lunes

2008/06/25 La mirada

“Mírame a los ojos cuando me hables…”, reclamaba una madre airada a su hijo adolescente luego de comprobar que le faltaba dinero en la cartera. Mirando al costado y hacia abajo, el muchacho no dejaba de negar la autoría del delito. Era la enésima vez que esto ocurría y su madre se sentía impotente y rabiosa. Realmente llegaba a lamentar el haberlo traído al mundo. Él, por su lado, se había instalado en un cinismo mentiroso, a distancia de las tribulaciones de su desesperada madre. Tenía ya una placentera rutina al amparo de su inseparable “yerbita”. Ya se le pasaría a la vieja...

La relación con su hijo había sido una “trastada de la vida”. Aún adolescente, en un furibundo romance con un melenudo relajado, resultó encinta, sin llegar a abortar, como hubiera deseado, por presiones de su madre.

No estaba preparada para un hijo y se fastidiaba con suma facilidad a la hora de atenderlo, por lo que, más bien pronto, abandonó la tarea con la “buena” excusa de tener que trabajar.

Por cierto, miró muy poco a su hijo, nunca estuvo allí donde los ojos de éste la buscaban… Un día, el pequeño dejó de buscar. Había pasado el momento… y nunca más pudo “ver”, nunca más abrió sus infantiles ojos, ávidos de una respuesta que nunca llegó.

La mirada es el vehículo del alma, la puerta misma de la intimidad. Creo que no tenemos suficiente conciencia de la importancia que tiene para la vida futura de un bebé el que haya conectado su mirada con la de la madre. Pocos saben que existe una predisposición genética que determina ese encuentro, indispensable para el desarrollo de las vías neurales que tienen que ver con la comunicación a través de los afectos.

El tema de la inteligencia emocional, que tanto espacio ocupa en nuestras publicaciones recientes, no parece haber logrado la toma de conciencia de cuánto depende el futuro del niño de este encuentro trascendental de miradas, la del bebé y su madre, de esa comunicación primitiva y fundante, de ese lenguaje implícito que comunica desde lo más recóndito del ser y que, después, en la vida, sigue funcionando… o mostrando “desperfectos” traducidos como fallas en la relación empática con los demás.

Con la mirada sostenida ingresan, también, las expresiones de alegría, de tristeza, de dolor o de miedo, promoviendo en el otro, en este caso en la madre, respuestas que se traducen en contención o calma, resolviendo las necesidades emocionales y físicas de su bebé.

Es indispensable que la madre esté allí, disponible. El sentimiento de disponibilidad genera, a su vez, una consecuencia trascendental que acompañará al bebé durante toda su vida. Es lo que algunos autores llamaron “la confianza básica”. Esa sensación de que las cosas pueden ir bien o que uno va a poder resolverlas, a diferencia de quienes tienen que vivir preocupados, anticipando fantasmas terroríficos de fracaso, en una patología que es cada vez más frecuente y, que los psiquiatras conocemos cono “trastorno de ansiedad”.

Más allá de la mirada, diferentes autores han realizado investigaciones tratando de comprender la naturaleza de la conexión que se da entre la madre y su bebé a niveles fisiológicos complementarios. Uno de ellos, el Dr. Nils Bergman, nos ilustra con sus observaciones en el documental “Restaurando el paradigma original”. Algunos estudios, entre otras cosas, verifican que la madre humana puede reconocer a su bebé por el olfato, en medio de otros bebés.

Nota aparte, está el registro de los cambios en la temperatura corporal que se producen en ella en función de los cambios térmicos en el cuerpo de su bebé. Así, si baja la temperatura en el bebé, el de ella aumentará uno o dos grados para compensar, cosa que es poco menos que impensable actualmente desde el uso de incubadoras.

Por estos motivos, el Dr. Bergman introdujo una técnica que podríamos denominar “la mamá canguro”, consistente en llevar a su bebe pegado al torso, lo que no sólo resuelve las necesidades de sostenimiento térmico, sino que incluye la disposición de las mutuas miradas para aquel encuentro que trasciende la emergencia relacionada con la prematuridad.

Me parece que en el Perú este tema es particularmente importante, habida cuenta que nuestra población rural de la sierra tiene como hábito de crianza el llevar a los bebés en la espalda, lo cual, si bien actúa como calmante y sostenedor, no da oportunidad al encuentro de miradas y al estímulo que de ello deriva. Algunos observadores, que han propuesto un cambio en las mencionadas conductas a favor de poner al bebé enfrente de la madre, recogen referencias de estas madres en términos de que “estos hijos son más vivos…”

Escribir esta nota me ha llenado de una serie de sentimientos. En primer lugar, el espanto por la poca atención que le estamos dando al vínculo "madre-bebé" en esta sociedad de consumo. La excesiva confianza que otorgamos a la prescripción médica altamente tecnificada, que no siempre toma en cuenta los recursos y necesidades que son propios de la naturaleza animal y humana. Me invade una gran impotencia y horror al sentir que estamos cosificando a nuestros hijos y generando “sobrevivientes”, que apenas son sostenidos por ese resto de vínculo que felizmente aún comprometemos en nuestra relación con ellos.

Mi país es una tierra de terremotos y posibles tsunamis, asolado cada tanto por fenómenos climáticos derivados de la corriente “del niño”(!). Siento ahora que lo que estoy abordando tiene el peso de 100 terremotos tsunamis y fenómenos del niño juntos. Tenemos que dejar que el niño, nuestros niños, nuestros bebés, nos enseñen cuál es la senda del futuro posible si rescatamos la naturaleza humana que está en real peligro de extinción. Y no es por el calentamiento global. Es mas bien por el enfriamiento humano. Es porque no leemos ese mensaje que infatigablemente nos envía la naturaleza al correo de la paternidad.

1 comentario:

solange dijo...

hermoso lo que leo...absolutamente sintonizado con mi deseo de vida, mucho por hacer...gracias por escribir lo que esta mañana quiero "mirar"...un abrazo. (como de jueves a las 10:55 am).