lunes

2008/06/18 Discutir o Dialogar...

“Es sabio no extender una discusión,
pero más sabio es no iniciarla”.
Anónimo

La vida moderna nos enseña a vivir a la defensiva. Aprendemos desde muy temprano a ver al otro como un contrincante al que tenemos que vencer. Una de las manifestaciones más frecuentes de estar a la defensiva es discutir. Lamentablemente, no solemos darnos cuenta de la naturaleza defensiva de nuestras discusiones. Casi siempre, si no siempre, pensamos que el único motivo para hacerlo, es que tenemos la razón.

El problema comienza cuando, en el afán de sostener nuestra razón, dejamos de escuchar y, más aún, de tratar de entender al otro. Nos ofende que el otro nos discuta y, a medida que nos vamos irritando, más nos aferramos irracionalmente a nuestra pretendida razón. Nuestra razón se ha convertido entonces en LA RAZÓN, o sea, perdemos la razón.

Toribio encontró en su segunda mujer el ideal que había estado buscando. Ella tenía problemas de familia, de los que derivaban algunas dificultades para el amor y el sexo. Encontró en Toribio al amante perfecto, con él conoció emociones que le parecían vedadas... Se enamoraron, se casaron, tuvieron hijos y..., poco a poco, se fue instalando entre ambos una tendencia a discutir, cada vez más ásperamente.

Esto fue generando en Toribio un creciente resentimiento y predisposición negativa, lo que sacaba a relucir en cada encuentro. Con una pretendida indiferencia, Toribio se fue apartando. Llegó un momento en que no podían conversar. La ruptura era inminente.

Cuando decidieron buscar ayuda, primero conversaron con un sacerdote, quien los hizo reflexionar sobre los caminos del amor, la espiritualidad y el humano desvarío que nos lleva a la búsqueda de dominio o a la excesiva dependencia con nuestras parejas.

Quienes incluyen la existencia del espíritu en sus vidas logran, en algún momento, abrir sus mentes a una conciencia diferente, que encuentra innecesario el discutir. En la vida cotidiana, los conocemos como personas de “mente abierta”. Si les surge alguna dificultad, como en el caso de Toribio, acuden a una persona de criterio, en este caso al cura. Cuando reciben consejo, suelen recoger más fácilmente el trasfondo, el “espíritu” que anima a quien lo otorga. Y, eso ayuda muchas veces más que el consejo mismo. Trae la paz y la calma.

Toribio, no obstante, se percató de que les sería difícil desactivar el problema que tenían, sin comprender suficientemente las razones por las que discutían. Fue así que me visitaron. Pudimos ver rápidamente que ambos temían tremendamente perder a su pareja, gran paradoja que los había colocado al borde de la ruptura.

Personas sensibles, se vieron malinterpretados por el otro, incomprensión que llevaba un tono creciente de reproche. Ambos se sentían acorralados e impotentes. Se ahogaban en un vaso de agua, quejándose de sed.

Después de unas pocas sesiones, recobraron la conciencia de que formaban parte de un mismo equipo. Habían estado confundidos sin poder reconocerlo y reconocerse. Ahora, podían comenzar a dialogar y entender lo que se querían decir. Prudentes como son, vienen cada tanto a compartir su evolución conmigo. Han dejado de discutir.

Los seres humanos necesitamos de los demás para existir como personas. El exceso de estímulo hacia el poder y el éxito nos han llegado a hacer temer la intimidad al punto de defendernos de ella. Discutir nos aleja de la intimidad. Dialogar nos permite reconocer la maravilla de ser diferentes, de compartir, de intimar y de sostener el espíritu de lo humano.

Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, nos dice que el punto de encuentro entre las personas es el de la confianza. Cuando hay confianza no prevalecen las defensas y el espíritu fluye.

Cuando uno discute, aunque tenga como punto de partida una razón coherente, está más a merced de una necesidad de imponerse que de convencer. En esta dinámica, ocurre que uno piensa que el otro tiene la misma intención y que, en caso de ceder, uno siente que ha perdido, ha sido sometido o derrotado. Incluso, se pueden llegar a sentir humillados o resentidos.

A veces, la discusión parte de la desconfianza, del sentimiento de que el otro tiene alguna oscura intención de engañarnos. Eso nos lleva a reaccionar en automático de manera defensiva o promueve malos entendidos. Es gracioso cómo estas discusiones llegan a momentos en que las personas terminan hablando de cosas totalmente diferentes a la intención inicial, porque el que inicia el intento de comunicar termina envuelto en la discusión defensiva o sospechosa, argumentando cosas que no tenía la menor intención de decir.

Desde muy pequeños, acaso observando a nuestros padres discutir interminablemente, uno va grabando en su mente los distintos modelos: de dominio, necesidad de control, celos, sospecha paranoide de cualquier cosa…

Estas huellas de nuestra memoria aparecen más tarde, sin nosotros saberlo. De pronto, nos encontramos repitiendo una de nuestras escenas familiares, movidos por afectos que ignorábamos que nos habitaban.

El problema es que, ya en el presente, el motivo puede ser pequeño, pero para nosotros pasa a tener una dimensión que nos lleva a esas apasionadas y desmesuradas discusiones que deterioran la posibilidad comunicativa. Peor aún, a veces, no hay motivo alguno y uno busca la discusión. La razón es lo que menos importa, perdiéndose poco a poco nuestra capacidad de comunicación. En las parejas, esto puede ser el motivo de un rompimiento… o una manera de vincularse, sostenidos por una especialidad ingeniosa que presta oportunidad para descargar odios ocultos y no resueltos… o, también, como un eterno recordatorio inmaduro de nuestro escenario infantil.

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