes

2008/06/23 Autoritarismo paterno

En una reunión con colegas en supervisión, poco después de la Semana Santa, comentaban sobre la cantidad de personas que habían traído a la consulta el tema de los hijos adolescentes y el pedido de permiso para irse a dormir a la playa. Resulta que TODOS los amigos iban a ir y, por supuesto, ellos no querían quedarse atrás.

Una de las pacientes había tenido problemas porque ella estaba de acuerdo pero su marido no. Al discutir sobre el tema, éste se puso furioso, gritó a su hija y a la madre y les dijo que “de ninguna manera iba a permitir que su hija anduviera por ahí, haciendo sabe Dios qué cosa”; tiró un portazo y se fue de la casa. Esa noche regresó muy tarde a casa, con tragos (y estragos), raspó el carro en la entrada del garaje y se quedó dormido allí mismo.

La madre y la hija estaban aterradas. Habían estado preocupadas y culposas pensando en que le podría pasar algo a papá. Su ausencia había poblado el ambiente de fantasías y temores sobre dónde podría estar, si no se le habría subido la presión y... si no habría vuelto a tomar… como otras veces. El temor de un accidente corría con las horas así es que cuando papá llegó, lo que menos subsistía era el deseo de pasar el fin de semana en la playa.

Muy solícitas, lo llevaron hasta su cama, lo acomodaron, escucharon en silencio algunos improperios, mientras recogían los vidrios del vaso que se había caído de la mesa de noche y rogaron porque se durmiera pronto, como felizmente ocurrió. Nuestro personaje había logrado su objetivo. Se impuso la “autoridad” sostenida por el miedo. El riesgo de una sublevación por parte de “sus mujeres” había sido debelado. Al día siguiente las gratificaría sacándolas a almorzar algo rico. Su hija no iba a terminar como una cualquiera.

Este padre necesita tratamiento urgente. Ojalá lo aceptara así. Su necesidad de omnipotencia y control son muy grandes. En el fondo, debe estar muy asustado. Si necesita tanto que dependan de él, es porque debe darle terror el abandono.

Es probable que en su infancia lo trataran así. Hay mucha agresión y resentimiento guardados, de los que necesita desprenderse y quedar libre para no actuar como una persona omnipotente sino como un mortal capaz de reconocer a los demás como diferentes a sí mismo.


Reflexiones

Encontramos varios temas rescatables a partir de este relato. Vamos a tomar el de la autoridad prepotente del padre, que pretende el establecimiento de una visión de la moral que no está dispuesto a sostener desde el ejemplo. La manera de imponerse es la fuerza, el sometimiento, la amenaza, la manipulación. El desborde de violencia es abrumador desde una supuesta buena intención: el interés de proteger a su hija de las inciertas amenazas de la vida.

Este tipo de control lleva indefectiblemente a una necesidad de reprimir por parte de la hija, más bien, diría, de someterse al padre... Reprime sus ganas de salir, de decidir sobre sus deseos, declina su libertad de ensayar sobre el difícil ejercicio de construir ella misma sus límites. Reprime, también, su rabia, que es lo que menos aparece a la vista. Esta es sustituida por el temor y la descarga sobre sí misma bajo la forma de humillación.

En este tipo de crianza la tesis es que el resto debe depender de la figura todopoderosa del padre. El riesgo es cargar con la culpa por el daño que le puedan originar al padre o recibir el castigo por la agresión que le infligen; castigo que se puede dar bajo la forma de perder su “protección-cariño”. Flota constantemente en el ambiente el sentimiento de que si no están con él están contra él.

También, está presente la sospecha de que si él no tiene el control absoluto, el otro (la hija, en este caso) va a realizar todo “lo que no debe hacer”. La madre aparece como muy débil frente al padre y cede ante la violencia pese a que “opina diferente”, lo cual, en los hechos, supone un aval en el sistema del terror impuesto. En suma, está educando a su hija para el sometimiento. Lo único que promete alguna salida es que la madre concurre a terapia.

Toda moral basada en la represión tendrá como consecuencia un empobrecimiento del desarrollo del Yo. Lo reprimido, como sabemos en psicoanálisis, surgirá de todas maneras, irrumpiendo bajo la forma de impulsos irrefrenables o de síntomas. El papá nos muestra cómo la agresión reprimida hacia sus propios padres surge confusa en su actuación impulsiva: está tratando de sostener la autoridad y, al final, termina actuando como un adolescente, saliendo impulsivo a beber “hasta la hora que le dé la gana”, enfrentándose así a la autoridad proyectada en su familia.

Estos modelos autoritarios arriesgan realmente el que, en ausencia de la figura de autoridad, los “chicos” actúen lo reprimido, haciéndolo con rabia, por lo que muchas veces se maltratan al hacerlo, como castigándose en un régimen de “crimen y castigo”. En otros casos, llevan a la generación de síntomas de tipo obsesivo, a la inseguridad personal, a constantes dudas sobre si se actuó bien o mal; a problemas con la autoridad en cualquiera de sus manifestaciones (aunque sea en un examen).

En el terreno de la sexualidad, se puede llegar a la frigidez, a la dificultad de entregarse a un hombre (ellas “son” del padre), a disfrutar del sexo y hasta de la vida. Se puede llegar hasta un sentimiento de vacío personal, con posibilidades de suicidio. Por otra parte, se puede apuntar hacia matrimonios con personas que se enfrenten al padre, que no sean para nada elegibles, como una venganza absurda, ya que, a la larga, se terminan sometiendo a estos modelos, “copia fiel del padre”, de los cuales se enamoran “perdidamente” (es decir, se terminan de perder a sí mismas).

Un problema mayor deriva de sistemas autoritarios solapados. Aparentemente hay mucho cariño pero el fondo de la relación es igualmente de dominio y posesión, no de reconocimiento de la necesidad de libertad del hijo. Se trata de someter al hijo a la autoridad bajo amenazas como “si me dejas me muero”.


Sugerencias

  • Ni de niños ni de adolescentes imponga a sus hijos una educación basada en el temor y la desconfianza.
  • Si bien es importante ayudar a los hijos a encontrar límites, los mejores límites son los que ellos logran desde su experiencia personal.
  • Nunca humille a su hijo ni a su mujer.
  • Respete las tendencias naturales de su hijo.
  • Si pretende educar, que sea desde el ejemplo. Si tiene errores, empiece ya a corregirlos, por usted y por sus hijos.
  • Si tiene problemas, no se los atribuya a los demás.
  • De nada sirve el sabor deletéreo producido por el poder derivado de la manipulación
  • A la larga, paga uno las cuentas: la agresión sólo origina agresión.

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