lunes

2009/08/05 La integridad en peligro

Las modas, los tiempos, las circunstancias, nos van marcando el paso con corrientes y tendencias que constantemente ponen a prueba la consistencia de nuestra identidad y la solidez de nuestros principios y valores.

Hace poco, me ponía a pensar en que estamos viviendo en medio de una larguísima crisis de valores, en donde los modelos que aportan nuestros líderes son escalofriantemente pobres e inciertos. Por otro lado, nos hemos formado en medio de un entorno social en el que pareciera preocupar poco (sólo a unos cuantos) el cultivo de la integridad.

Casi sin darnos cuenta, podemos ser tomados por el modelo corrupto, cuya expresión más corriente es la búsqueda de la riqueza material a cualquier precio, extensión grotesca de la actual sociedad de consumo. La coima parece ser el paradigma aceptado de esta corriente.

Podemos caer, también, en el cultivo de la imagen, donde el beneficio mayor es el goce del poder y el dominio prepotente de los “fuertes y superiores” sobre los “débiles e inferiores” (tenemos lamentables ejemplos en algunos “inteligentes” congresistas).

En nuestro medio, parece que nos contentáramos con que las cosas “parezcan” lo que pretenden; no nos detenemos a mirar en profundidad los riesgos de la seducción de lo impostado. Manejamos una engañosa capacidad de fe, motivo por el cuál somos estafados tan frecuentemente.

Como alternativa a la corrupción y a la vanidad arrogante, nos quedaría la posibilidad de unirnos en la indignación (a veces impotente) o en la resignación indiferente. Otras veces, jugamos un rol crítico y de cuestionamiento, pero muchas veces, con el tiempo, esto resulta ser sólo una expresión envidiosa frente al privilegiado de turno porque, a la hora de actuar, hacemos lo mismo.

A la hora de ejercer la representación de los demás, caemos con mucha facilidad en la trampa del poder omnipotente o del manejo corrupto, olvidándonos de nuestros representados. Parece mentira cómo nos olvidamos de que las leyes y las instituciones se hicieron para proteger al hombre de sus humanas tendencias. Basta que surja alguien capaz de figurar como todopoderoso para fascinarnos y olvidar los riesgos que ello acarrea. Un líder narcisista y omnipotente encuentra en los demás únicamente la oportunidad de utilizarlos en beneficio de su egolatría.

Personas en un principio bien intencionadas pueden caer en la embriaguez del poder al punto de olvidar que representan a otros - a quienes se deben- y no al revés. La tentación del poder los obnubila al punto de ceder a la tentación de la corrupción y perder, poco a poco, los valores que alguna vez (si los hubo) formaron parte de su horizonte.

A la hora de evaluar las capacidades de nuestros líderes, nunca debemos olvidarnos de mirar también sus debilidades, sus antecedentes. No se trata de encontrarlos perfectos, pero sí es imprescindible que no cedan fácilmente ante las tentaciones del ego, en desmedro de los demás.

Un buen líder debe ser íntegro. Sin integridad en la conducción, el barco está al garete y puede naufragar. El asunto es que el mayor problema no es el posible naufragio del barco, lo terrible es el naufragio reiterado de la integridad. Parecemos muy íntegros a la hora de criticar, pero, cuando nos toca el turno de conducir el barco, por alguna (no tan oscura) razón, con frecuencia se nos extravía la brújula. Esto se produce cuando perdemos la integridad.

          Pero ¿qué es la integridad? ¿Cómo saber que una persona es íntegra? ¿Se pierde la integridad? ¿Es algo que se puede ejercitar? Una persona es íntegra cuando ha logrado conciencia y plenitud en el desarrollo de sus capacidades así como un manejo sabio de sus limitaciones. A esto se suma el tener una sólida relación consigo mismo (lo que solemos llamar “autoestima”) y coherencia en relación a sus objetivos y valores.

           Las pruebas a la integridad personal vienen naturalmente con los años y los cambios que el almanaque trae (matrimonio, migración, paternidad, fracasos, pérdidas, etc.). La integridad personal se fragua en la relación con los demás. La gran prueba a la integridad surge cuando tenemos que reconocer nuestros errores. No importa el tiempo requerido, una persona íntegra se tomará el trabajo necesario para reparar los daños por él originados. Quienes carecen de integridad negarán su responsabilidad o echarán la culpa de sus actos a otros, sean éstos amigos o enemigos.

           La integridad es un estado que requiere de “mantenimiento”. No hay nadie que esté libre del riesgo de perderla. Las circunstancias, especialmente el ejercicio del poder, el éxito repentino, las presiones excesivas, etc., hacen trastabillar el muro más firme hasta el punto de poder quebrarlo. Por si fuera poco, en las sociedades en que vivimos, el fantasma de la corrupción siempre acecha con alguna tentación.

             Singularmente, aquéllos que necesitan y exigen la integridad de sus líderes pueden ser los primeros en tratar de que éstos desvíen el timón. Alguna forma de preferencia “sencilla” puede ser el inicio de una gran distorsión (“porque eres mi amigo, mi hijo, etc.”). Es así, entonces, que la integridad se logra a partir de ejercerla y ejercitarla. Esta se fortalece con la corrección de las desviaciones tanto o más que con el logro de las metas propuestas. El cultivo de los valores es indispensable y no olvidar que “la corrección de las desviaciones” se refiere también a las de los demás. Hay que poder ejercer la autoridad. No es posible concebir un líder “honorable” rodeado de incapaces o corruptos.

¿Por qué es importante la integridad? ¿Qué relación tiene ésta con la moral? ¿Es lo mismo integridad que ética? Hasta ahora hemos hablado de la integridad más bien en relación a lo personal. Pues bien, el ser humano es eminentemente social. Para establecer vínculos con sus semejantes son necesarias pautas que las personas sean capaces de respetar. La confianza y la credibilidad son esenciales para la vida en común. La agresividad tanto como la ternura requieren de formas sociales de expresión que no dañen al semejante ni a uno mismo. Necesitamos saber que no todos logran un nivel óptimo de desarrollo como para garantizar el equilibrio social. Serán, entonces, las personas más íntegras, las más sólidamente desarrolladas, las que, por su mejor dotación, sean reconocidas por el grupo para sostener la representación de la ley, del orden y del bienestar común.

          No se le puede otorgar el poder de conducción de un grupo humano (menos de un país) a alguien que no reúna condiciones de integridad personal y social.  

          Detectamos a una persona con poca integridad cuando muestra reiteradas faltas a las pautas formales acordadas por la comunidad, en detrimento de ésta. Esas pautas formales conforman lo que conocemos como moral. Toda pauta moral necesita, para ser sólida, sostenerse en un espíritu que aspire al bien común tanto como al propio. Tenemos, entonces, a una persona ética (está más allá de la simple norma moral). Ojo que no toda persona “moral” tiene un sustento ético. Lo esencial de la ética es la aspiración al bien común. Muchas personas con poca ética aparecen como moralistas; es posible que ellos mismos lleguen a creerse esa versión de sí mismos, pero, a la hora de la verdad, les falta el sustento ético para sostener su integridad moral.

          Podemos reconocer a los falsos moralistas: suelen ser condenatorios, muy duros, rígidos, más dispuestos a castigar que a resolver los problemas en su raíz.

         El afán de perfección denuncia el no reconocimiento de la naturaleza humana. Pueden ser “legales” pero difícilmente llegarán a ser justos. Surgen así los regímenes autoritarios. Cuando no se tiene autoridad (integridad, suficiencia) surge el autoritarismo, el abuso del poder otorgado.

         La persona que siente que es perfecta puede llegar a creer que no puede cometer errores; se cierra en sí misma y quiebra la esencia de la integridad social; el otro pasa a ser ignorado. Esta autoridad, con el tiempo, sufre el deterioro propio de la necesidad de negar la realidad y sostener su grandiosidad. Como un monstruo de novela de ficción, poco a poco, se va transformando en algo que lo aleja tanto de sí mismo como de la realidad que lo puede reflejar y que mira con espanto e impotencia dicha transformación.

          Para todos los que ahora condenamos el proceso vivido por el país, surge el reto de aprender de la experiencia, empezando por examinar nuestras propias bases de integridad. Nunca es tarde. Se puede fortalecer la integridad, si no desde lo personal, desde lo grupal, lo social, desde el simple trámite de acercarnos a las personas íntegras, de valorarlas, de exaltarlas, sin caer jamás en el trámite fácil de la adulación. Se necesita un verdadero reconocimiento de los valores.Todo individuo tiene el compromiso de promover la integridad, tanto al interior de la familia, como en el contexto social y laboral en que se desenvuelve. No es suficiente dar cátedra sobre la integridad o los valores, nada llega a cuajar si no se educa con el ejemplo. Creemos que las organizaciones que propenden a la exaltación del honor, de la honestidad, de la solidaridad y el cultivo de los valores en general necesitan, también, de la valentía y la inteligencia necesarias para aportar su ejemplo en la balanza social, sin otro interés que el bien común.

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