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2015/09/03 El incesto. Del deseo al acto.

Era un adolescente cuando le escuché decir a mi abuela: "El hombre propone y la mujer dispone; el hombre hasta a su madre le va a proponer...".  Sólo los años y la vida, me permitieron comprender el alcance de sus palabras.

Pero, ¡qué tolerantes suenan las palabras de mi abuela!  Si nos damos cuenta, acepta el hecho como algo natural.  Parece plantearnos que, aunque este deseo existe, lo que hay que hacer en estas circunstancias es no acceder a la demanda, sin dejar de comprenderla. La tarea consiste en ayudar al niño/a a declinar su deseo por su madre, padre o hermano en favor de algún sustituto "aceptable"  para "cuando sea grande".

Mi abuela no sabía absolutamente nada de psicoanálisis pero tenía una clara noción de lo que es el incesto y de la fuerza pulsional que puede llevar hacia el acercamiento sexual entre los hijos y sus padres o entre hermanos. El deseo incestuoso es universal, todo niño lleva su sello y éste lo acompaña a lo largo de su vida, aunque muchas veces este deseo se inhibe, sin saberlo.

Los problemas surgen obviamente cuando la intensidad del deseo es muy fuerte y el ambiente no es muy favorable para la renuncia.  Si los padres sobreexcitan al hijo(a)  con caricias inadecuadas o lo/a reprimen excesivamente con amenazas terribles, tendremos la garantía de que después a estos hijos les será muy difícil desprenderse de esos padres, tener una vida sexual plena.  Muchas de estas personas repetirán hasta el hartazgo la situación infantil: conocer a alguien, fascinarse, excitarse, reprimir y romper o quedarse fijados al conflicto, castigados o maltratados por la pareja.

Los padres que comprenden bien el momento por el que están pasando sus hijos, acogen su sexualidad, les conversan de ello y, más que nada a partir de su actitud, les demuestran que sentir estos deseos es lo más natural del mundo, pero que tendrán que elegir en el futuro un sustituto, alguien con quien sí puedan llevar a cabo la realización de su deseo. 

Los padres que no pueden actuar así probablemente tuvieron dificultades cuando niños.  Puede ocurrir, también, que estén tan excitados como sus hijos y les sea difícil tanto reconocerlo como renunciar a ello. Entonces, optan espantados por reprimirse y reprimir al niño(a) sin mayores explicaciones, generándoles culpa.  Incluso, pueden llegar a prohibir los acercamientos naturales y afectuosos entre  los hijos/as y sus padres/madres.

Una cosa interesante, relativamente frecuente, es la observación de padres superando con sus hijos lo que a ellos les fue difícil cuando niños.  Una señora que concurre a psicoterapia, no deja aún de sorprenderse, "¡Qué increíble!", me dice, al comprender cosas de sí misma a partir de conversar sobre sus hijas.  De llegar a la consulta con una actitud celosa y represiva ante las relaciones afectuosas naturales entre sus hijas y su progenitor, ha pasado a favorecer el acercamiento de sus hijas con el padre, quien tuvo una formación diferente a la de ella, más saludable, por lo que chocaban con frecuencia respecto a la formación de sus niñas.  Por otra parte, a partir de ello, empieza a tener una vida sexual más plena con su marido, con orgasmos que nunca había podido tener, cada vez más puede “sentirse mujer”, integrando sus propios aspectos infantiles, que se expresan ahora en diversas formas de "explorar sensaciones".

El desastre se arma cuando el incesto se consuma, cuando lo que debiera quedar en "deseo frustrado" pasa a ser actuado. Los límites que los padres o personas del entorno debieran mantener con comprensión son arrasados por su propia falta de límites. Esto tiene consecuencias severas para los hijos en dos niveles: o se anula la posibilidad del deseo futuro o se recorren las vías de la promiscuidad. Queda, también, afectado el psiquismo y una agresión muy fuerte puede poblar el campo de las relaciones sexuales. En otros casos, puede llegarse incluso a la locura, cuando la violencia ha acompañado el incesto.

En suma, el incesto sí es malo, pero el deseo incestuoso no lo es. Del deseo incestuoso se parte para desplazar nuestra mirada sobre otro (que no sea el padre o la madre o el hermano) que pueda tener -o no- los atributos de éstos, atributos entre los cuales debe resaltar la posibilidad del respeto por los sentimientos y deseos del otro, aunque en ellos no estemos siempre incluidos. Siendo así, por ejemplo, los celos no serán tan intensos ni habrá mayores dificultades para renunciar a las tentaciones que naturalmente irán surgiendo a lo largo de la vida.


Sugerencias:

·   El deseo incestuoso se convierte en un problema sólo en la medida en que no sabemos manejarlo. No debemos espantarnos frente a un sueño o fantasía incestuosa, nuestra o de nuestros hijos, siempre y cuando se quede en fantasía.

·     Llevar a la práctica, consumar el incesto, es algo negativo.  Quiebra la posibilidad del simbolismo y perturba el desarrollo  psíquico en general.

·      La única respuesta válida ante la emergencia de la sexualidad de nuestros hijos, es la comprensión. Esto no significa carta libre para cualquier actuación sexual de los niños. Se trata de ayudarlos a encontrar sus límites y cultivar su capacidad de postergación.

·    Cualquier castigo excesivo o culpabilización frente a los deseos sexuales naturales en los niños, dificultará el desarrollo de su sexualidad en su futura relación de pareja.


·    Nunca se debe tener la intención de herir o avergonzar al niño.  Siempre hay que estar ahí para guiarlo, explicarle y orientarlo.

2015/09/01 Más me pegas, más te quiero...

Una frase parecida a ésta, es: “fiel al castigo”.  Vivimos en medio de una realidad en la que constantemente vemos el dramatismo de personas que son violentamente maltratadas por su pareja y, sin embargo, no se separan de ésta, a veces por una justificación económica, a veces aduciendo que es lo normal y que “hay que aguantar no más…”, lo cual suele ser el consejo de mamá.

En algunas oportunidades, incluso, hemos podido observar que cuando intervienen la ley o alguna persona a favor de la maltratada, ésta se pone furiosa porque están atacando a su pareja.

Cómo explicar una situación que a la mayoría le resulta incompatible con la idea de emparejamiento… En realidad, hay una serie de condicionantes que la favorecen, entre las cuales podemos mencionar los hábitos culturales  -y, ojo- que no solo es el varón el que maltrata o pega a la mujer; en nuestra serranía, ella también tiene “sus derechos” de hacerlo, una manera de expresar su rabia o frustración, acaso su “declaración de amor” o de interés, ya que si no lo hacen podría tomarse como que “no lo quieren”, porque no se estaría cumpliendo con lo esperado.  En todo caso, supone un instrumental en los acuerdos de pareja en donde hay poco lugar para el diálogo reflexivo.

Otra razón para los emparejamientos con maltrato físico o psicológico tiene que ver con sentimientos de culpa en donde la pareja comparte la fantasía de origen infantil de que están en pecado y la agresión forma parte de un castigo. A veces, la “falta” proviene de una reproducción de un “niño tirano” que castiga a la mujer que no alcanza a atenderlo como su madre lo hacía. En el fondo, de alguna manera, castiga en su mujer a su madre, a quien no alcanzó a respetar verdaderamente o hacia quien guarda rencores ocultos que no se atrevería a reconocer. En todo caso, hay una dimensión de apego intenso dado el nivel de necesidad infantil que está involucrado en este tipo de parejas.

El cuadro más dramático lo reproducen parejas que en el fondo tienen inmensas carencias emocionales, con severas historias de abandono o maltrato violento. En ellas, la demanda de afecto es inmensa, tanto que resulta intolerable, por lo que prefieren mediar sus relaciones usando la agresión y el maltrato. Es preferible usar la agresión (propia o la de la pareja) para no arriesgar que surja la ternura, ya que la temen porque sienten que las puede volver demasiado frágiles. Por ese motivo, les es difícil cortar la relación, porque les otorga un cierto sentimiento de alianza en una forma de vínculo que logra alejar la sensación profunda ve vacío o desamparo, que aparecería (en ambos) si se rompiera la relación. Es el caso de esta pareja que hace poco salió en medios, donde tanta violencia ejerció él que cualquiera pensaría que ella apoyaría que lo encarcelen… Sin embargo, al día siguiente ella se escapó para unirse a él.

2015 08 28 Fibromialgia. Mitos y Realidades.

Es un tema del que se habla poco pero se sufre mucho. Es muy frecuente en nuestros días observar que vienen pacientes a consultarnos luego de haber visitado diferentes especialistas: al reumatólogo, al traumatólogo, al neurólogo, al internista… sin lograr resolver una sintomatología que se caracteriza por un dolor muscular, tendinoso o articular, en algún sector del cuerpo y a veces generalizado, que no cede, o sólo se atenúa con el tratamiento con analgésicos. Se puede observar que este cuadro es más frecuente en mujeres.

La causa, pese a múltiples investigaciones, no logra precisarse del todo, hay alteraciones en los núcleos cerebrales reguladores del dolor, en las que, se infieren razones de predisposición genética, pero, están también una serie de factores que contribuyen a su desencadenamiento, entre las que cabe resaltar el estrés o la ansiedad persistentes.

Es posible que sus manifestaciones hayan ido evolucionando en el tiempo, de forma tal que el afectado no ha ido prestando atención a sus molestias hasta que éstas han adquirido una intensidad que hace imposible ignorarlas. Lamentablemente, en ese momento la afectación ha adquirido proporciones que hacen que, lo que originalmente fue tensión, haya derivado en una lesión permanente, estructural o funcional, es decir, se han afectado el área músculo esquelética o los circuitos de percepción del dolor.

Aún está por precisarse si existe en el origen de la fibromialgia un único factor o si se trata de una confluencia de factores. Pero, la enfermedad ha cobrado tal importancia como para que exista el “Día mundial de la fibromialgia”, que es el 12 de Mayo. De cualquier manera, se va perfilando que, para su solución, es necesario un abordaje múltiple, en el que participen el neurólogo, el reumatólogo, el fisioterapeuta, el psiquiatra, el psicoterapeuta, el nutricionista, etc.

Desde el área de la psicoterapia, resulta evidente que las emociones reprimidas suelen expresarse bajo la forma de somatizaciones, a través del cuerpo.  Tienen una importancia particular aquellas emociones que tienen que ver con agresión y resentimiento, de origen generalmente inconsciente, y que provienen de huellas muy tempranas de la vida.

Otro vector importante en la génesis de la fibromialgia proviene del aprendizaje de la experiencia del dolor.  Por ejemplo, podríamos haber visto desde pequeños que nuestra madre o padre reaccionaban con intensidad exagerada a los golpes o lesiones.  Esto nos puede llevar a vivir el dolor con similar desproporción.  Igual sucede si hay una sobre-preocupación de nuestro entorno ante alguna lesión que tuvimos cuando niños. Importa, entonces, el entorno emocional en la conformación de la naturaleza de la reacción dolorosa que cada quien tiene sobre una molestia, en este caso, músculo – esquelética.

En el proceso de la cura, importa también la reacción del entorno. Más allá del abordaje terapéutico de la dolencia, importa la actitud comprensiva de quien asume el tratamiento.
A menudo se observa que las personas con estos padecimientos tienden a sobre-exigirse, a no aceptar fácilmente ayuda de los demás, incluyendo el solicitar afecto o caricias. Por este motivo, suelen enojarse con la molestia física antes que tratar con buena disposición el problema. Quizás la tarea a emprender desde la psicoterapia tenga que dirigirse a modular los afectos y, en particular, las posibilidades para la relación afectiva con los demás, especialmente con la pareja y los hijos.


2015 08 21 El autocontrol

Hablamos de autocontrol cuando nos referimos a la capacidad de una persona de manejar sus impulsos y emociones dentro de un rango conveniente para los fines de su coexistencia social y, en particular, para su sobrevivencia. El autocontrol es producto del aprendizaje a través de la experiencia personal en la interacción con el entorno desde los momentos más tempranos de la vida.

El autocontrol inicia su desarrollo desde las primeras relaciones con la madre, quien funciona, entre otras cosas, como reguladora de las intensidades de la emoción, en particular en la atenuación de la experiencia del miedo y del estrés derivado de la  vulnerabilidad del bebé.

La efectiva y oportuna regulación de las emociones del bebé influye decisivamente en la forma en que se va desarrollando su cerebro y en la organización de su red de enlaces entre las neuronas, de su trama sináptica cerebral, algo así como el cableado de las conexiones que van organizando los reflejos básicos de sus respuestas frente a las circunstancias de peligro tanto como a las de búsqueda de aquello que le resulta necesario o deseable.


Lo que al principio fue sostenido por la interacción con la madre, pasa luego a ser sostenido por el propio individuo. Se va produciendo un aprendizaje que sedimenta en las estructuras cerebrales correspondientes y el individuo empieza a funcionar sin la ayuda externa (que no deja de ser requerida, pero ya no de manera indispensable). Es, entonces, cuando podemos hablar de autocontrol.

2015 08 18 Para entender al borderline


Con cierta frecuencia escucho decir: “tengo una amiga que es borderline”. A veces porque ellos mismos han hecho el juicio, ya que, al parecer, los diagnósticos clínicos tienden a popularizarse. Igual que la semana pasada, cuando hablábamos de la bipolaridad, con la cual, dicho sea de paso, la personalidad borderline suele confundirse. Cabe, entonces, hacerle un sitiecito en el programa para precisar mejor, en lo posible, de qué se trata este cuadro.

En realidad, es un cuadro de muchos rostros, pero que tiene un común denominador que es la inmensa sensibilidad que presentan ante los acontecimientos de la vida, en particular en relación a la vida en pareja y a la convivencia en general.

Alternan momentos en que funcionan de manera totalmente “normal”, para pasar, de pronto, a manifestar reacciones fuera de lugar, desproporcionadas, a veces totalmente contradictorias con lo que acaban de proponer.

Tienen cambios igualmente radicales en sus puntos de vista u objetivos.

Suelen dejar de llevar adelante sus objetivos por su baja tolerancia a la frustración, pero la forma en que lo expresan es que “ya no les interesa” o simplemente lo miran con desprecio. Esto los muestra como muy inestables y confusos.

Suelen tener mucha dificultad para controlar sus impulsos, por lo que actúan antes de pensar o en contradicción con lo que pudieran haberse propuesto. Esto muchas veces lo llevan al terreno de las relaciones afectivas y aparecen como muy volubles, cambiando de pareja o mostrando una gran inestabilidad con una misma pareja, con la que oscilan entre el anhelo de estar muy juntos (lo que tampoco soportan, porque lo sienten como intrusivo) a la vez que pelear por cualquier motivo que sugiera que el otro ha tomado distancia.

Suelen exagerar el registro de las afrentas, buscando prevalecer desde sus puntos de vista.  Esto las lleva a pelear, a discutir de tal manera que sienten que el otro lo único que busca es darles la contra.

Suelen tener episodios de agresividad intensa y hasta violencia; y, luego, suelen arrepentirse y buscar a la pareja agredida con desesperación, sintiendo el abismo del abandono. Por cierto, luego de prometer no volver a hacerlo, incurren en nuevos episodios. Su carencia afectiva es tal que tienden a aferrarse dramáticamente a la otra persona.  El abandono lo viven como un desgarro doloroso e intolerable, por lo que les es difícil separarse o hacer duelos.

Suelen tener multitud de síntomas, pánico, angustia, fobias, obsesiones, episodios de delirio, depresiones, histrionismo, manipulación, victimización, etc.

Su nivel de confusión incluye su propia identidad; es como si fácilmente se desenfocaran de sí mismos. Con facilidad pueden ingresar en el terreno del “vale todo”, funcionando como bisexuales y, muchas veces, promiscuos. Todo ello se da, en realidad, como producto de sus confusiones.

Constituye un reto muy grande para la familia lidiar con ellos porque suelen ser sumamente hábiles para manipular y movilizar las culpas de los padres, a quienes tratan de hacerles “pagar” los errores reales o fantaseados en que éstos pudieran haber incurrido durante su infancia.


En los últimos años, se ha comprobado que el tratamiento ideal para sus dificultades es la combinación de psicoterapia y psicofármacos.

2015 08 11 Mi pareja es bipolar

Nos interesa presentar un tema que se escucha cada vez con más frecuencia en las conversaciones sociales: “Es bipolar”, se dice, en una suerte de diagnóstico popular, para describir a una persona cuyos estados de ánimo cambiantes suelen ocasionar  un problema a la hora de relacionarse con otros, porque no muestra la estabilidad emocional que se esperaría y, muchas veces, no sabemos cómo manejarnos frente a estas emociones cambiantes.

Como es natural, todos tenemos oscilaciones en el ánimo a lo largo del día o de la semana… Las alegrías y frustraciones son los resultantes de nuestra interacción con los demás y con nosotros mismos. En el caso de la bipolaridad estas oscilaciones del ánimo son mucho más intensas y escapan totalmente a las posibilidades racionales de manejarlas. Se habla de un espectro bipolar en función de los diferentes grados en que estas alteraciones del ánimo pueden expresarse. En un extremo veremos las expresiones de la exaltación eufórica y en el otro la depresión más profunda.

Un punto extremo de la exaltación se conoce como manía.  Se caracteriza por una persona en hiperactividad, fuera de control, con una exacerbación de sus pensamientos y sentimientos, eufórica y muchas veces con un sentimiento de omnipotencia y hasta delirante (dueña de una “verdad”). Puede presentar, también, agresividad y otras alteraciones en el terreno del pensamiento y las demás funciones mentales. 

El otro polo del bipolar, el de la depresión, supone predominantemente un decaimiento físico y mental, con un total retraimiento social y laboral, en medio de sentimientos profundos de dolor y tristeza.

Vale la pena saber que, cuando nuestros seres queridos tienen oscilaciones del ánimo que los hacen (y nos hacen) sufrir, ocasionando problemas en la relación, el trabajo y la vida en general, es indispensable comprender que se trata de una alteración psiquiátrica y psicológica que, más allá de posibles reacciones emocionales y morales que pueden movilizar, requieren una consulta con un especialista, quien será el único autorizado a diagnosticar si se trata de una bipolaridad o si se trata de alguna otra alteración psicológica que se le parece, como, por ejemplo, un trastorno borderline o alguna forma de esquizofrenia.

En lo cotidiano, podemos encontrar contrastes en la expresión afectiva de nuestras parejas debido a razones propias de una sensibilidad excesiva o a formas ambivalentes de expresarse (tipo amor-odio), debido a problemas inconscientes que han generado una personalidad que no deja de estar a la defensiva y que se muestra muchas veces como contradictoria. Suelen ser huellas de problemas de la infancia temprana, huellas de la relación con los padres y las circunstancias que les tocó vivir.

2015/08/06 ¿Se puede amar a dos personas a la vez?

Este es un tema en el que confluyen lo biológico, lo personal y lo social. De hecho, es un asunto que, de manera recurrente, aparece en la consulta, las más de las veces en medio de situaciones de conflicto. Es frecuente escuchar comentarios como “Me he enamorado de una chica de la oficina, doctor, pero yo quiero a mi mujer”.  La asociación inmediata es que la presencia de una nueva persona en el panorama emocional o sexual pone en peligro el vínculo con la otra.

Y es que, de alguna manera, es así, especialmente cuando la nueva relación evoluciona hacia un anhelo de compromiso y de intercambio e influencia emocional, que hacen deseable que este vínculo persista indefinidamente. Es entonces cuando, dada nuestra visión social, cultural o moral, tenemos que optar… por separarnos de nuestra pareja o mantener la relación con ambas personas, en las condiciones muchas veces culposas y difíciles en que este triángulo se desarrolla.

También, como lo presentaba hace un tiempo un personaje que se hizo muy mediático, se puede mantener una relación paralela, aceptada por todos los miembros participantes.  Este personaje, por ejemplo, decía convivir con cinco mujeres, tratar a todas con igual afecto y mencionaba que entre ellas no habían mayores conflictos… que se llevaban bien. Por cierto, en algunas culturas, esto es aceptado socialmente.

Para algunas personas, la relación de amantazgo ha sido un refugio de equilibrio a la relación de familia en el que la maternidad o simplemente el desgaste del tiempo ha disminuido el componente del deseo sexual por la pareja, mas no el sentimiento de amor o aprecio personal en el que la estabilidad y la armonía predominan.

Dos formas de amor, en tanto así, pueden coexistir: el amor sexual y el amor familiar; el de la apuesta en el tiempo y el anhelo de compartir el afecto de los hijos y la mutua compañía.
De hecho, he podido escuchar en consulta muchas variables.  Incluso, algunas personas mantienen relaciones sexuales simultáneas con la misma satisfacción e intensidad y otras, también, son capaces de mantener vínculos de amor con ambas parejas, vínculos que perduran en el tiempo, sin sentimiento de oposición.

El tema de la monogamia no parte de un principio biológico humano; no está en nuestro patrón genético, por lo menos, no eso de “hasta que la muerte nos separe”. La monogamia es una decisión; surge de nuestra renuncia a funcionar de manera polígama, aunque la poligamia o poliandría sean un potencial  al que nuestra sociedad nos educa a renunciar. Suele ser que, quien es capaz de optar por la monogamia tiene un mayor grado de diferenciación como para trascender el impulso biológico.  Digamos que esto puede ser un signo de madurez en el entendimiento de una mayor posibilidad de sostener los mandatos sociales de manera equilibrada.

La poligamia, ejercida de manera impulsiva, propia del emergente juvenil, puede corresponder a una etapa de la vida.  Aún así, puede ser también  indicio de una conducta en la que no se regulan los impulsos, de una personalidad con dificultades para controlarse y organizarse de manera equilibrada; es decir, puede ser una conducta más bien promiscua y ajena a las características propias del amor, en donde verdaderamente existe un otro con el que uno se relaciona.

Puede ser expresión, incluso, de una incapacidad para amar a otro, de formar un vínculo de intimidad, más allá de tener relaciones sexuales. Encontramos el caso de los pseudo enamoramientos, en los que lo frecuente es que exista la vehemencia pero nada de profundidad, aunque persistan en el tiempo. Son vacíos que tapan vacíos con el revestimiento de una intensidad que es propia de la necesidad antes que de un verdadero deseo.



2015/08/07 El miedo a la muerte

La muerte es un hecho ineludible: de todas maneras, alguna vez, nos vamos a morir o van a morir nuestros seres queridos. Es una ley de la vida, con determinantes biológicos que tienen que ver con la preservación de la especie y la evolución de la misma.

La muerte es, sin embargo, uno de los marcadores más intensos de nuestra actitud ante la vida. Nacemos en circunstancias de vida o muerte y si falta quien nos acompañe en estos particulares momentos, (la madre en particular) podemos arrastrar el resto de nuestras vidas un trastorno de angustia que de manera esporádica o permanente nos moviliza el sentimiento de que nos vamos a morir.

Como ejemplo, puedo citar lo que ocurre cuando nos viene una crisis de pánico: la persona siente que en ese mismo instante se va a morir y todo su cuerpo se comporta como tal. Esta angustia de muerte le acelera la respiración, le provoca taquicardia, sudoración, hasta puede orinarse en total descontrol del sostenimiento de sus funciones fisiológicas. Casi siempre esta angustia va de la mano del sentimiento de desamparo; esto se explica, también, porque el bebé, al inicio, si no tiene quién lo proteja está expuesto a que algún depredador lo pueda matar. El marcador más importante que dispara la angustia de muerte son los traumas de los primeros meses de la vida.

Luego, con el ingreso a la vida infantil y luego la adultez, aprendemos los patrones culturales  que nuestro entorno mantiene respecto a la muerte; así, la podemos ver como una tragedia, como algo terrible que moviliza angustia o considerarla como un proceso natural, como parte de la vida. Incluso, podemos ver la muerte como un pasaje a otro nivel espiritual, a otra dimensión de existencia. Visto así, la persona que muere puede habitar “otra vida” en paz o ajena a su propio dolor humano e, incluso, que puede acompañarnos.

En familias que padecen de formas de ansiedad suele ocurrir que la reacción, a veces ante la sola ausencia momentánea de uno de sus miembros, es entendida como que “algo le pasó”, “seguro tuvo un accidente” o “se murió”. Es esa angustia que subyace en el inconsciente, la de las huellas más tempranas de la ausencia o del sufrimiento cuando bebés, la que dispara la primera lectura de lo que pasó, que es casi siempre totalmente irracional y tiene distinta proporción de acuerdo al grado de afectación de la persona.

En algunos casos, se configura una verdadera fobia ante la muerte o todo lo que tenga que ver con ella. Una persona puede no tolerar ni siquiera ver un funeral, ni enterarse de que alguien se ha muerto, sin sentirse afectado. Son casos en los que, además, puede sumarse una pauta obsesiva, por ejemplo, que después de darle la mano al deudo que ha perdido a un pariente, tenga que lavarse compulsivamente para limpiarse de la contaminación mortal… Por cierto, son casos en los que estas personas ineludiblemente tienen que visitar a un especialista, ya que requieren tratamiento, sea con medicamentos o psicoterapia (lo mejor suele ser una combinación de ambos).


Es una gran paradoja el hecho de que las personas afectadas por este sentimiento suelen perderse la oportunidad de vivir plenamente. En realidad, marcados así por el temor, por la angustia generalizada, no viven, más que nada sobreviven, la vida cotidiana también les causa temor, hacer vínculo anticipa siempre el temor a perder a la pareja, lo cual convierte en una tortura entrar en relación afectiva con alguien… a quien luego pueden perder.

2015/07/21 Mis parejas siempre me abandonan

En la vida amorosa es cuando más necesitamos desarrollar nuestra inteligencia emocional. Esto es, saber leer al otro, entenderlo en sus claves emocionales, en sus intereses y dificultades.

Poder mantener una interacción saludable con una pareja no es un tema tan sencillo como el de la pura ilusión de que “como yo amo a la otra persona por encima de todas las cosas, todo va a salir bien” y “la otra persona, por supuesto, va a sentir en automático lo mismo que yo”. Pensar de esta manera lleva a grandes contrastes y desencuentros.  La frustración posterior a un lindo primer encuentro suele tener que ver con que “volamos” demasiado en nuestra expectativa respecto al otro sin darnos cuenta realmente de la disposición de él o ella para lo que nosotros deseamos que siga después.

Pocas veces nos detenemos a pensar en qué fue lo que pasó realmente, en por qué se cortó la relación. Muchas veces consideramos que se debió a que no le gustamos lo suficiente, que somos personas poco atractivas o que ella o él son unos aprovechadores, que  nos utilizaron, que nos engañaron. Esto -si se repite-  puede llegar a generarnos un complejo. También, ocurre a veces que el complejo ya lo tenemos y es la causa de que las cosas no caminen, porque nos esmeramos demasiado en causar buena impresión o nos esforzarnos por llamar la atención.

Es necesario reflexionar sobre nosotros mismos y tener bien equilibrada nuestra autoestima antes de emprender la tarea de una relación formal. Las relaciones a veces no caminan simplemente porque no dan para más. En otras ocasiones, sin embargo, sí tienen que ver con cosas que hacemos y que ahuyentan a las parejas. Pero, también ocurre que el otro tal vez no esté en capacidad de comprometerse y, sin embargo, lo elegimos, aún pudiéndonos dar cuenta de la realidad…

Una situación que observamos con cierta frecuencia puede resultar increíble: uno mismo se encarga de que la situación se rompa, que la pareja se aleje… Es que la cercanía, la intimidad, nos pueden resultar tan angustiantes, por el temor a ser dejados, que precipitamos alguna expresión o detalle para que el otro no vuelva. Algunas veces, un trato ofensivo, una demanda desmesurada, una actitud demasiado inmadura, grosera, etc. pueden llevarnos “inconscientemente” a provocar una reacción adversa.

En muchas personas existe ya un arraigado sentimiento de que esto va a ocurrir, que las van a abandonar; es más, se sienten abandonadas aunque no las estén abandonando en realidad; simplemente leen cualquier mensaje en ese sentido: si la otra persona se demoró, si no las llamó como esperaban, si se fue de viaje por trabajo… Cualquier cosa reafirma su sentimiento preexistente de que serán abandonadas.

En la mayoría de los casos la razón que los predispone a sentir de esta manera y a reeditar situaciones de ruptura o pérdida de la relación tiene que ver con situaciones vividas en la primera infancia, con una suerte de trauma de carencia o abandono afectivo que ha dejado una honda huella, difícil de borrar, que reinstala el vacío y la desesperación ante cualquier evento en el que los afectos sean convocados. Por ello, el enamoramiento y el apego en el presente son vividos como experiencias de extrema fragilidad y esto los lleva a estar más a la defensiva que a una actitud de serena apertura y encuentro con el otro.

De manera similar, las experiencias de fracaso afectivo que se han tenido en la vida pueden predisponer negativamente a una nueva apertura. Sin embargo, es necesario experimentar no solo logros afectivos, ya que los fracasos nos enseñan mucho sobre cómo reorientar nuestro camino hacia el emparejamiento equilibrado. Una buena dosis de tolerancia a la frustración es necesaria y también una suficiente posibilidad de rescatarse indemnes de las idealizaciones propias del enamoramiento inicial.

2015 05 15 Mi hijo adolescente

Un grupo de padres de adolescentes de un conocido colegio, me invitó a dialogar sobre cómo manejarse ante el reto de los cambios propios de esa edad.

Me agradan estas iniciativas: padres que buscan informarse, reflexionar, encontrar respuestas…  Al parecer, se reunían con frecuencia; imagino que en función de las diferentes actividades que tienen que ver con sus hijos y el colegio. Comentaban que suelen ser los mismos de siempre, que una gran mayoría se mantiene a distancia de la convocatoria. Esto me recuerda mi propia experiencia en el grupo de padres que nos reuníamos a propósito de la organización de actividades de nuestros hijos y de sus compañeros de colegio… Parece ser una constante: unos pocos siempre se interesan mientras que una mayoría mantiene distancia o no se involucra. Creo que el país camina de manera parecida.

Bueno, el hecho es que la tendencia general en este grupo es a preocuparse y anticipar los múltiples riesgos a los que se pueden ver expuestos sus hijos. Conversamos acerca de cómo nuestros hijos adolescentes nos muestran en buena medida cuánto logramos, como padres, desarrollar una autoridad basada en el respeto mutuo y el reconocimiento de la coherencia y sinceridad de nuestra conducta.

Tiene que haber una cuota de confianza, de escucha verdadera, y estar en posición de entender las circunstancias y el sentir de nuestros hijos, reconociendo el momento por el que están atravesando, de crecimiento y necesidad de autoafirmación, de poder cometer errores que ellos mismos puedan resolver con o sin nuestra ayuda. Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista inglés, señala que el arte estriba, no en estar permanentemente preocupados sino en ocuparse de la resolución de las dificultades.

Estamos comprometidos a sostener los límites, allí donde percibamos que ellos no pueden sostenerlos, pero sin recurrir a la condena o la sanción punitiva sino integrando la reflexión de lo que puede estar pasando con nuestros hijos adolescentes y cómo pueden sentirse. La adolescencia de nuestros hijos nos enfrenta a ejercer nuestra autoridad, no desde el poder de la fuerza sino integrando nuestra madurez sensible, recordando nuestras propias épocas de adolescentes y cómo nos sentíamos.

Saludablemente, se requiere, también, examinar cómo nos sentimos nosotros mismos.  Algunas veces, nos incomoda el que no tengamos sobre ellos la autoridad como cuando eran niños y nos perturba el sentimiento de impotencia ante la dificultad de encontrar respuestas alternativas y creativas, más elásticas, a la vez que coherentes y consistentes.

Es importante que nuestros hijos adolescentes sepan que cuentan con nosotros, que nuestra autoridad y puesta de límites no inhibe el diálogo ni la negociación de acuerdos, de permisos ni de su necesidad de “exploraciones en la vida”; que puedan cometer sus propios errores aprendiendo a enfrentarlos con responsabilidad, buscando respuestas y soluciones por sí mismos pero, a la vez, sabiendo que, si no pueden solos, podrán recurrir a nosotros o a alguna persona de su confianza con la que puedan abrirse.

Un pecado frecuente que cometemos es el de sobre-protegerlos, hacerles la vida demasiado fácil y, a veces, favorecer en ellos una actitud de poca responsabilidad, con todos los derechos y pocas obligaciones.

No perdamos de vista el hecho de que vivimos en una sociedad enferma, llena de autoritarismos pero con una autoridad endeble que tenemos que fortalecer. Se requiere, de parte de las autoridades y de la sociedad en general, un mayor control de los espacios a los que pueden concurrir los adolescentes, espacios que, por ejemplo, no promuevan el expendio y consumo de alcohol y drogas. Esto, sin perder de vista la importancia de nuestro propio ejemplo de comportamiento ético. No podemos esperar que hagan lo que decimos si nosotros hacemos lo contrario, si no somos coherentes y consecuentes con lo que proponemos como norma.

Otro espacio a tener en cuenta es la elección de un colegio para nuestros hijos donde se eduque en la reflexión, en la responsabilidad, en la disciplina, orientándolos hacia la excelencia no forzada, donde se inculquen valores y se reste espacio a la figuración banal y a la propuesta consumista de marcas y posesiones; que el lugar donde estudian nuestros hijos fomente lazos y aperturas afectivas y no promueva diferencias y exclusiones provenientes del dinero, de la raza, de la belleza física, del origen social, etc.

Bueno, mucho hay que revisar sobre este tema y es fundamental examinar el mundo en que vivimos, la forma en que nos estamos relacionando, y darnos cuenta de cómo, desde la crianza del bebé, ya se está fallando en la configuración de sus relaciones afectivas.  La empatía hace agua porque hemos perdido buena parte de la forma natural y saludable de criar a nuestros infantes, dejándonos llevar por una forma de crianza “responsable” que, en realidad, lo que hace es poner el énfasis en el confort o la economía.

Vemos cómo, muchas veces, pensamos que nuestra autoestima depende de lo que tenemos, mostramos o pretendemos ser y no de lo que humanamente somos. Alguna persona, de este grupo con el que me reuní, mencionó la enseñanza recogida desde una novela en  la que se apreciaba el valor de dejar el asidero del poder del dinero para rescatar el valor del sujeto como persona sensible. 


Después de tan ameno encuentro, me sorprendió recibir un regalo. Supongo que algo de gratitud es inherente al gesto y, por cierto, yo también estaba agradecido por el honor de la invitación.

2015/05/03 En el día de la madre

Escuché hace poco que quien gestó la idea del día de la madre luego se arrepintió al observar cómo la sociedad de consumo tergiversaba totalmente el sentido de su propuesta.

Y es que en la madre se materializa toda la fuerza de la creación; la naturaleza misma la unge con su poder, a lo que se suma esa especial capacidad para el amor que brota en ella a raudales, con esa entrega incondicional, que no duda ante el sacrificio de la propia vida por el ser que ha traído al mundo.

Es nuestra madre la que nos inicia en el abecedario de las emociones y del desarrollo de nuestra capacidad para amar, para comprender la importancia de, en su momento, al igual que ella, poder declinar lo propio en favor de un otro, de llegar a tener la capacidad para servir a otros. Esto lo aprendemos de ella.

Pero, sin embargo, esta figura de madre viene siendo perturbada, justamente por los avatares de un contexto marcado por la sociedad de consumo. Por la urgencia de producir dinero, nuestras madres “modernas” están menos tiempo con sus hijos, los compensan trayéndoles regalos o llenándolos de compañías inanimadas. No es extraño, pues, que nuestro tributo a ellas no tenga tan presente la intención del homenaje en su día: un cariñoso saludo, acaso una caricia, un abrazo…. Cada vez nos preocupamos más por conseguir el bendito regalo “que hay que comprarle por su día”.

No está vedado regalar, pero lo más importante es el cariño, un abrazo sentido, una tarjeta, acaso hecha por nosotros mismos, unas flores, preparar su comida preferida… hay tantas maneras de rescatarnos del bombardeo mediático…

Algunas veces me parece que somos una especie en camino a la extinción, porque la maternidad se va desprogramando, tanto como la capacidad de amar que de ello deriva.


Saludemos a nuestras madres con todo el amor que se merecen, demos un paso adelante con nuestro cariño y procuremos que el amor y la entrega acompañen a las nuevas madres, a nuestras esposas o hijas, rodeándolas de todas las garantías para que la naturaleza del amor se exprese a través de ellas. De ello depende el futuro de la especie… y de pequeños homenajes que, como éste, intenten rescatar el sentido de este día.

2015/02/20 Divorcio o separación

Resulta alarmante observar la frecuencia con que las parejas quiebran su matrimonio precozmente. Es como si la construcción de la relación no contara con la suficiente madurez y tolerancia, necesarios para remontar las insuficiencias y defectos que suelen aparecer a la hora de convivir. Muchas veces el problema es visto con la filosofía de una economía de descarte “no funciona, entonces, ¡chau!”, como ocurre con la mayoría de los utensilios de nuestra moderna sociedad de consumo.

Es obvio que, como garantía de un matrimonio bien avenido, se parta de una buena elección de pareja, que no haya forzamiento en el compromiso asumido, que se tenga una noción básica de compatibilidad de caracteres, al igual que una sólida autoestima, de manera que cada quien no dependa en exceso del afecto del otro para ser feliz.

Ambos necesitan de una suficiente tolerancia a la frustración y de la capacidad de postergarse a favor del otro, sin llegar a extremos de sometimiento. Es importante también, diría indispensable, no sentir necesidad de dominio o control sobre el otro.

Es frecuente que un punto de quiebre se dé en el momento en que alguno de los dos pretende “tener la última palabra”, perdiéndose toda posibilidad de diálogo y estrangulándose en discusiones sin otra finalidad que prevalecer, que demostrar a toda costa que se “tiene la razón” (que es justamente cuando la razón puede empezar a perderse).

Un problema que se convierte en el inicio del tobogán de la ruptura es cuando se empiezan a perder el respeto; más aún, cuando aparecen reproches o insultos, perdiendo la perspectiva de cuan hondo pueden herir al otro, con  actos o  palabras, especialmente cuando esto no va seguido por algún gesto de reparación o disculpa. Ni qué decir de la violencia, sea ésta física o verbal, del desenfreno de las acciones sin control, lo cual termina por destruir hasta el lazo más consistente.

Cuando el engaño, la mentira, la deslealtad, la infidelidad, el uso oculto de drogas y demás, como el alcohol, se suman a la irresponsabilidad, no hay marcha atrás. La quiebra se da por descontada a corto, mediano o largo plazo.


A veces, la ruptura se asume después de desgastantes intentos de mantenerse a flote, particularmente cuando   hay niños de por medio o cuando tenemos rasgos que nos llevan al aferramiento a como dé lugar. Es en estas circunstancias en las que podemos apreciar separaciones sin divorcio: las parejas siguen juntas sin otra razón que el temor de separarse; el espanto ante el supuesto desamparo o la baja autoestima sirven de colchón a una continuidad estéril sin solución.

2015/02/16 Trastorno Borderline

En los últimos años, se escucha con bastante frecuencia de personas diagnosticadas como “borderline” y vale la pena precisar lo mejor posible de qué se trata esta patología.

Para empezar, no hay un solo tipo de “borderline”, como no hay un único tipo de ansiedad, depresión o cualquier otro tipo de patología.

Cuando hablamos de la patología “borderline” nos referimos a una alteración de la personalidad que se manifiesta por compartir rasgos de comportamiento totalmente normales con momentos de alteración que, en algunos casos, llegan a una suerte de locura transitoria, la cual, con alguna ayuda, puede rescatarse hacia un funcionamiento normal.

A la par que estas alternancias en su funcionamiento, los “borderline” suelen tener momentos de confusión y, debido a ello, a veces grandes contradicciones en relación a sí mismos o al mundo, lo cual los hace ser percibidos como ambiguos o desconcertantes.

Sus emociones suelen ser volátiles e intensas a la vez, pudiendo cambiar de una expresión amical hacia una posición totalmente opuesta y hostil simplemente por un pequeño malentendido, muchas veces producto de su propia confusión.

Suele ser muy difícil ser pareja de una persona “borderline” o tener un hijo o hija con esta patología, particularmente si uno se enreda en las emociones desbordadas o si se desespera ante su frecuente ruptura de los límites.  La verdad es que es realmente difícil la convivencia. 


Esta patología requiere de mucha paciencia y, en la mayoría de los casos (si no en todos), es indispensable la ayuda profesional.  Les viene bien una psicoterapia y, mejor aún, si paralelamente toman algún medicamento que contribuya a su regulación emocional y a su control de impulsos.

2015/02/16 Patología Bipolar


Antiguamente se solía usar el diagnóstico de “maníaco depresivo” para nombrar una alteración caracterizada por oscilaciones intensas y profundas del ánimo.  Este diagnóstico ha devenido en “trastorno bipolar”, complejizándose en variables y matices que los manuales de diagnóstico reformulan con frecuencia. 

Éste es el más severo de los trastornos del afecto y, en origen, tiene una relación muy directa con la predisposición genética.  Existen familias en las que la incidencia de este mal puede alcanzar a un amplio espectro de sus miembros.

En los polos de esta bipolaridad encontramos, en un extremo, a una persona con exagerada exaltación del ánimo, hiperactiva, con sentimientos desbordantes de grandiosidad, que pueden expresarse como un delirio místico.  En ese estado pueden mostrarse tercamente vehementes, dominantes, sin conciencia de límites: la omnipotencia no se los permite ver.  Por ello, pueden tener conductas sumamente arriesgadas, insólitas y totalmente fuera del sentido común.  En oportunidades, pueden tornarse agresivos, particularmente si se les contradice, y pueden emprender riesgosas “misiones”, abandonando casa, trabajo, familia, etc. En otros casos, se pueden mostrar excesivamente “generosos”, regalando bienes propios o ajenos. 

En el otro polo, encontramos a personas profundamente deprimidas, al punto de carecer de la energía mínima vital para emprender no sólo las tareas cotidianas sino hasta para levantarse de la cama.  Todas sus funciones se enlentecen, su ánimo es gris, pesimista.  Suelen expresar un dolor profundo, que llega a ser físico.  No es infrecuente que en estas circunstancias sus pensamientos se pueblen de deseos de morir e ideas de suicidio que, dada la falta de fuerzas, no llevan a cabo.  Respecto a lo anterior, cabe advertir que una paradoja es que al ir mejorando del estado depresivo es posible que materialicen tales ideas de suicidio.

Se ha podido observar que hay personas que combinan en distintos grados la depresión y la manía. Los dos polos suelen presentarse por períodos alternados.   En otros casos, sólo se presenta uno de los dos polos extremos que hemos descrito.

En ambos casos, es indispensable iniciar un tratamiento radical que, en la mayoría de las veces, puede requerir de un internamiento, dado el riesgo de muerte implicado. 

Felizmente, al presente, el trastorno bipolar es controlable con el uso de psicofármacos y viene bien algún apoyo terapéutico que contribuya a sostener la regulación emocional que suele contaminar la estructura de la personalidad.

Hay, también, estados intermedios, como en el caso de la hipomanía.  Esta es una exaltación del ánimo sin la severidad del trastorno anterior. 

2015/02/16 Angustia y pánico


Hace un tiempo circulaba un chiste, entre los varones, que decía que angustia es cuando fallas por primera vez la segunda y pánico cuando fallas por segunda vez la primera.

En realidad, la angustia es un cuadro que ha trascendido los niveles normales del sistema de alerta ante un peligro o algún reto importante que pone en jaque las capacidades del sujeto para resolverlo.  

Angustia es un conjunto de manifestaciones físicas y psicológicas, emociones emparentadas con el miedo y manifestaciones físicas, como taquicardia, sudoración “fría” intensa, sofocos, escalofríos, sensación de falta de aire, aceleración intestinal, tensión muscular, a las que se agregan falta de sueño o dificultad para dormir, ideas fijas, temor a fracasar… y un largo etcétera.

El pánico comparte  las características anteriores pero en un nivel de intensidad mayor, al punto de perder el control de la emoción y no poder conectarse con otra cosa que no sea esa intensa angustia que inunda todo.

El pánico implica una sensación de impotencia y desorganización a la que acompaña una sensación de muerte inminente, casi siempre ligada al síntoma de taquicardia y de asfixia, a las que suele sumarse un dolor en el pecho, que en medicina se denomina “angor pectoris”. 

El episodio de pánico suele ser agudo, aparece en circunstancias sin mayor relación con estas emociones y, a veces, es una reacción absolutamente desproporcionada que explota ante un estímulo que usualmente no ha sido perturbador, por ejemplo, un problema en el ascensor o ir caminando por una calle oscura.

Ambos, la angustia y el pánico, pueden aparecer como un episodio único, y no volver a aparecer.  Pero, en tanto es un signo importante de un desequilibrio en la persona, más vale recurrir a un profesional para indagar sobre sus causas.

A propósito de las causas, cabe saber que cada individuo, a lo largo de su historia, va pasando por momentos y experiencias que dejan huella en el inconsciente.  Algunas veces esas huellas han tenido el carácter de traumático y, cuando surgen la angustia o el pánico, es una buena oportunidad para intentar resolverlo.

2015/02/16 El estrés


Si bien hablamos corrientemente de estrés, es posible que no conozcamos a cabalidad su significado, sus implicancias y lo indispensable que es aprender a manejarlo.

El estrés implica un estado de tensión general (física, emocional y mental) frente a un problema cualquiera (puede ser desde algo insignificante hasta un gran peligro) que la persona tiene que enfrentar y/o resolver. 

En tanto así, hay un nivel normal del estrés que nos sirve para la vida, ya que nos permite, como decía mi abuelita, “usar los cinco sentidos” y resolver la situación.   La resultante natural del uso efectivo de nuestra capacidad de resolver problemas es la confianza en uno mismo y una razonable estima personal.

Cuando la situación de estrés se prolonga demasiado se producen una serie de consecuencias, comenzando por la fatiga, dificultades de concentración, fallas en la memoria, irritabilidad, pérdida de control de impulsos, ingesta compulsiva de drogas, alcohol o alimentos, hasta un punto en que el sujeto puede llegar al colapso total, que suele llamarse “surmenage” o “burnout”.   Una consecuencia más lamentable aún es que aparecen problemas físicos, como infartos, hipertensión, gastritis severas y, por ahí, también, accidentes cerebro vasculares (derrame cerebral).

Cuando el estrés es intenso y violento podemos tener como consecuencia lo que se llama estrés post traumático, resultado de la quiebra de los recursos naturales de protección emocional, con el correlato de una total impotencia de la persona para resolver la situación.  Un ejemplo de esto puede ser lo que ocurre en las guerras, con los combatientes o las víctimas, a quienes les cuesta recomponerse, quedándose “pegados” a las emociones que les tocó vivir, las que resurgen incontrolables, casi como una alucinación.  Les resulta muy difícil reconectarse con el mundo, con la vida, presentando distintos niveles de alteración en casi todas sus funciones mentales.

Esta condición la encontraremos, también, en personas que han sufrido abuso, maltrato o abandono en la primera infancia.  Sin embargo, esto, que podría aparecer como menos espectacular, es más insidioso y compromete la estructura misma de la personalidad, alterando la comunicación, el vínculo, el compromiso y la capacidad de regular las emociones.

Un viejo dicho señala que “es bueno culantro pero no tanto” y esto se aplica para el estrés.  Es bueno siempre que lo podamos manejar.  Los problemas empiezan cuando el estrés es el que nos maneja a nosotros.  Si ya nos hemos acostumbrado tanto a su presencia que ni prestamos atención a los avisos de sus efectos nocivos, seguramente será un doctor de medicina, cardiología, neurología quien nos diga “necesita revisar cómo está viviendo o trabajando”.  Es, entonces, que lo oportuno es recurrir a la ayuda de un psicoterapeuta y/o de un psiquiatra para poder regular el manejo del estrés logrando llevar una vida más feliz.

2015/02/13 La histeria

Suele ser que cuando una persona se comporta de manera tal que de pronto se altera, grita, se muestra sensible, reclama, chilla, patalea, llora, quien la acompaña o asiste le dice “te has puesto histérico/a”.

Esta emotividad tiene mucho que ver con una sensibilidad proclive a llamar la atención de las personas con quienes se relacionan y de quienes esperan manifestaciones de afecto, aprecio y cariño.

En grados menores o incluso “normales” puede ser que las personas histéricas siempre se las ingenien para acaparar la atención con formas que van desde mostrarse locuaces, sumamente atentas, seductoras, hasta formas más bien llamativas en el vestir, en el actuar, en el bailar, que hacen poco menos que imposible no fijarse en ellas.

Un comportamiento histérico, entre otras razones de fondo, esconde algún tipo de conflicto infantil que no le facilita a la persona el sostenimiento de una pauta sexual madura o una relación estable.

Muchas veces hay una sexualidad teñida de expectativas infantiles, por lo cual se afectan con mucha facilidad si es que no reciben atenciones que, a veces, nos pueden parecer absurdas y que no logramos atender.  Dado que es tan corriente este impase en la comprensión, a veces llegamos a pensar que ciertamente son incomprensibles.

Detrás de una manifestación histérica hay grados de organización de la persona.  Algunas, pueden tener un comportamiento predominantemente infantil, con poco espacio para un comportamiento adulto; en otras puede haber un comportamiento predominantemente adulto con algún rasgo infantil que perturba medianamente el desarrollo de una intimidad.

Suele ser que se relaciona a la histeria con problemas sexuales y es probable que esto fuera absolutamente cierto a comienzos del siglo pasado.  Lo que observamos al presente es que predominan los casos en los que la demanda de fondo es la del reconocimiento, el cual la persona no logra encontrar por sí misma.  Suele ser que en la infancia este reconocimiento no se dio de manera saludable por parte de los padres.

Este tipo de problemas alrededor de la histeria y en general de estas sensibilidades que adoptan estos ropajes dramáticos son los que más se favorecen cuando estas personas buscan ayuda psicoterapéutica. 

Comprenderse, resolver situaciones del pasado, suele ser más accesible en tanto conservan mucho de salud potencial, que generalmente ha permitido que en otras áreas de la vida hayan logrado éxito y un mayor equilibrio adaptativo.

2015/02/13 La esquizofrenia

Podríamos hablar más bien de “las esquizofrenias” porque éstas tienen diferentes expresiones y grados de compromiso del funcionamiento mental.  El comienzo de la enfermedad suele ser relativamente precoz, generalmente debuta en la adolescencia, confundiéndose algunas veces con las conductas propias de esa etapa.

En los inicios, suele haber retraimiento, un “apagamiento” de las emociones, conductas e ideas extrañas, muchas veces religiosas, y orientaciones hacia temáticas a menudo incongruentes, sostenidas con convicción, lo que ya le confiere una tonalidad obsesiva, reiterativa y, a veces, delirante.   

Cuando se instala ya como enfermedad, pueden aparecer alucinaciones auditivas, sentimientos de persecución, a veces sutiles, como que la gente los observa, los mira o habla de ellos. Esto suele acompañarse de ideaciones, como que las personas los envidian, les quieren hacer algún daño, ejercer su influencia sobre ellos, etc.

A partir de esto se va instalando un paulatino rompimiento con la realidad, manejándose frente al mundo sobre la base de estas ideas y sentimientos.  Es decir, se retraen sobre sí mismos. 

En el extremo del rompimiento con la realidad está también el de la ruptura de los lazos familiares, sintiendo a los familiares como amenazantes.  Esto, sumado a una respuesta poco comprensiva de los familiares, deriva en que los veamos deambulando por las calles, carreteras, viviendo en covachas, de manera precaria, acompañados o torturados por sus delirios.

Lo más importante en relación a la esquizofrenia es considerar que el diagnóstico mientras más precoz sea mejor pronóstico tiene, por supuesto, si es que es seguido por la instauración de un tratamiento de por vida.  Este tratamiento permitirá el control y atenuará el deterioro que suele darse en estas enfermedades.

La esquizofrenia suele tener como antecedentes a familiares que también la han padecido. Es decir, existe una predisposición genética.  A esta predisposición suele sumarse un entorno familiar disfuncional.  Alguna vez se consideró que estos pacientes tendrían una madre “esquizofrenógena” (una madre que da mensajes contradictorios, confusos y con sentimientos encontrados respecto a su hijo o hija).

Actualmente, se ha avanzado mucho en la elaboración de medicamentos para controlar esta enfermedad, lo que hace que el pronóstico sea muchísimo más alentador que hace 20 años.


2015/02/11 Obsesiones y algo más


No hace mucho, un paciente me hacía el siguiente relato: “Doctor, me lavo las manos veinte veces al día; no pueden ser menos de veinte. No se  imagina la cantidad de jabones que gasto.  Tengo la sensación de que todas las cosas están infectadas y que si toco algo me voy a contagiar. No puedo subir a los micros ni  ómnibus porque pienso en los pasamanos y bordes de los asientos de los que tendría que sujetarme. Hay algo peor aún: a veces, no puedo ni ver un cuchillo porque pienso que se lo voy a clavar a alguien…  En la noche, tengo que revisar no menos  de  siete veces si he cerrado el balón de gas, todas las puertas, etc.”

Una película muy elocuente de lo que es un trastorno obsesivo-compulsivo es la que protagoniza Jack Nicholson, “Mejor imposible”.  Claro que su trama muestra un lado alentador en el sentido que tiene un final resolutivo.  El amor lo ayuda a superar trabas y temores y conquista a su pareja.

En el trastorno obsesivo compulsivo confluyen una serie de motivos, entre los que resalta la angustia y el riesgo de quiebre personal.  Se dan alteraciones del pensamiento (ideas fijas, reiteradas del comportamiento).  Por ejemplo, en la citada película, el protagonista no puede pisar las líneas de la vereda ni tocar los cubiertos que han sido manipulados por otra persona.

Algunas personas, a la hora de relacionarse emocionalmente, más que amar se obsesionan.  Su vida puede convertirse en un tormento de ideas, temores, fantasías, que derivan en la necesidad de control de su objeto de amor.

En un grado de menor intensidad y dramatismo emocional, encontramos personalidades que han desarrollado tal control de sus afectos y emociones que lucen fundamentalmente como “cerebrales”, por ejemplo, el personaje Mr. Spock, de “La Guerra de las Galaxias”.  Ellos llegan a pensar los afectos más que a sentirlos, lo que suele generar tensión en sus parejas.

Cuando las obsesiones son muy intensas y frecuentes, más aún cuando ya forman parte de nuestra personalidad, conviene revisarlas con un profesional, dado que pueden evolucionar e incrementarse, llegando a perturbar seriamente la vida de quienes lo padecen.

2015/02/11 Las fobias


La palabra fobia viene del griego "fobos", que quiere decir “pánico”.  Descrita de forma genérica, una fobia es una reacción intensa, extrema, de miedo (pánico) frente a una situación o cosa a la que se adscribe irracionalmente un significado peligroso.

Existen múltiples expresiones de fobias pero las más corrientes se relacionan con situaciones que podrían generar algún temor.  La diferencia está en que la persona que padece de este trastorno las vive en forma extrema y con pánico.

Quizás una de las fobias más frecuentes es la del ascensor o al avión, a los espacios muy abiertos o cerrados, a algunos animales, como las ratas, las serpientes, a insectos, con un largo etcétera.

Hay, también, comportamientos fóbicos.  Se trata de personas que no toleran la cercanía personal o el compromiso y están siempre evadiéndose, en grados variables.  En el extremo de esto encontramos la llamada "fobia social” y/o “pánico escénico” (miedo extremo a estar frente al público).

Detrás de una fobia suele haber una historia en la que una situación generó en el individuo una sensación de impotencia e incapacidad de enfrentarla. Casi siempre, en el origen, se trata de un niño o niña expuestos a una situación de desamparo peligroso.  

Si bien mucha gente se acostumbra y sobrelleva sus fobias, el no resolver sus causas puede conllevar a que, con el tiempo, crezcan al punto de limitar la vida de una persona. 

Otra consecuencia importante de no atender estos problemas es que, por ejemplo, las madres enseñen o induzcan en sus hijos, mediante sus propios comportamientos, una serie de fobias.

A lo largo de los años y de ensayos terapéuticos, se ha visto que la mejor conducta a seguir en el tratamiento de una fobia es la combinación de recursos, entre los que se puede integrar de manera efectiva fármacos, terapia cognitivo-conductual y/o psicoterapia psicoanalítica.