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2010/09/27 Talento y vocación

Es notorio y hasta penoso ver cómo muchas personas que tienen talentos no los cultivan llevándolos a un nivel de profesión. Les falta la vocación propia del que ha crecido en el saludable amor propio, del que verdaderamente ha madurado en el proceso de hacer suyo el talento que Dios o la naturaleza le dio.

Se contentan, como a veces pasa con el país, con sacar provecho de la materia prima, sin otorgarle el “valor agregado” del orden y la disciplina. No tienen la voluntad o la humildad suficientes como para evitar el fácil envanecimiento que les da el tener un talento especial, creyendo que sólo el tenerlo ya es “suficiente”.

Un buen ejemplo de lo anterior lo observamos, con lamentable frecuencia, entre los futbolistas. Algunos muestran verdadero talento, pero no perseveran hasta lograr un verdadero “profesionalismo”. No se toman a sí mismos y a su especial talento con seriedad. No tratan de desarrollar esta especial cualidad al amparo de una disciplina y un enriquecimiento técnicos.

Suele ser que lo único que crece en ellos es el ego, que se nutre de la vanidad, casi siempre exaltada por los medios. El éxito fácil que proviene del impacto talentoso fascina a los consumidores ávidos que, por supuesto, no les anuncian que “se los van a consumir”.

Su pasado, casi siempre de carencias, se ve impulsado a un excitante mundo de sensaciones inéditas que, lamentablemente, no saben manejar y los atrapa. La adversidad es puesta a distancia y, vista así, no tiene nada que enseñarles, nadie tiene nada que enseñarles. La senda de los placeres negados en el pasado se abre ahora, pródiga y sin límites. Algún resto de sentido común (y, a veces, severos contratos) los hacen “comportarse” pero, desde dentro, no sienten la vocación, cumplen con lo impuesto.

Lo peor es que las sensaciones propias del exitismo fácil, no sostenido por el profesionalismo, y la falta de vocación, en algún momento los lleva a una caída descomunal, que tampoco saben administrar, por lo que muchas veces recurren a la falacia del consumo de drogas y/o de alcohol para nutrir su ya exigente falsa identidad envanecida.

Algo tengo que decir de las vocaciones desperdiciadas de tantos políticos que se ahogan en el envanecimiento del poder y llegan a confundirse tanto que tienen que poner avisos publicitarios que intentan convencer de que “están al servicio del pueblo” (“El congreso al servicio del pueblo”, dice un aviso reciente).

La vocación de servicio se siente. La vocación se siente. Son los actos y las maneras (las actitudes, en algunos casos) los que nos hablan de la vocación.

Podría hablarse, también, de “vocación de fracaso” o “vocación de fantoche”. Todo depende del grado de convicción y del sustento de nuestro quehacer.

Es que en la vocación hay una voluntad que decide. Conscientes o no, elegimos un sentido. Es por eso que hablamos de cómo se desperdician talentos, sin la luz de una adecuada vocación.

El ejemplo feliz de una vocación paradigmática la tenemos en el Perú de hoy, en el campo de la gastronomía, terreno en el que hemos visto surgir un liderazgo que justamente tuvo como punto de partida una confrontación con los designios familiares respecto al futuro profesional. Nuestro líder en mención se atrevió, como se atreve una persona con verdadera vocación, a buscar y encontrar el espacio necesario para desarrollar su talento.

Detrás de una buena vocación suele haber una relación familiar positiva, acogedora, de respeto por uno mismo y por los demás. Quien se siente acogido y respetado, tiene oportunidad de darse cuenta de sus aficiones o tendencias y las puede cultivar.

Quien desarrolla en un ambiente de cariño y aceptación, realimenta su autoestima con cada logro.

Cada paso en el camino de la realización vocacional importa muchísimo. No hay detalle pequeño. El esfuerzo que costó debe ser reconocido a la hora del éxito.

Si sabemos que hemos tenido carencias afectivas, que dificultan nuestra orientación, es indispensable encontrar en el presente lo que la vida nos ofrece en compensación: el apoyo de nuestros compañeros, del entrenador, del equipo, de alguien que nos quiera.

El éxito, muchas veces, es apenas el comienzo. Muchos lo confunden con la meta. De ser así, la suerte de contar con un talento puede convertirse en nuestra mayor desgracia.

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